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Bosque del Vivero Dunicola "Florentino Ameghino" Av Lorenzo Parodi s/n. Miramar.

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Walter Kutschmann. Un criminal de guerra nazi

escondido y descubierto en Miramar.

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Mariano Magnussen Saffer (2008). Colaborador del Museo Municipal “Punta Hermengo” de Miramar. marianomagnussen@yahoo.com.ar

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“Walter Kutschmann, criminal de guerra nazi acusado de haber dado muerte a unos dos mil judíos polacos durante la ocupación nazi de Polonia, fue descubierto recientemente en el balneario de Miramar, sobre la costa atlántica argentina, a unos 450 kilómetros de Buenos Aires. El criminal de guerra, que militó en las filas de las SS, la policía política militarizada del partido nazi alemán, se ocultaba bajo el nombre de Pedro Olmo y admitió ante reporteros del diario bonaerense Clarin que llegó a Buenos Aires nada más finalizar la guerra mundial”, ”Aseguró también que en la actualidad estaba jubilado. Kutschmann fue denunciado en Viena por el cazanazis Simón, Wiesenthal, el hombre que desde el fin de la guerra se ha dedicado a capturar a los más conocidos criminales de la Alemania hitleriana”, - publico en un titular de tapa el diario “El País” de España el 3 de Marzo de 1983.

Latinoamérica, fue refugio de muchos oficiales nazis después de la II Guerra Mundial, se han producido también incidentes antisemitas. Algunas de las manifestaciones más graves tuvieron lugar con ocasión de la detención en Argentina de Adolf Eichmann por los servicios secretos israelíes en 1960. Eichmann fue juzgado en Jerusalén por crímenes contra los judíos y condenado a muerte.

Desde que se tuvo la evidencia de que altos oficiales e ideólogos de la "solución final" residían en la Argentina, se publicaron numerosas notas y entrevistas a autorizados representantes de la política y la cultura, en tono de advertencia y denuncia. La difusión de estas cuestiones alcanzó gran auge ante la difícil y costosa operación organizada para secuestrar a Adolf Eichmann, sin el conocimiento oficial de las autoridades argentinas, con el fin de juzgarlo en Israel. Hubo también, en determinado momento, un desborde sensacionalista relacionado con la presunta presencia del mismo Hitler en nuestro territorio.

Pero hasta ahora no se habían reunido en forma sistemática las evidencias de esas maniobras que comenzaban en suelo europeo y concluían muchas veces con la total impunidad de los criminales.

Uki Goñi realizó esa tarea, basándose en importantes repositorios nacionales y extranjeros. Además mantuvo entrevistas con personas implicadas y exploró una amplia bibliografía.

<<<<<< Se han encontrado cientos de evidencias de nazis refugiados en Argentina, e incluso actos públicos. En esta imagen, se observa un encuentro de Nazi en la ciudad de Bariloche. En el fondo de la imagen, se observa la bandera Argentina.

Desde la llegada a Madrid de agentes del servicio secreto de Himmler, en 1944, con el propósito de abrir el camino de la fuga de Alemania a los implicados en abominables matanzas. Dos años más tarde, las bases de la operación se trasladaron a Buenos Aires, donde pudieron expandirse gracias al apoyo del gobierno surgido de la revolución de 1943.

Esperemos que algún día, no lejano, el Vaticano y la Argentina abran sus archivos secretos sobre la posguerra, para cerrar documentalmente esta historia. La apertura de los archivos del Vaticano se hace conforme a normas que habilitan su rico contenido a medida que pasa el tiempo. Es de esperar que en la Argentina los papeles no hayan desaparecido, como tantos otros referentes a episodios ocurridos.

Así encontró la revista GENTE a Walter Kutschmann en Miramar, uno de los criminales nazis más buscados del mundo.

Editorial Atlántida acaba de publicar el libro Nazis en las Sombras – Siete Historias Secretas, de su redactor jefe Alfredo Serra, que con un grupo de cronistas y fotógrafos logró encontrar a Walter Kutschmann en la ciudad de Miramar (Provincia de Buenos Aires) en 1975. A continuación recuperamos parte de lo publicado y transcribimos la cronología de la búsqueda y hallazgo.

Buenos Aires, viernes 27 de junio de 1975, siete de la mañana. Mientras hablamos alrededor de una vieja mesa de redacción, en la oficina del jefe de la Policía Federal hay pruebas concretas de que el ciudadano Pedro Ricardo Olmo, súbdito argentino, es el criminal de guerra Walter Kutschmann, llamado El carnicero de Riga. Nacido en Dresden el 24 de abril de 1914.

Miembro del partido nazi número 7.475.729, y oficial SS NR 404.651. Acusado, entre otros cargos, de fusilar a 38 civiles polacos (20 profesores universitarios y sus familias) en las colinas de Wulencka, Ucrania, el 28 de abril de 1941: su primera misión, su bluttorden (bautismo de sangre). Hizo fusilar también a los dos ucranianos que cavaron la fosa, para que no quedaran testigos. Luego lo destinaron a la Sección de Asuntos Judíos de la Gestapo en Tarnopol, y jefe de la Gestapo en Brzezany. Hacia el final de la guerra huyó a Francia, y en la víspera del derrumbe del Tercer Reich, escapó primero a España y más tarde a la Argentina. Era un desertor, pero la organización Odessa nunca lo supo, de modo que en lugar de la condena o el desprecio, le entregó documentos falsos y bastante dinero. Odessa, cuyo jefe visible y confeso en América del Sur es el nazi Klaus Altmann (nombre de guerra, Barbie).

Convertido en Pedro Ricardo Olmo, llegó a Buenos Aires en 1947 y trabajó años en un escritorio del segundo piso de Bernardo de Irigoyen 330: empresa Osram, sección Compras, ocupado en precios de lámparas eléctricas, filamentos de tungsteno y cajas de cartón. Los porteros y ascensoristas lo recuerdan como “un hombre que jamás saludaba, orgulloso y poco amable, que todos los días llegaba puntualmente y se iba puntualmente zambulléndose en la boca del subterráneo…”. Además, en los 28 años siguientes, se vinculó con círculos culturales de la comunidad israelita. Un disfraz casi perfecto.

