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Bosque del Vivero Dunicola "Florentino Ameghino" Av Lorenzo Parodi s/n. Miramar.

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Emilio Garbiso y "La Chata Grande".

Por Mariana Suárez Boh. Presentado en el  XIX CONGRESO DE HISTORIA REGIONAL de Mar del Plata. Septiembre 2008 Consultas a la autora y pedido del trabajo completo: marianacsuarez@hotmail.com.ar Las presentes imágenes de la Web. son ilustrativas. No corresponden precisamente a las publicadas originalmente en el trabajo de investigación.

En el Museo de Miramar se encuentra en exhibición uno de los pocos carros de carga que aún se conservan. La Chata de Garbiso es una pieza de valor histórico inestimable, que contribuye de manera tangible a referir una época pasada. Es sin lugar a dudas un bien cultural cuyo valor excede las fronteras de nuestro distrito.

En el Museo Municipal “ Punta Hermengo” ubicado en la ciudad de Miramar, específicamente en el Bosque del Vivero Dunícola Florentino Ameghino, partido de Gral. Alvarado, se encuentra en exhibición para asombro y deleite de visitantes y turistas un objeto casi único en su especie. .

Desde el mes de octubre del año 2000 se halla emplazado el transporte de carga conocido como “Chata Vieja” o “Chata de Garbiso”. El acercarnos a contemplar la historia de esta magnifica pieza nos permite visualizar el arduo modo de trabajo de una Argentina que en la actualidad pudiera parecernos muy lejana. Tiempos en los que según el relato de los propios testigos los caminos eran profundas huellas que se abrían en la región pampeana .

La historia de la “Chata de Garbiso”, “Chata Vieja” o, como realmente había sido nombrada por su propietario “La Bienvenida, está ligada a la vida y la historia de quien  no solo fuera su conductor o manejante como se dice en la jerga sino quien además fuera hasta el último de sus días su mas fiel custodio Don Emilio José Garbiso. Éste, fue consciente del invaluable valor histórico de la “Chata Vieja” de ahí su interés de donarla al museo para que  pudiera ser preservada. Para que allí se levantara como documento vivo y tangible de un modo de vida y de trabajo que hoy  aparecen para nosotros desconocido.  Don Emilio,  lejos de cualquier mezquindad prefirió convertirla en un objeto de inestimable valor de nuestro patrimonio cultural y sin dudarlo, donó no solo la chata sino que con enorme generosidad, también donó el aperaje completo, en el mayor de los casos realizados por él mismo, así como otros objetos utilizados en su vida como carrero o chatero de igual valor documental e histórico; tales como el crique, el farol, el látigo, entre otros.

UN POCO DE HISTORIA

Es necesario situarse alrededor de 1860. Nuestro país, lejos de poseer grandes urbes, estaba compuesto por poblados formados por unas pocas manzanas en torno a una plaza a las que los viajeros europeos describían como “pueblos desparramados” o “colecciones de ranchos”. Por aquel entonces el desequilibrio demográfico era notorio, existían los llamados caminos reales, creados a fuerza de tanto transitar por la misma huella. Basta como ejemplo el citar a Guillermo Rawson quien siendo Ministro del Interior en el año 1863, se quejaba: “Aquí no hay caminos, no se puede llamar caminos a esa huellas profundas y sinuosas formadas no por el arte sino por el ir y venir de las gentes a través de las vastas llanuras, por en medio de los bosques o por las cumbres de las colinas y montañas”

Es menester añadir que a las dificultades geográficas y topográficas se sumaba la inseguridad de los caminos que no hacia más que acentuar la lentitud de los transportes. Existen numerosos relatos de viajeros que describen las difíciles comunicaciones derivadas de las continuas contiendas civiles, la presencia de malhechores, soldados desertores e indios.

Contemporáneamente acontece el período conocido como “ciclo de la lana”. Éste consistía en el paulatino reemplazo de la estancia vacuna tradicional, productora de cuero y tasajo para la exportación, por la estancia lanar y el predominio de la producción y  exportación de lanas. Según enuncia Hilda Sábato en su obra, Capitalismo y ganaderia en Buenos Aires. La fiebre lanar 1850 – 1890, “(…) La empresa lanar producirá modificaciones en la estructura de la producción ganadera al disminuir la extensión de los predios, introducir el alambrado y aumentar la variedad de las tareas rurales.”

En virtud del desarrollo de la crianza del lanar, producto del esfuerzo de ovejeros ingleses, se produce la demarcación del terreno con un doble propósito; preservar el ganado ovino y trazar los límites del terreno. Así comienzan a dividirse las propiedades y a cercarse los terrenos con alambre y postes de hierro importados. Por aquel entonces numerosas firmas francesas e inglesas habían instalado sus representaciones en la ciudad de Buenos Aires para la compra, clasificación y exportación de lana a la cual se llegó a denominar, el  “ oro blanco”.

La llegada del ferrocarril hará que las distancias se acorten y asimismo producirá un desplazamiento de los medios de transporte hasta entonces vigentes, la mula, la carreta y la diligencia.  La mayor capacidad de carga de las chatas con respecto a las carretas, así como también la mayor estabilidad de las chatas respecto de estas al poseer cuatro ruedas provocara una lenta desaparición de las carretas y su reemplazo por las chatas. En este marco aparecen las primeras  tiradas originalmente por bueyes quienes paulatinamente fueron reemplazados por caballos.  De allí surge el termino boyero que era originalmente quien tenia a sus cargo el cuidado de los bueyes . Luego por extensión aún cuando estos habían sido reemplazados por caballos se siguió utilizando, cuando en realidad el encargado de cuidar los caballos en la chata es denominado “caballerizo”.

Emilio Garbiso y su Chata, exhibida en la fiesta "La Tradicion frente al Mar" organizada por el club defensores. (1986 aprox.)

De esta manera surge un modo de transporte mixto integrado por el ferrocarril y los carros de carga. Según relata Daniel Mc Cormick , en la revista de la Sociedad Rural: “En primavera y otoño las chatas viajaban a Buenos Aires coincidiendo con la esquila. En octubre o noviembre se llevaban las lanas (…)también los cueros o cerdas de vaca y en algunos casos yeguarizos. De regreso traían harina, yerba, café, sal, polenta y bebidas, ropa de trabajo o telas. Estos viajes tanto de ida como de vuelta se hacían en quince días de marcha( de no haber mal tiempo). El segundo viaje coincidía con la esquila de marzo-abril.”

Las chatas de carga se fabricaron en la provincia de Buenos Aires en las localidades de Balcarce y Azul. Se consideraba que las azuleñas eran las mas fuertes. También se las fabricó en Pringles , Bahia Blanca, San Pedro, Flores y Olavarria entre otros lugares. Tuvieron a su cargo el transporte desde aproximadamente mediados de 1860 hasta 1935 en que lentamente comenzaron a ser reemplazadas por los camiones. Lamentablemente las chatas fueron desmanteladas en la mayoría de los casos, los hierros se vendieron como metal y actualmente se conservan solo unas pocas. Una de ellas “La Bienvenida” “Chata Vieja” o “Chata de Garbiso construida alrededor de 1868 en Azul, se conserva, para asombro de todos quienes la contemplan en el parque del Museo de Miramar, como testigo mudo y certero de un país que supo forjarse trabajando la tierra y con el esfuerzo de criollos como Don Emilio Garbiso.

ASPECTOS TÉCNICOS

1-   LA CHATA, MATERIALES, DIMENSIONES, COMPONENTES

Estos enormes carros eran denominados indistintamente como carros o chatas. Siendo su conductor denominado manejante o chatero. Al ayudante se lo denominaba peón o caballerizo y cumplía el mismo rol que antaño cumplían los boyeros a saber, atar, desatar, y alimentar los caballos que tiraban de la chata.