SABADO 28 DE JUNIO. Fue la última vez que lo vieron. Llegó temprano a su oficina, acompañado por cinco hombres que hablaban con fuerte acento alemán, admitió que era Walter Kutschmann, negó ser criminal de guerra, y desapareció. Destino probable: Paraguay.

DOMINGO 29 DE JUNIO. Un día en blanco. Ninguna noticia nueva desde Viena. Ni rastros de Kutschmann en la ciudad. Una versión asegura que estuvo detenido, pero la Policía Federal no lo niega ni lo confirma. La empresa Osram se aferra a su primera (y única) información: “El señor Pedro Ricardo Olmo fue licenciado hasta que se aclare su situación”. Desde Viena, Simón Wiesenthal asegura que “Walter Kutschmann le confesó a Harry Dauttor, gerente de la filial Buenos Aires de Osram, que era alemán, pero negó ser responsable de los crímenes de guerra”.

MIERCOLES 2 DE JULIO. Intentó tres comunicaciones telefónicas con el Centro de Documentación Judía y su jefe, Simón Wiesenthal. Nada. No es posible dar con él. Tampoco da resultado una larga conversación telefónica con la embajada israelí en Viena. En Buenos Aires, entretanto, el encargado de la cochera del edificio donde funciona Osram declara, mientras mira la fotografía de Kutschmann:  “No. Nunca en mi vida lo vi. Que yo recuerde, no guardaba un coche aquí. Pero el personal directivo los guarda en el tercer subsuelo, y baja directamente por el ascensor. Es imposible verlos”.

JUEVES 3 DE JULIO. La casa está en el barrio de Belgrano R. Es grande, gris, maciza. Está vacía. Aquí vivió, hace un tiempo, Olmo-Kutschmann. Los vecinos lo recuerdan como “un hombre impenetrable. Siempre vestido de traje oscuro. A veces, con saco azul y pantalón gris. Salía muy temprano, casi siempre a pie, y volvía bastante tarde. Nunca saludaba. Jamás logramos cambiar una palabra con él ni con su mujer. Recibía pocas visitas. No sabemos si compró la casa, o la alquilaba. Vivió allí durante dos años, más o menos…”. A lo largo de sus 28 años en la Argentina, Kutschmann cambió varias veces de casa, y jamás vivió mucho tiempo en la misma zona. En sus tarjetas no figuraba su dirección particular. Su nombre no estaba en la guía telefónica. Fue, siempre, un hombre sin huellas.

SEIS MESES DESPUÉS. Todos los caminos hacia Walter Kutschmann se me habían cerrado. Tanto que, ante la estéril búsqueda, relevé a los cronistas, agotados a fuerza de golpear puertas que no se abrieron y de recorrer en vano oficinas policiales y judiciales. Sólo conseguimos un dato nuevo: Pedro Ricardo Olmo era el nombre de un religioso español ya muerto. Una treta de Odessa.

Sin embargo, seis meses después, hacia el final de una sofocante tarde de jueves –treinta y cinco grados a la sombra– y mientras cerraba mi oficina, recibí una visita inesperada. Desde la recepción me informaron que “un hombre quiere verlo, pero se negó a dar su nombre. ¿Va a recibirlo?”. Estuve a punto de decir que no. Entre otras cosas, porque era 1975, el terrorismo estaba en auge, y la amenaza o el disparo podían llegar desde cualquiera de los dos frentes: guerrilla o Triple A. Pero corrí el riesgo: –Está bien, que suba al tercer piso.

El EXTRAÑO VISITANTE. Lo recibí en el hall del tercer piso, inundado por la cruda luz de verano apenas moderada por la antigua claraboya de vitraux del centenario edificio de Atlántida. Nos saludamos. El hombre tenía unos 35 años, era magro, y vestía un traje claro de perfecto corte.

–¿Quién es usted?
–Soy un industrial textil de Junín.

–¿Su nombre?
–No importa. Pero tengo una información que puede interesarle.

–¿De qué tipo?
–Criminales nazis: un tema del que usted viene ocupándose hace tiempo. He leído sus notas.

–Dígame.
–Puedo ayudarlo a encontrar a Walter Kutschmann.

–¿Cómo?
–Con algunas pistas.

–¿Pistas seguras?
–Muy seguras, sí…

–¿Qué interés especial tiene en que encuentre a Kutschmann?
–Me reservo la respuesta. Compréndame.

–Bien. Deme los datos, y veremos qué pasa.
–Pero no quiero regalar esa información: quiero venderla.

–No estoy autorizado para pagar información. Tengo que consultarlo con mi jefe, pero ya se fue. Además, antes necesito saber algo concreto: no podemos pagar en el aire.

–Comprendo. Pero la suma que quiero no es mucha. Creo que no necesita consultar a nadie.

–¿Cuánto quiere?
–Un peso.

–No estoy para bromas. No me haga perder el tiempo.
–No es una broma. Quiero un peso, un peso moneda nacional.

Metí la mano en el bolsillo y saqué un peso.
–Tome. Lo escucho.

–No, no… Quiero cobrar ese peso con una operación formal. En la caja, y con recibo. Bajamos a la caja, que estaba a punto de cerrar. Le expliqué el caso al cajero; que, asombrado, concretó la operación. Ni siquiera leí el nombre al pie del recibo, porque sin duda era falso. Volvimos al tercer piso.

–Espero los datos.
–Lo va a encontrar en Miramar. Vive allí. Tiene un Mercedes Benz gris del año cincuenta. Es el único que hay en Miramar. Su departamento está en un edificio pegado al mar. Vaya pronto, y que tenga suerte.

Me dio la mano y no esperó el ascensor; bajó, a saltos, por la escalera. Un peso. Un criminal nazi vendido por un peso. Borges no escribió ese cuento, pero lo hubiera celebrado.

CARA A CARA. Esa tarde metí cuatro trapos en una trajinada valija, lo llamé a Ricardo Alfieri (hijo), excepcional fotógrafo, y trepamos a un tren hacia Mar del Plata. Llegamos a Miramar a medianoche, recorrimos las calles mojadas y oscuras hasta encontrar “el edificio pegado al mar”, y nos alojamos en un hotelito de esa misma cuadra sin denunciar nuestra profesión en la ficha de ingreso. El hotelero se rascó la cabeza, perplejo, cuando nos vio salir, con aire de despreocupados veraneantes, a las siete de la mañana. Ese “queremos aprovechar la playa desde temprano” que le solté no sonó muy real, pero no se me ocurrió nada mejor. Afuera, sol, viento, y a pesar de enero, frío. Nos instalamos en la explanada que baja a la playa y esperamos.

Las siete y media, las ocho, las nueve, las diez. Una mujer, inquieta y nerviosa, pasó tres veces delante nuestro. Las dos primeras, en bicicleta y con un ancho vestido azul; la última, en auto y con un vestido verde. No había duda: sospechaba de nosotros. Empezaron a mirarnos desde todas las ventanas. Alfieri ocultó su teleobjetivo de 300 milímetros. Con olor a fracaso, levantamos la guardia. Hablamos, lo más sutilmente posible, con dos o tres vecinos. Sí, Pedro Ricardo Olmo vivía allí. Dueño de un departamento en el tercer piso, hacía quince años que pasaba aquí el verano junto a su mujer, norteamericana. “Un hombre serio, amable, tranquilo”, dijeron. Rutina: levantarse temprano, salir de compras, volver del supermercado, caminar un largo rato por la playa, reunirse con un grupo de alemanes amigos, acostarse temprano.

<<<<<<<<Fotografía de Walter Kutschmann en Polonia, cuando era un alto jerarca Nazi. (Archivo).

El resto fue casi fácil. Unos minutos después de las once de la mañana llegó en su viejo Mercedes, bajó con una bolsa de feria en la mano, y mientras buscaba la llave de la puerta de entrada al edificio, el motor de la cámara de Alfieri emitió siete tenues chillidos. Walter Kutschman-Pedro Ricardo Olmo quedó capturado siete veces, por primera vez en décadas, en una tira de celuloide. El fantasma volvió a tener cara.

Salí del taxi donde nos habíamos ocultado, caminé hacia él, y a sus espaldas le grité su nombre:

–¡Kutschmann!
Saltó como si hubiera pisado una serpiente.

–¿¡Quién es usted!? No soy ese hombre. Soy Pedro Ricardo Olmo. ¿¡Quién es usted!?

Me identifiqué. Me miró con amargura.

–Usted, usted es el hombre que destruyó mi vida con las dos notas que publicó…

–Perdón. No destruí su vida. Escribí una historia, igual que otros periodistas.

–Sí. Pero usted usó las palabras de un modo… especial.

–No. En todo caso, las palabras fueron dictadas por Simón Wiesenthal, y por usted mismo.

–¡Claro! Ustedes publican todo lo que dice ese señor. Todas sus mentiras. Todos los ardides que usa para conseguir dinero.

–Kutschmann, pasé seis meses de mi vida buscándolo, y ahora le pido una entrevista. Le doy una chance. Si no es un criminal de guerra, defiéndase.

–No puedo hablar. Recién en marzo estaré en condiciones de asumir mi defensa.

–Para mí, marzo es la eternidad.

–Todavía me faltan pruebas, y mis asesores legales no quieren que haga declaraciones hasta que las tenga.

–Entonces tendré que usar otra vez la versión de Wiesenthal, pero reforzada, porque ahora tengo sus fotos, su dirección, y la chapa de su auto.

–Haga lo que quiera. Pero si publica algo, me entrega a mis asesinos.

–¿Usted cree que sus asesinos, si existen, ignoran su paradero? No sea ingenuo. Si lo encontré yo, un periodista, más fácil les será a los que quieren matarlo.

–De cualquier manera, soy un hombre muerto. Cada día que pasa espero a mis asesinos.

Hemos bajado a la playa. La mañana, desmintiendo a enero, es helada. De pronto, pálida, aterida y al borde de la histeria, llega Geralda, la mujer de Kutschmann: “Dígales a los asesinos que vengan con dos balas: una para él y otra para mí”.

 –Kutschmann, ¿cómo vive hoy?

–Perdí mi empleo. La empresa, al saber que era Kutschmann, me despidió. Pero cobré la indemnización y vendí algunas propiedades. Vivo de ese dinero. Cuando se acabe, no sé qué será de mí.

 –¿No puede trabajar?
–Gracias a ustedes, los periodistas, y a las historias que publicaron, ninguna empresa quiere tomarme. Ustedes me destruyeron, y destruyeron a mis hijos. ¡A tres familias!

 –Usted dice que todo es mentira. ¿Es mentira que hizo fusilar a 20 profesores judíos y sus familias?

–Aquello era una guerra.

–A mi manera y en mi oficio, yo también soy un soldado. Por eso estoy aquí.

–Insisto: aquello era una guerra. Lo suyo es muy diferente.

–Hasta en la guerra hay leyes. ¿O cree que la guerra lo justifica todo?

–No. Pero en la guerra hay maneras y maneras de cumplir las órdenes. Uno puede ensañarse, o no. Yo no me ensañé. Usted me comparó con Bormann, con Mengele, pero yo no tuve nada que ver con las cámaras de gas ni con las matanzas de judíos.

–Hace tres años, en Bolivia, Klaus Altmann me dijo lo mismo. Parece que todos los criminales nazis son inocentes.

–Yo no tengo nada que ver con Altmann.

–Sin embargo, al terminar la guerra, usted fue ayudado por Odessa. Dinero, pasaporte falso…

–¡Odessa! ¿Qué es Odessa? Un libro, una película, nada más. Déjese de fantasías…

 –Acepte el reportaje, y esfume mis fantasías…

–Antes de marzo no puedo hablar. Si en marzo todavía estoy vivo…

–¿Tan seguro está de que lo matarán?

–En la Argentina hay sesenta mil hombres armados dispuestos a matarme.

La mujer de Kutschmann, menuda, de modales suaves que no alcanzan a borrar su tensión ni sus lágrimas, dice: “Todo esto es un juego de Wiesenthal a raíz del Tratado de Helsinki”. La interrogo acerca de esas palabras, pero él la hace callar con cortantes palabras en alemán.

Salimos de la playa y caminamos hacia la vereda del sol, porque la mujer tiene mucho frío. 

–Kutschmann, insisto, no lo busqué por cielo y tierra para nada. Hable, defiéndase. Lo que diga será respetado: tiene mi palabra.

–No puedo. Mientras tanto, usted publicará mis señas, las fotos de mi casa y de mi auto, todo. Me entregará a mis asesinos.