En cuanto a los detalles respecto de la vida del carrero existen dos libros que me permitiré mencionar a fin que quienes sientan mayor interés puedan hallar respuesta a sus preguntas. El primero que referiré se titula La Chata Grande escrito por el viajero Guillermo Dohme y cuya traducción estuvo a cargo del Ing. Raúl Aquerreta. El segundo libro fue escrito por un carrero llamado Aaron Esevich titulado El Padentrano en el cual relata sus experiencias y describe minuciosamente aspectos técnicos.

Estos enormes carros recorrían diariamente cinco leguas. Dice Garbiso:” cuando la carga estaba completa íbamos a paso de hombre”. Una vez concluida la jornada el manejante dormía de un catre suspendido por cadenas de la caja de la chata, en tanto el caballerizo se acomodaba bajo el tren delantero, sobre el cual colocaba bolsas haciendo un techo protector.

La jornada comenzaba nuevamente cuando un gallo enano o pigmeo enjaulado hacia de despertador. En el Museo de Miramar se conserva el molino de granos que perteneció a la chata. En ese momento el peón buscaba a los caballos, los ataba mientras el chatero preparaba el desayuno que consistía en mate con churrascos. Una vez terminada la atada la cual demoraba una hora aproximadamente, comenzaba otro día de trabajo.

El peso de la chata era de aproximadamente 3000 a 3800 kg. Y su longitud entre 5 y 8,5 m. según se tratara de chatas medianas o grandes respectivamente.

Las ruedas traseras llegaron a medir 3,5 m de altura, las cajas eran de lapacho y las ruedas de quebracho colorado.

El detalle de las ruedas traseras es importante puesto que además de facilitar el desplazamiento una vez puesta en marcha, ponía a salvo del agua su carga en los inevitables cruces de lagunas, arroyos, bañados, cañadas, etc, muy comunes en los caminos de nuestra campaña.

En cuanto a la capacidad de carga soportaban un total de hasta 180 bolsas de entre 60 y 70 kg. Aunque podían soportar hasta 200 bolsas los chateros preferían evitarlo, puesto que a mayor peso de carga aumentaban las dificultades en cuanto a la maniobrabilidad y la estabilidad del transporte. Las cargas estaban siempre condicionadas por varios detalles: distancia a recorrer del campo a la estación, estado de los caminos y en especial los pantanos; condiciones de la caballada, factores climáticos, etc.

En las chatas grandes el eje estaba mantenido en su lugar mediante un anclaje denominado pata de gallo. En tanto que el eje delantero tenía ruedas más pequeñas para que al manejar, pudieran pasar debajo del piso de la caja. El tamaño de las ruedas  traseras facilitaba como hemos dicho, el manejo en terrenos difíciles. Éstas estaban aseguradas mediante fuertes cuñas que entraban en muescas que se realizaban en el eje.

El manejo se hacía mediante varas enganchadas en el balanzón que se mantenían levantadas mediante cadenas unidas a un elástico o resorte. Sin los caballos, las varas se mantenían levantadas mediante una cadena sujeta al pescante. Dos vigas exteriores corrían por debajo del piso, sobresaliendo medio metro por la parte trasera, eran los limones donde descansaba la culata bajada y en cuyos extremos llevaban argollas en las que se ataban los caballos de reserva.

A la derecha del manejante se encontraba la manija de freno que mediante resistentes barras permitía apretar firmemente las zapatas. Relata Garbizo que para optimizar el freno, en las zapatas se colocaban alpargatas que evitaban el deslizamiento y reforzaban el freno.

El manejante llevaba generalmente las riendas en la mano izquierda en tanto que en la derecha sostenía el látigo. Éste estaba formado por un cabo, una trenza de fino mimbre, de 1,2 m. de largo, de donde se prendía la larga trenza de finas lonjas. A pesar de lo que pudiera imaginarse el buen carrero utilizaba poco su látigo y trataba a los caballos como “cristianos”. Refiere Don Emilio Garbiso que no se los maltrataba porque son animales muy inteligentes que saben su labor y saben obedecer, además una vez que el caballo se acostumbra al golpe ya no responde y por el contrario se vuelve “mañero”. Motivo por el cual el látigo solo servia para tocar al caballo nunca para castigar.

Cada chatero sentía orgullo de su vehículo por lo que era común verlas embellecidas, la madera era perfilada, se las pintaba de diversos colores, en algunos casos con los colores de la bandera nacional en rombos, en tanto que las ruedas generalmente se pintaban de color rojo. En algunos casos se les daba un nombre tales como “Por fin llegó”, “Fragata Sarmiento”, “Soy tuya” algunas de las chatas conocidas, o como en el caso que nos ocupa, “La Bienvenida”. Cuenta Don Emilio en un testimonio audiovisual al preguntársele por el aspecto estético de la chata:” Imagínese, cuando andábamos por ahí no queríamos que otro criollo pensara que andábamos perdiendo las hilachas, por eso la cuidábamos.” Y mas adelante agrega:” cuando llegábamos a un pueblo era una fiesta.” Baste para ello imaginarse a la chata vieja con todo su aperaje reluciente y cuidado, con el cascabeles de los caballos que se agitaban al paso del carro.     

 2-LA ATADA DE LOS CABALLOS

Me referiré a continuación a uno de los aspectos más importantes de la chata como lo es la atada de los caballos, sus diferentes roles en el trabajo, y la manera en que estos se ubicaban y se ataban ya sea al carro o se acollaban a otro caballo.

De las varas de la chata se ataba el caballo denominado varero (a), éste era presumiblemente el caballo más fuerte. En sus costados se ubicaban los tronqueros (e), éstos iban enganchados de los balancines y éstos a su vez en el balanzon de la chata, asimismo iban acollarados al varero.

En unas argollas colocadas en las puntas de las varas se sostenía el balancín del cadenero (b), quien junto con el varero, constituían la pieza principal y de mayor responsabilidad del conjunto. Habitualmente estos eran  los caballos a los que se manejaba.

Acompañando al cadenero se ubicaban los balancineros (c) que tiran con balancines sujetos por medio de cuartas del eje delantero.

Todos los caballos mencionados llevaban pecheras y anteojeras, razón por la que también se los llamaba pecheros. Los demás caballos laderos (f,g,h) marchaban sueltos, acollarados entre sí. Llevaban un recado al cual se ataba una cuarta que se sujetaba al lado derecho o izquierdo de la chata, según la ubicación del caballo.  Para evitar que las cuartas rozaran el piso se pasaban por un soporte fijado en los laterales del carro.

Los culateros fueron una creación argentina. Éstos eran utilizados cuando las bajadas eran muy pronunciadas, el freno de la chata y el varero no podían soportar todo el peso. Entonces los culateros que eran generalmente dos se ataban en contra de la dirección de la marcha, para evitar accidentes.

El número de caballos variaba conforme lo fuera requiriendo el peso de la carga desde dieciséis hasta un total de veinte.

LA CHATA VIEJA Y SU CUSTODIO EMILIO GARBISO. SEMBLANZA

Emilio José Garbiso, era hijo de Don Miguel Garbiso de origen vasco y de Doña María Zalafranca de origen aragonés. Nació en Necochea el 5 de julio del año 1903. A los diez años la familia se radica en Otamendi. Refiere Don Emilio:” en los tiempos en que nosotros nos criábamos no había buenos caminos y ya a los ocho o diez años nos daban las riendas para que fuéramos aprendiendo a manejar en vacio” y continua: “teniamos prohibido gritarle a los caballos y menos pegarles. Con todo, muertos de frío sobre el pescante , tanto que se nos caían las lágrimas, asi aprendíamos a manejar y a cuidar las cosas así a los dieciséis o diecisiete años ya éramos capaces de manejar el carro y cuidar de los caballos y los aperos.”