–No quiero que lo maten.

–Pero tiene orgullo profesional. Ningún reportero se guarda una gran noticia.

–Hagamos un trato. Usted no tiene causas pendientes con la Justicia argentina. Si no revelo donde lo hallé, no hay delito. Hable, y no publico su paradero.

–No puedo. Espere hasta marzo.

–Usted cierra todos los caminos.

–Toda la prensa es igual. Sirve a los mismos intereses. Sirve a Wiesenthal.

 –Wiesenthal habla, usted no, ésa es la diferencia. Además, puede hacerle juicio a la prensa. Es su derecho.

–No tengo tanta plata. Soy un hombre indefenso.

Representa los 61 años que tiene. Cambió mucho respecto de la fotografía que lanzó Wiesenthal el 27 de junio de 1975. Su pelo es blanco, lo mismo que su ancho bigote. Los grandes anteojos esfuman su cara. Viste una camisa marrón y amarilla a cuadros, un pantalón gris y zapatillas deportivas. Fuma negros suaves que prende con un encendedor plateado. Su mujer sigue temblando de frío.

JAQUE MATE. En 1904, Leopoldo Lugones escribió: “Los odios históricos, como la ojeriza contra Dios, son una insensatez que combate contra el infinito o contra la nada”. En ese infinito o en esa nada creyó Walter Kutschmann cuando se refugió en la Argentina de 1947 y en una Buenos Aires despreocupada que amaba u odiaba a Gatica, aprendía a bailar el boogie-boogie y sabía que la Vuelta de Olavarría sería, otra vez, de Juan o de Oscar Gálvez. Pero en Viena, Simón Wiesenthal confiaba en el tiempo. Pasaron treinta años. Walter Kutschmann era, para todos, Pedro Ricardo Olmo, ejecutivo menor de una empresa. Se había refugiado en una rutina, en un paisaje, en algunas certezas, y creyó que eso bastaba para borrar los días de sangre y fuego: el mito de los nazis que se creyeron dioses. Encontró, es posible, el infinito o la nada. Pero Wiesenthal interrumpió su largo ajedrez. Y un día, alguien (yo) le gritó su verdadero nombre . Entonces supo que el tiempo era un engaño. Que en realidad, el alba de ese día de 1941 en las colinas de Wulencka había sido apenas ayer, reflexiopno Alfredo Serra, en libro “Siete Historias Secretas”

EPILOGO. A pesar de la nota en GENTE, de las inequívocas fotos y de la repercusión del reportaje, nada ni nadie alteró la paz de Kutschmann en Miramar. Recién el catorce de noviembre de 1985, diez años después de que el periodista Alfredo Serra, de gritarle “¡Kutschmann!” y publicar su paradero, fue detenido en Florida, provincia de Buenos Aires, por agentes de Interpol. Empezó entonces una larga danza de tecnicismos y chicanas legales para lograr su extradición, o para impedirla. Pero la muerte cerró el capítulo: su corazón claudicó el 30 de agosto de 1986 en el hospital Fernández.

El fallecimiento del periodista Diego Tonnelier, la búsqueda de un criminal nazi y la mirada de Bec.

Por Bec.

Abrir el diario por la mañana, en el bar donde todos los días me detengo a tomar un café antes de entrar en mi oficina, sobre la calle Maipú, significó dar el rostro contra el dolor. En un cuarto de página el título lo decía todo: Murió el periodista Diego Tonnelier. Estaba su foto, algo demacrado, con la barba crecida, y sus grandes ojos. Leí la crónica, que no revelaba mucho porque solo importaba el anuncio. Tenía 39 años de edad.

Me asaltaron los recuerdos y aquel anuncio me golpeó en todo el cuerpo porque con Diego, en el verano del 83, habíamos vivido juntos lo que para mi fue una de las experiencias más fuertes de mi vida.

Estábamos en Mar del Plata cubriendo para el diario "Tiempo Argentino" toda la suerte de banalidades que generan los farandulescos personajes de la televisión.

Un día leo una noticia: "Denuncian que el nazi Kutschmann vive en Argentina". Teniente de las SS durante la II Guerra Mundial, estuvo primero destacado en los territorios ocupados de Polonia. Se lo acusaba de ser el responsable directo del asesinato de 2.000 personas en varias pequeñas ciudades. Luego había sido trasladado a Francia y, al producirse la debacle, en lugar de regresar a Alemania, cruzó la frontera española, donde adquirió una nueva identidad, tomándola de un sacerdote muerto de nombre Pedro Olmo. Finalmente, a comienzos de la década de 1950, se radicó en Argentina donde habría sido asesor de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Un tribunal de la ciudad de Bonn había pedido a Interpol su captura, para juzgarlo por crímenes contra la humanidad. Aquí, en Argentina, gozaba de la protección de los gobiernos que se habían sucedido desde entonces, como sucedió como muchos otros criminales (entre los mas destacados, el coronel SS Adolf Eichmann, responsable de la Solución Final).

El diario que publicaba la noticia, Clarín, había mandado un equipo de periodistas a investigar el asunto, a la ciudad balnearia de Miramar, pero salieron con las manos vacías. Según la crónica, habían llegado hasta el domicilio de Kutschmann y se conformaron con que la esposa les dijera que se había ido.

"Diego -le dije-, creo que tenemos que viajar a Miramar para hacer algo". En un principio, para nosotros no era otra cosa que un desafío como periodistas, es decir, ir en busca de una buena historia pero, a medida que nos fuimos metiendo, paso a convertirse en una obsesión, en un deseo de desenmascarar a un asesino y, en cierta forma, devolverle algo a los millones de víctimas de aquella locura que se llamo III Reich.

Una mañana bien temprano tomamos el Dodge 1500 que nos había dado el diario y recorrimos los 80 kilómetros que nos separaban de Miramar. Era nuestro día de franco.

Llegamos antes del mediodía. El sol parecía derretir el pavimento. Fuimos directo hacia la dirección donde se suponía vivía Kutschman o Pedro Olmo. Solo sabíamos cual era el edificio. Tocamos el timbre del primer departamento que encontramos y nos atendió un hombre joven, que nos dijo que conocía a Olmo pero que hacía varios días que se había ido. Agrego que "es una excelente persona, muy buen vecino" y, en sus ganas de defender a ese criminal, nos señalo cual era su departamento: letra A del tercer piso. Diego fue y toco a la puerta, pero como era de esperar, nadie nos atendió.

Walter  Kutschman o Pedro Olmo, sorprendido por el fotógrafo en el departamento "A" del tercer piso del edificio de calle 12 y 29.

Nos quedamos dando vueltas por el barrio. Diego se fue caminando para ver si podía obtener mas datos de otros vecinos y yo sentado en el cordón de la vereda, a 100 metros de aquel edificio. La historia se nos había escapado entre los dedos, pensaba. Sostenía mi Nikon FM con el 300 mm sobre mis piernas y, estirado hacia atrás, buscada que el sol me diera su calor.

"Esta buscando al nazi?". La voz surgió desde atrás. Era una voz grave, de un anciano que estaría a mitad de camino entre los 70 y los 80. Lo miré, sin levantarme y le contesté con un monosílabo: "Si". "Que tenga suerte, jovencito", me dijo y siguió su camino.

Veía como se alejaba, con sus pasos cansados y, cuando estaba por doblar la esquina, tuve la sensación de que algo podría saber algo. Me incorporé y corriendo llegue hasta donde él. "Usted lo conoce a Kutschmann?", y me miro con sus grandes ojos grises: "Claro que lo conozco, vive ahí". Yo le aclaré: "vivía, porque ya se fue". "No, m'hijito, ayer a la tarde lo vi paseando su perro y, además, le voy a dar un dato: guarda su auto, un Volkswagen, en el garaje de la otra calle. Pueden ir y hablar con el encargado, es mi amigo, es un español republicano, dígale que lo manda David".

El corazón me empezaba a latir fuerte. Esperé que llegara Diego, le comenté lo que había pasado y nos fuimos hasta el garaje. Diego habló con el encargado, le explico quienes éramos y si sabía algo. "Esta mañana Kutschmann estuvo aquí, vino en bicicleta". Le pedimos si nos dejaba ver el auto. "Claro, pero yo me quedo en la puerta de campana, no sea cosa que aparezca de nuevo". Con Diego revisamos el auto, encontramos una agenda y unas tarjetas personales a nombre de Pedro Olmo, con una dirección en la calle Sucre al 2200, en Buenos Aires. Fotografié la tarjeta y el auto, en especial para que se viera la matrícula, y nos fuimos.

Nos quedamos toda la tarde esperando que saliera a la calle, pero sin suerte, así que a la noche regresamos a Mar del Plata. En la cena estuvimos todo el tiempo planificando lo que haríamos al día siguiente, aunque en realidad no había mucho que planificar.

Regresamos a Miramar. Estuvimos toda la mañana turnándonos para hacer guardia frente al edificio. No teníamos tiempo ya que se suponía que debíamos estar en Mar del Plata. Así que decidimos dar unas vueltas en el coche y en eso Diego me dice: "vamos a pasar de nuevo frente al edificio".

Veníamos avanzando lentamente por la calle, con la mirada clavada en aquella ventana que daba al Oeste así que a la tarde, el sol pegaba de lleno sobre los vidrios. De pronto, como un fantasma que surge del pasado, una mano corre la cortina y aparece la figura de aquel hombre. Su figura estaba nítida, perfectamente recortada. Freno, tomo la cámara y mientras trato de cambiar el 28 mm que tenia montado por el 300 mm, en fracciones de segundo, la figura desaparece. Era él, no teníamos dudas. Con Diego nos miramos -creo que pocas veces en mi vida me entendía solo con la mirada con un periodista y ese hombre era Diego-.

Dejamos el auto estacionado, subimos los tres pisos y Diego golpeó la puerta. Apareció un hombre de rostro macizo, corpulento a pesar de su avanzada edad, con aquella mirada penetrante. Levante la cámara y sin llegar a poner mi ojo en el visor disparé. Fueron fracciones de segundo. Giré sobre mis talones y me fui casi corriendo escaleras abajo. Diego permaneció al lado de la puerta y ahí escuché la voz de Kutschmann: "Quiero ese rollo", me gritó. Y detrás de esa voz, la de Diego, "Trae ese rollo, por qué sacaste la foto?", también a los gritos. Diego acaba de enloquecer, pensé. Después Diego me aclaró que lo hizo para ganarse la confianza de Kutschmann. Era un periodista de raza.

<<<<<<Desenmascarado. Miramar, enero de 1975. El criminal de guerra nazi llega a su casa de verano. El lente de Alfieri logra su primera imagen en 28 años de impunidad. Luego, la casi increíble entrevista. Kutschmann vivía en la ciudad de Miramar, en el edificio atlántica de calle 29 y 12.

Ahí empezó el diálogo entre Diego y Kutschmann. Yo había rebobinado la película y puesto otro rollo en la cámara. "Aquí tiene su rollo", le dije al alemán, que se había ocultado detrás de la puerta. "Cuantos rollos tiene usted?, ya no quiero ese rollo" me dijo, habiendo advertido que ya lo había cambiado. Nos dijo que si nos llamaba uno de los dueños del diario, a quien el conocía, aceptaba una entrevista. Y para hacernos saber donde estábamos parados, aclaro: "El papa del dueño del diario y yo servimos bajo las ordenes de Hoffmann". Empezábamos a estar en problemas.

Nos fuimos. Desde Mar del Plata llamamos al diario: "Les interesa algo del nazi?". El subdirector, nos dijo que lo iba a consultar con el director. A la tarde nos llamó: "Dice el director que no pierdan el tiempo con el alemán, no nos interesa la noticia".

Ya estábamos en problemas. "Mira, Bec -dijo Diego-, no se qué pensás vos pero para mi esto es más importante que mi trabajo". Estábamos de acuerdo. A los dos días nos dieron la orden de regresar a Buenos Aires. Cuando llegamos, fuimos a la agencia de Diarios y Noticias, explicamos la situación y les dijimos que les regalábamos las fotos y la historia. Mientras yo revelaba el rollo, Diego escribía su crónica.

La foto fue tapa en muchos diarios de Argentina y al exterior fue transmitida por The Associated Press. Había aparecido Kutschmann, tenia un rostro y sobrevivientes de sus crímenes podían ahora identificarlo y acusarlo.