El padre de don Emilio llegó a contar con una flota de hasta ocho carros. “La Chata Vieja” como don Emilio la denomina es la primera de la flota, ésta llegó a ser empeñada en Azul para con lo obtenido adquirir mas carros, finalmente fue recuperada por el mismo Emilio Garbiso en una herrería de Necochea ahí la compra nuevamente para conservarla en la familia hasta la donación al Museo Punta Hermengo.

La “Chata Vieja” se construyo en Azul presumiblemente hacia 1868.  Desde muy joven y ,una vez recuperada para la familia, Don Emilio se convirtió en su custodio y así permanecería hasta sus últimos días.

Relata Garbiso:” Pero todo esto no era tan fácil porque no había caminos buenos como ahora, había que abrir los alambrados para pasar por dentro porque las calles eran imposibles. En los pantanos que había se caían los caballos. Por eso había que ir cortando campo lo que era muy peligroso porque se aparecían sanjones que eran más peligrosos que los arroyos.”

Refiere Don Emilio que cuando realizaban transportes a la zona de Vidal rumbo al puerto de Mar del Plata tenían que cruzar el Arroyo Grande de Vidal, y que en algunos lugares la profundidad era de 80 cm.  según su propio testimonio a los caballos se le veía la cabeza y parte del lomo.

Garbiso trabajo con su chata en toda la zona, Mar del Plata, Otamendi, Miramar, Balcarce, Lobería, Mechongué acarreando las cargas de las estaciones a los puertos de Quequén y Mar del Plata. Recuerda la zona de la estancia “El recreo” en Mechongué, por aquellos tiempos de Álzaga como una zona de muy difícil tránsito para la chata donde los caballos terminaban habitualmente cubiertos de lodo, “cuando los largábamos ( a los caballos ) lo primero que teníamos que hacer era buscar un arroyo o laguna honda con mucho agua para lavarlos porque si se les secaba les arrancábamos el pelo, ni pensar en usar la rasqueta, había que pasarlos al trote por el agua para que se les despegue.

Parece mentira pero a veces parecía que en lugar de cola tenían un palo colgado porque con el barro se salpicaban hasta las orejas.  Teníamos que dejarles la cola larga para defensa de los mosquitos y las moscas, porque en los campos bajos abundaban éstas plagas.”

Hasta el año 1935 Don  Emilio manejó la chata. En ese año adquirió un camión para realizar sus labores. Sin embargo conservo la “Chata Vieja”. Nos cuenta en un documento de puño y letra :”Nunca la abandoné. Llegué a tener la constancia de desarmarla por completo cambiándole los tornillos que se cortaban de viejos, alguna madera que estaba podrida. Y al mismo tiempo poniéndole bastante aceite para conservarla. Algunos decían para que trabaja tanto, está loco si eso ya no sirve, pasó a  la historia. Y ahora que dirán cuando la ven pasar cargada de niños a la Chata Vieja, se salvó no por ser mejores que otras, se salvó porque el apellido Garbiso está metido entre las maderas”

Refiere Garbiso en el mismo documento que por el incentivo de otros criollos como Enrique Diez, el Vasco Artiaga, y el folclorista Tito Ramos se  animó a participar de las fiestas gauchas con la chata cargada de niños y continúa: “ porque yo no quería ir porque veía los aperos medios secos y  les faltaban muchos tientos a las lomeras y a las anteojeras, porque en cincuenta años sin uso  colgados en el galpón siempre aparece algún ratoncito que le gusta hacer daño en las sogas mucho más si tiene grasa.”

Así la “Chata Vieja comenzó su participación en las fiestas criollas desfilando en Otamendi, la Laguna de los Padres, la estancia La Calandria, Batán y en Miramar en la Fiesta de la Tradición frente al Mar.