La policía tardo dos años en "encontrarlo" (y eso recién bajo el primer gobierno democrático después de varios años de dictadura). Fue detenido y como estaba delicado de salud, internado en el hospital Fernández, donde murió de un ataque al corazón antes de ser extraditado a Alemania. Por supuesto que fui a cubrir su entierro.

Diego y yo, a los dos meses, renunciamos al diario. Sentíamos que no podíamos trabajar en un lugar donde se protegían a los nazis.

Diego ha muerto. Esta historia lo tiene como su hacedor, porque yo sólo no hubiera sacado esa foto. Necesitábamos apoyarnos el uno en el otro. Nunca, como periodista, ni él ni yo, nos habíamos sentido tan solos.

Bibliografía Sugerida.

Alfredo Serra (2008),"Nazis en las sombras – Siete Historias Secretas",  Editorial Atlántida.

Bec. (2008). Kutschmann. Políticamente correcto.

Efe. (1983). Criminal de guerra nazi descubierto en un balneario argentino. Diario El País. España.

GABRIEL BÁÑEZ (2008). Nazis en las sombras. Diario El Día, La Plata.

GENTE (2008). Nazis en la Argentina - Así encontró GENTE a Kutschmann, uno de los criminales nazis (Mayo 2008).

Sergio Resumil (1991). La Hora de los Perros. Entidad protectora con pasado nazi. Diario Página 12, Buenos Aires.

Sergio Resumil (1991). De la Luftwaffe a Miramar. Diario Página 12, Buenos Aires.


Submarinos, desembarcos, espias y el fantasma de la presencia de Adolf Hitler en Mar del Sud.

La Segunda Guerra Mundial era en aquellos días un tema recurrente en las páginas de los diarios. Sin embargo, el tema parecía bastante distante para una población provinciana, cuya vida social giraba alrededor del cine y los corsos, que en esos días se encontraban en pleno desarrollo.

El 23 de febrero de 1944, la tapa de Ecos Diarios de Necochea acercaba los temores de la segunda guerra mundial a unos pocos kilómetros de la ciudad de Necochea. “Se había extendido hasta nuestra zona el espionaje del Eje”, señalaba un título secundario.

La nota hacía referencia a un informe de inteligencia según el cual Alemania proyectaba “un desembarco de agentes secretos que debía realizarse entre los faros de Quequén y Miramar”, donde en el medio se encuentra Mar del Sur.

Submarino Nazi. El U-530 en la Base Naval de Mar del Plata.

“Una parte del informe de espionaje dado a conocer por las autoridades nacionales resulta particularmente interesante para nosotros, en razón de referirse a actividades que tenían como propósito la utilización de parajes de nuestra costa”, señalaba el artículo periodístico.

El informe, que Ecos Diarios reproducía textualmente, indicaba que: “Se ha establecido que a fines del año 1943, el mayor general Frederich Wolf, agregado militar naval de la embajada alemana, comisionó a Guillermo Otto Alberto Seidlitz para que buscara un lugar adecuado en la costa atlántica de la Provincia de Buenos Aires, donde poder desembarcar de submarino alemán, uno o dos agentes secretos del eje, además de materiales necesarios a los organismos de espionaje existentes en la Argentina”.

Siempre según el informe, Seidlitz se puso en contacto con Gustavo Eickenberg, con quien efectuó un viaje a una estancia adquirida por él mismo en Mar del Sur, recorriendo los lugares vecinos y la costa marítima, llegando, de acuerdo con Eickenberg, a que el lugar ofrecía grandes probabilidades para efectuar con éxito un desembarco desde el submarino, entrevistando a su regreso al general Wolf, para dar cuenta del cumplimiento de la misión y presentar un informe detallado de las comprobaciones recogidas, indicando como el mejor punto de arribo el equidistante entre los faros de Miramar y Necochea, que es coincidente con el camino que lleva a la estancia de Eickenberg”.

El 10 de julio de 1945, arribó al puerto de Mar del Plata el submarino alemán U 530. Según el artículo publicados por Ecos Diarios al día siguiente, la nave emergió en las aguas del puerto, a las 7.30 e hizo señales de luces a la base de submarinos.

La guerra había finalizado hacía dos meses cuando el comandante del submarino alemán, Otto Wermolt, de 29 años, al mando de una tripulación de 53 marinos, decidió rendirse en el puerto marplatense, tal vez temiendo las represalias aliadas. Según los tripulantes, hacía un mes y medio que no tocaban puerto y ya se les había terminado el combustible. Los hombres se hallaban exhaustos y se les habían agotado los víveres.

La tripulación quedó alojada en la Base Naval de Mar del Plata y al día siguiente el Ministerio de Marina difundió un comunicado que señalaba que el U 530 no había sido el buque que hundió al crucero brasileño “Bahía” y que entre los tripulantes tampoco “llegó ningún político ni jerarca del nazismo”.

Marinos Argentinos luego de capturar el Submarino Nazi en Mar del Plata.

No obstante, con el pasar de los días, comenzaron a surgir dudas sobre esta última afirmación y reaparecieron los fantasmas surgidos con aquel informe de inteligencia dado a conocer un año antes. El 15 de julio, Ecos Diarios informó sobre una versión dada a conocer por diarios porteños sobre un posible desembarco producido pocos días antes de la rendición del U 530

Siempre según el informe, Seidlitz se puso en contacto con Gustavo Eickenbert, con quien efectuó un viaje a una estancia adquirida por él mismo en Mar del Sur, recorriendo los lugares vecinos y la costa marítima, llegando, de acuerdo con Eickenberg, a que el lugar ofrecía grandes probabilidades para efectuar con éxito un desembarco desde el submarino, entrevistando a su regreso al general Wolf, para dar cuenta del cumplimiento de la misión y presentar un informe detallado de las comprobaciones recogidas

Según los diarios Crítica y El Mundo de Buenos Aires, pocos días antes de la llegada del submarino alemán, empleados de una firma cerealista “pudieron ver en las playas de Mar del Sur un bote de goma que acababa de llegar, el cual estaba ocupado por varias personas”. Incluso el semanario italiano Oggi llegó a deslizar que allí se refugió Adolf Hitler cuando la derrota alemana era inminente. También muchos veraneantes y pobladores recuerdan hasta no hace mucho ver en las bajamares de sicigias(de mayor amplitud) cerca del Medano grande, la torreta de un submarino Alemán hundido detrás de las rompientes.