En el año 1986 por medio del acta notarial, escritura nº 339/ 86 rubricada ante el notario Mario Vera de la localidad de Miramar, Garbiso donó al Municipio De General Alvarado la “Chata Vieja “con todo su aperaje, y demás elementos que hacían a la vida del carrero tal como el barril de agua, el farol, el crique, el porrón de cerveza que usaban para procurar abrigo durante los inviernos, entre otros. Mucho tuvo que ver con su decisión la familia Garbiso, sus hijos especialmente, así como también la comisión del Club Atlético Defensores de la ciudad de Miramar, quienes homenajearon especialmente a Don Emilio con oportunidad de la donación de “La Bienvenida”.

Debido a una serie de desinteligencias que no hacen al tema en cuestión y que no tiene sentido mencionar, la donación no pudo ser efectiva hasta el mes de octubre del año 2000, cuando personal del museo y colaboradores entre los que se encontraba el Sr. Luis Amadeo Lastra y su hijo Hernán, condujeron desde el predio del Club Defensores de la ciudad de Miramar, hasta el parque del Museo Municipal Punta Hermengo  a nuestra querida reliquia la “Chata Vieja.”

Allí se la puede observar en perfecto estado, levantarse orgullosa, testigo de una historia centenaria. Cuesta explicar a personas ajenas al tema su desempeño, su función, nos miran extrañados cuando les contamos que era tirada por dieciséis caballos, pero como finaliza su escrito Don Emilio:” porque me crié con esto y en cincuenta años que está sin producir podía haberme cansado de cuidarlo, pero nunca la abandoné a esta reliquia porque es nuestra tradición…porque con esto se formó la patria nuestra con nuestro caballito criollo que digan lo que digan o piensen lo que les parece pero hasta 1929 en muchas partes era así” y firma orgulloso con su nombre completo.

Tal fue la dimensión que este objeto llegó a tener en aquellos que aman la cuestión criolla que el popular cantor y poeta de los pagos de Mechongué, el querido y recordado Tito Ramos, escribió una huella especialmente y una foto de la chata cargada de chicos y manejada por Don Emilio eran la portada de su disco. Su letra dice:

Mañana del domingo                                            

El sol asoma,

Y la chata e’Garbizu

Baja una loma (Batán)

Va con rumbo a una fiesta

Que hay jineteada,

Luciendo sus aperos

Y caballada

A la huella, a la huella,

La chata vieja

Ha llegado hasta el campo

Ande es la fiesta.

A la huella, a la huella,

Mis paisanitos,

Anduvieron en chata

Todo el domingo

Laraira, laraira

Laraira lero

La pucha con Garbizu

Qué hombre campero…!

Pensar que en otros tiempos,

Aquel carruaje,

Vadeaba los caminos

Por mis paisajes

Transportando cosechas

Rumbo a estaciones

Ande no pasarian

Ni los malones.

 “La Bienvenida” es considerada pieza fundamental en la colección expuesta en el museo. Allí se ha convertido en valor inestimable que, contribuye de manera tangible a referir una época pasada. Es sin lugar a dudas un bien cultural que excede las fronteras de nuestro distrito.

Don Emilio hizo colocar en su carro una  leyenda que dice: “ Apoyo el progreso, puentes y asfalto para el transporte, pero no se olviden de lo que hicimos nosotros, sin nada y entre el barro”

Sirva éste documento como testimonio que no solo no olvidamos a hombres como Emilio Garbiso y su legado, sino que ellos son ejemplo permanente y constante de una nación grande, construida a fuerza de sacrificio y trabajo.

Agradecimientos:

Archivo Museo Municipal “Punta Hermengo”, Miramar, Pcia Buenos Aires. Website: www.museodemiramar.com.ar. e-mail: museomiramar@gmail.com. Daniel Boh, ilustraciones y gráficos.