German submarine. Otto Wermuth, quería recalar en Miramar.

Los germanos están en retirada en Anzio”, informaba en tipografía gigante la tapa del periódico Ecos Diarios de Necochea, el 23 de febrero de 1944, en relación a la batalla que libraban aliados y alemanes en Italia. Debajo, una fotografía de dos militares estadounidenses, mostraba a los jefes de las Fuerzas Aéreas norteamericanas en el Pacífico. Y un posible destino de escape de los agentes secretos alemanes: Mar del Sur.

La Segunda Guerra Mundial era en aquellos días un tema recurrente en las páginas de los diarios. Sin embargo, el tema parecía bastante distante para una población provinciana, cuya vida social giraba alrededor del cine y los corsos, que en esos días se encontraban en pleno desarrollo.

Pero aquel 23 de febrero, la tapa del diario acercaba los temores de la guerra a unos pocos kilómetros. “Se había extendido hasta nuestra zona el espionaje del Eje”, señalaba un título secundario. El artículo periodístico hacía referencia a un informe de inteligencia según el cual Alemania proyectaba “un desembarco de agentes secretos que debía realizarse entre los faros de Quequén y Miramar”.

“Una parte del informe de espionaje dado a conocer por las autoridades nacionales resulta particularmente interesante, en razón de referirse a actividades que tenían como propósito la utilización de parajes de nuestra costa”, señalaba la nota.

El informe, que Ecos Diarios reproducía textualmente: “Se ha establecido que a fines del año 1943, el mayor general Frederich Wolf, agregado militar naval de la embajada alemana, comisionó a Guillermo Otto Alberto Seidlitz para que buscara un lugar adecuado en la costa atlántica de la Provincia de Buenos Aires, donde poder desembarcar de submarino alemán, uno o dos agentes secretos del eje, además de materiales necesarios a los organismos de espionaje existentes en la Argentina”.

Siempre según el informe, Seidlitz se puso en contacto con Gustavo Eickenbert, con quien efectuó un viaje a una estancia adquirida por él mismo en Mar del Sur, recorriendo los lugares vecinos y la costa marítima, llegando, de acuerdo con Eickenberg, a que el lugar ofrecía grandes probabilidades para efectuar con éxito un desembarco desde el submarino, entrevistando a su regreso al general Wolf, para dar cuenta del cumplimiento de la misión y presentar un informe detallado de las comprobaciones recogidas, indicando como el mejor punto de arribo el equidistante entre los faros de Miramar y Necochea, que es coincidente con el camino que lleva a la estancia de Eickenberg”. Si bien no existen datos posteriores de desembarcos de espías, aquella información creó intranquilidad y, un año más tarde, cuando dos submarinos alemanes se rindieron en el puerto de Mar del Plata, los recuerdos de aquellos datos dieron pie a todo tipo de historias que aún perduran.

La mañana del viernes 17 de agosto había amanecido con algunas nubes. Era el inicio de un fin de semana largo, que era esperado por varios marinos de la Base Naval de Mar del Plata. Otros ya habían sido licenciados. Aún duraba la sorpresa por la aparición del submarino alemán U 530, que se había rendido 38 días atrás. Ya hacia tres meses que Alemania había capitulado. El rastreador M 10 Comodoro Py al mando del capitán de Corbeta Armando Muro y el submarino Salta regresaban a sus apostaderos, luego de patrullar las aguas. Hacia las 9.15 advirtieron que desde la costa de Miramar se aproximaba un submarino. Al proceder al acercamiento un destellador luminoso identificaba la nave, como German submarine.

Se dio el alerta en la base. Las naves argentinas escoltaron al submarino, que se identificó como U 977. Con la ayuda del remolcador Ranquel atracó a las 11 de la mañana. La nave alemana estaba en impecable condiciones y con una reserva de importancia de combustible.

Según se pudo establecer con los años, desde fines de mayo de 1945, las autoridades navales de la Argentina estaban avisadas por la Cancillería de la posible aparición de submarinos alemanes en el litoral marítimo argentino. Así lo testimonian los documentos secretos de la Armada.  El 22 de mayo de 1945, el vicealmirante Héctor Vernengo Lima, jefe del Estado Mayor General, envió una comunicación al ministro de Marina, dejando constancia de que, según informaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores, se había constatado la presencia de submarinos alemanes en el Atlántico Sur, que tratarían de llegar a "aguas japonesas".

El U 977 estaba comando por Heinz Schäffer, de 24 años, acompañado por una minoritaria tripulación de 32 hombres. Todos jóvenes. Junto al comandante del submarino estaba el primer oficial Karl Reiser de 22 años, el segundo oficial Albert Khan de 23; el ingeniero Dietrich Wiese que con 30 años era el más veterano. Otros 28 suboficiales y marineros completaban la tripulación. Sin embargo, cuando partieron de Kristiansand, Noruega, el 2 de mayo de 1945, la nave llevaba 16 personas más.

Según la declaración del comandante ante los interrogadores argentinos, esos marinos alemanes eran “casados” y se les dio la opción de dejar el barco. “El 10 de mayo entre las 02.30 y las 0330 tres soldados y 13 oficiales subalternos en consecuencia tomaron tres de los botes de goma grandes, uno de los cuales resultó dañado y abandonado para abandonar la nave”, señaló Schäffer a los marinos argentinos. Una versión que siempre estuvo en duda sobre qué alemanes ocuparon esas literas, ante la sospecha que eran jerarcas nazis que descendieron en las costas de argentinas.

La travesía descripta por el comandante alemán ante los interrogadores dejó dudas, que por años han permanecido bajo reserva. Fueron 107 días de navegación, de los cuáles afirmó 66 fueron sumergidos. Los expertos indicaron años después que eso asomaba difícil de hacer con un submarino de esas características.

El U 977 arribó a Mar del Plata con 10 torpedos, aunque su carga era para 14. La aproximación fue similar a la U 530, desde la costa Miramar hasta observar el faro de Mar del Plata y luego enfilar al puerto. Para ese tiempo el avistamiento de periscopios en las ciudades de la Costa Atlántica se había multiplicado. Histeria colectiva. Entre la rendición del U-530 y el U-977 en Mar del Plata, y sobre todo entre los días 19 y 25 de julio de 1945, se sucedieron los avistamientos de submarinos en el litoral argentino, y la Armada registró estas presencias en diversos documentos secretos.

El 19 de julio, por ejemplo, se informaba al Estado Mayor General con un mensaje en extremo lacónico: "Periscopio-San Antonio Este. He dispuesto reforzar exploraciones allí". El 25 de julio, en otro informe secreto de la Armada, se avisaba del avistamiento de un submarino en el área de Claromecó, y se disponía el patrullaje aéreo y naval de la zona, manteniendo un torpedero listo para la acción.

Miramar, Necochea, Copetonas y San Clemente del Tuyú son los otros nombres que saltan a la vista en los documentos secretos y en las informaciones periodísticas de esos días. ¿Histeria colectiva? Tal vez. Pero tan grande, que llegó hasta el Uruguay y el sur del Brasil, que también reportaron el avistaje de submarinos alemanes. En Brasil, incluso, se llegó a culpar a una de las naves que supuestamente operaban en nuestra costa del hundimiento del crucero Bahía, ocurrido el 4 de julio de 1945. Teniendo en cuenta que la mayoría de los avistamientos sucedieron cuando el U-530 ya se había rendido en Mar del Plata, y cuando, según los documentos de navegación del U-977, éste todavía no se encontraba a esa altura de nuestro litoral, la pregunta es evidente. Si los avistamientos (a los que la Armada prestó especial atención) fueron reales, ¿cuáles eran los submarinos que estaban operando en la zona?

¿Se trataba, tal vez, del U-1206, sospechosamente dado por perdido en el Mar del Norte el 14 de abril de 1945, o del U-1053, perdido cerca de Bergen (también en el Mar del Norte) en febrero de ese año? ¿Podría ser, en cambio, el U-745, del que se tuvo noticias por última vez el 4 de febrero de 1945, en el golfo de Finlandia, o del U-398, perdido para siempre en aguas costeras británicas en el mes de mayo?

¿Sería, tal vez, el U-326, del que también se tuvo una última información desde aguas costeras inglesas en abril, o se trataba de algún otro sumergible que no constaba en las prolijas listas elaboradas por la Kriesgmarine? ¿Viajaban jerarcas nazis en estas naves, desembarcaron documentación o dinero en nuestras costas? La respuesta aún permanece entre médanos de dudas. 

Yo quería recalar en Miramar”, dijo el joven comandante alemán, Otto Wermuth, quien atracó el submarino de guerra U 530, el 7 de julio de 1945 en el puerto de Mar del Plata. Sus palabras son parte de las declaraciones que hizo ese joven de 25 años, a los marinos argentinos que lo interrogaban. Entre evasivas y medias verdades, contó cómo hizo la aproximación de la nave a Miramar y Mar del Plata, hasta el momento de la rendición. Hasta ahora, la revelación de esas maniobras eran inéditas.

Las palabras de Wermuth se conocieron cuando la Armada tomó la decisión de abrir los archivos de aquellas declaraciones, que fueron celosamente guardadas por 57 años. El U 530, junto a otras naves similares forman parte de uno de los grandes secretos -o quizás el último- vinculados a la Segunda Guerra Mundial.

Dos de esos submarinos, el U 530 y el U 977, se entregaron en Mar del Plata. Dos fueron hundidos por la propia tripulación en costas argentinas, previo desembarco en cercanías de Necochea, de “80 personas”, según algunos testimonios periodísticos y de aquella época.

Los primeros en ser indagados en suelo argentino fueron los ocupantes del U 530. Tres días después de su llegada a puerto y rendir su nave, el comandante Otto Wermuth se ubicó frente a sus interrogadores: los marinos Dellepiane, Ribero, Berry, Connway y Benesch. Según los testimonios escritos, Wermuth se refugió varias veces en la frase “lamento no poder dar más datos” o “no deseo responder esa pregunta”, cuando pretendía esquivar definiciones. Tampoco quiso aclarar cómo se utilizaron los 20 torpedos que debió llevar el submarino y no estaban.

Sí contó ante los marinos argentinos, parte del trayecto hacia la Argentina. Señaló que de día navegaba en superficie a un promedio de 7 nudos, alejado a más de 200 millas de la costa. Por la noche, en inmersión el submarino avanzaba a una velocidad de 2 nudos.

Según sus palabras, alcanzó la costa de Mar del Plata un día antes de la rendición. Dijo que avistó el faro de Punta Mogotes a las 3 del 9 de julio de 1945 a unas 18 millas de distancia. Agregó ante los interrogadores que rebasó Mar del Plata porque su intención original era “recalar en Miramar”, donde llegó con su nave a las 6 de la mañana.

“De ser cierto esta apreciación, podía suponerse que había desembarcado allí personas o bultos”, dicen los periodistas Juan Salinas y Carlos De Napoli en su última obra “Ultramar Sur”, donde revelan detalles inéditos sobre esa operación llevada a cabo por los alemanes, tras el fin de la guerra. Al garete. Para buscar un pretexto de por qué llevó el submarino hasta Miramar, el comandante alemán Wermuth les dijo a los interrogadores que pretendía “esperar a la noche siguiente para reconocer la entrada al puerto”.

“Al anochecer del 9 de julio salí a la superficie y comencé a recorrer la costa”. Al parecer Wermuth observó la costa a unas 3 millas de distancia, desde Miramar hasta Mar del Plata. “A través de la boca de entrada a la base naval me quedé al garete hasta la madrugada”, explicó Wermuth. Después encendió las luces y se entregó. En sus declaraciones se vio obligado a reconocer que el U 530 contaba originalmente con seis balsas de goma. Nunca pudo explicar por qué falta la principal, con capacidad para varias personas y bultos. Las palabras de Wermuth y toda su tripulación se repitieron días más tarde ante los norteamericanos y los ingleses, quienes dieron carácter de “top secret” a todo lo hablado ante ellos. Para asegurarse la confidencialidad de esas palabras impusieron que debían permanecer archivadas en reservas por 75 años. Es decir, se sabrá el contenido en el año 2020. (Primera parte) Fuentes: Ultramar Sur – De NAPOLI / SALINAS. Archivos Armada

Fuente: La Nación, Ultramar Sur, El Recado Diario Miramar, Documentación Armada Argentina.

 

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