Fuentes y bibliografía:

Boh, Daniel; “Chatas. Gigantes de la llanura”, revista El espigón, nº 29, Enero 2007, Miramar
Garbiso, Emilio, documento manuscrito, Museo Punta Hermengo, Miramar
Labiano, Alberto Martín; Conferencia “Transporte con caballos”, Club Defensores, Miramar, Setiembre, 1991.
Losa, Luís María, “La Chata Grande”, revista El chasque surero, junio 2000
Luna, Felix,  Historia integral de la Argentina, Buenos Aires, Planeta, 2006
Murga, Walter; “En las chatas, los carreros” publicación en Internet perteneciente al sitio www.todoroqueperez.com.
Nochetto, Mario,  Las chatas cerealeras, revista El tradicional.
Rapoport Mario y otros, Historia económica, política y social de la Argentina (1880- 2000 ); Ediciones Macchi, Buenos Aires, 2003
Sabato, Hilda, Capitalismo y ganadería en Buenos Aires. La fiebre lanar 1850-1890, Buenos Aires, 1989.
Calvo, Roberto, entrevista a Emilio Garbiso, programa especial, canal 2, Octubre 1986, Miramar.

Dos Importantes Barcos que Pasaron por Miramar.

Por Daniel Boh. Museo Municipal “Punta Hermengo” de Miramar. 2006. jdanielboh@yahoo.com.ar

No todos saben que entre Miramar y Mar del Sud se pueden ver, en marea muy baja, los restos de un barco.

EL MADONNA DEL CARMEN

Recuerdo que con unos amigos (1975)  hemos podido observar la caldera que aun se mantenía en su sitio y que, como una ballena, lanzaba un chorro de agua debido a que las olas presionaban el aire en su interior. Por otra parte, para los que les gustan los objetos navales, su ancla se encuentra en el parque de un domicilio particular de Avda. 9 y 36 y que una de sus cadenas se exhibe en el Museo Municipal “Punta Hermengo” de nuestra ciudad.

El Señor Gonzalo Uriti Primavera, miembro de la Asoc Amigos del Museo, encontró en Enero de 2011, restos de madera del buque Madonna del Carmen. (Ver área noticias históricas).

En el libro escrito sobre la historia de Miramar y su iglesia, por el Padre Massanet en el año 1922, se hace referencia a otra publicación “Mundo Argentino” en la que aparece una conmovedora historia vinculada al naufragio de esta nave, gracias al cual podemos identificar los restos, ya que no hay referencias en otros archivos sobre la ubicación del mismo.

El Madonna del Carmen era un pequeño buque de menos de 40 metros de largo y 238 toneladas, fabricado por los astilleros Swan & Hunter de Newcastle (Inglaterra) en el año 1883, impulsado por un motor a vapor marca Ross & Duncan. El capitán era el sr. P. Ferro y el armador M. Vaccaro.

Investigando un poco hemos encontrado que el mismo llegó hasta Tierra del Fuego en 1886, llevando equipo para los lavaderos de oro, propiedad de Julius Popper, un personaje digno de una película, muy famoso por poseer un ejercito propio, acuñar monedas sin autorización y “cazar” a los aborígenes Onas, versión que algunos aún discuten.

Según los archivos de la aseguradora, el Madonna seguía a flote en 1909, por lo que creemos se hundió (o encalló) en 1910/11. Siendo posible que este siniestro hiciera necesaria la instalación de la Baliza Punta Hermengo (posteriormente Faro Miramar) en 1915. Aunque en estos últimos tiempos ya es difícil de ver, sus restos siguen ahí, generando leyendas y las más diversas historias.

Recientemente se ha encontrado parte de un barco en las costas de la ciudad de Miramar. El hallazgo fue realizado por Gonzalo Auriti-Primavera, de la Asociación de Amigos del Museo. Se trata de dos maderos unidos por piezas de hierro. En la zona entre esta localidad y Mar del Sud; hace más de cien años encalló la embarcación Madonna del Carmen. Existe también una curiosa historia sobre el mapa de un tesoro oculto por un marinero de la misma embarcación.

Cuentan los memoriosos que el supuesto tesoro estaba donde hoy se levanta el edificio Playa 1 (Costanera y Avda. Mitre). Se hablaba de un particular pozo en el lugar  y que al momento de la construcción de los cimientos, algunos vecinos se acercaban al lugar con la esperanza de participar del hallazgo del misterioso botín. Por otra parte y, teniendo en cuenta algunas características de los hallazgos de restos de embarcaciones en el lugar, hay que recordar que la zona se  denominaba “Ballenera” desde mas o menos 1830 y no se sabe si se le impuso el mismo debido a restos de ballena o a la presencia de uno de estos barcos de origen inglés o norteamericano, que empezaban la caza de cetáceos en  aguas del Mar Argentino. Los maderos han sido donados al Museo Municipal Punta Hermengo de nuestra ciudad, que ya posee una cadena que seguramente era de esa nave.

EL CORUNNA

 En la edición de septiembre de 1904 de la Revista Caras y Caretas aparece la fotografía de un gran velero encallado en las costas de Miramar. Se trataba de la fragata inglesa Corunna que encalló por la tormenta de Santa Rosa el 31 de agosto. Según cuentan las crónicas, los mástiles se veían sobre los médanos, ya que la misma estaba a la altura del cementerio. La fotografía fue tomada por el sr. José María Dupuy y enviada a la publicación.

Fotografía del Corunna encallado en las costas miramarenses en 1904. (Archivo del Museo).

El Corunna fue construido en 1893 por el astillero D & W Henderson de Glasgow (Inglaterra) para la Corunna Sailing Ship Co. Sus medidas eran 89,3 mts. de eslora y 13,10 de manga con unas 2.432 toneladas de peso. En junio de ese año estaba al mando del capitán John Mason, con quien salió de Amberes (Bélgica) hacia Puget Sound (Costa del Pacífico de Estados Unidos). Llevaba una carga de 3000 toneladas de cemento. Los buques que fueron en su auxilio fueron el aviso Tehuelche, de Puerto Militar, los remolcadores Malvinas , Ebro y Gladiador además de la lancha Necochea.

Debido al mal tiempo cundió la desesperación en los tripulantes, tirándose al agua un marinero noruego llamado N. Hamsen que se ahogó en el intento. El buque fue evacuado y abandonado por un tiempo ya que tenía agua en su interior. Posteriormente se logró zafarlo y llevarlo a Montevideo en donde quedó como depósito durante años, abandonado debido a que no se justificaba su reparación. Puesto que era un navío de buena construcción, fue luego reparado por la Marina uruguaya y una empresa particular. Debido a la Primera Guerra Mundial fue comprado por una empresa francesa a un precio muy alto. Equipado luego por la Oriental Navigation Corp. de New York de la familia Dodero y rebautizado “La Época” (dicen que eso trae mala suerte) fue enviado a Europa.

El 29 de octubre de 1917, navegando desde New York con 1.400 toneladas de tabaco, acero, clavos, aceite lubricante y 1200 rollos de papel para diarios, fue interceptado por el submarino alemán U-93, cerca de Gironda (Francia). Le disparó 11 cañonazos sin lograr hundirlo. Entonces lo abordaron, retiraron objetos valiosos y le colocaron explosivos que lo llevaron a pique. Afortunadamente la tripulación fue rescatada esa misma noche por dos barcos balleneros.

Existen otros cascos de buques hundidos en nuestras costas y estamos investigando sobre ellos. La idea es poder acercar la mejor información sobre nuestra historia incorporando los conocimientos de los diversos especialistas en cada tema, demostrando así que en nuestra zona ocurrieron hechos dignos de ser contados.

En las amplias costas de nuestro distrito aún existen restos de varios naufragios junto a sus respectivas realidades y leyendas.

Referencias:

“Miramar, en el Trigésimo Aniversario de su Iglesia. 1891-30 noviembre 1921” del Presbítero Juan Pascual y Massanet.
Lic. Adriana Pisani   Investigadora de naufragios.
Dr. Mario Favier Dubois.  Historiador.
Sr. Carlos Mey.

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