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Hallan fósiles de Promacrauchenia cerca de un campo de golf .

Dic. 2016. La noticia tuvo gran repercusión en todo el mundo. El Museo Municipal de Miramar  ha recuperado restos fósiles de una extraña criatura prehistórica de 3 millones de años en las inmediaciones de la cancha de golf local.

Al parecer se trata de vértebras, costillas, huesos largos y parte de un cráneo de un Promacrauchenia , (también se lo puede nombrar como Promacrauquenia) un gran herbívoro ya extinto, que vivió en la región pampeana hace unos 3 millones de años. El material, el cual es sumamente frágil, se encontró en sedimentos correspondientes al Plioceno, época que reinaban mamíferos y aves de gran tamaño, con un clima y ambiente similares al monte chaqueño actual, comenta Daniel Boh, encargado del museo.

La forma del cuerpo de Promacrauchenia recuerda al de un camello con trompa; alcanzaba los 1,6 metros de altura y 2,5 de largo con un peso de unos 500 kilos. Su trompa corta le serviría de labio prensil (como el tapir), para permanecer sumergido, acondicionar el aire y como herramienta de uso general. Comparten muchas adaptaciones morfológicas con los jiráfidos, con los cuales no estaban relacionados, considerada como una convergencia adaptativa o evolución paralela, sostuvo Mariano Magnussen, integrante del citado museo.

<<<< Cráneo y tibia. Algunos de los fósiles recuperados.

Promacrauchenia es uno de los muchos grupos de mamíferos “ungulados sudamericanos extintos” que poblaron América y de los cuales no queda ningún descendiente vivo. Los macrauquénidos evolucionaron en total aislamiento en el continente-isla de Sudamérica, desde animales herbívoros de poca alzada, hasta especies de gran tamaño y peso.

El Museo Municipal Punta Hermengo de Miramar, ya había recuperado distintos restos de un representante mas moderno, denominado Macrauchenia, el cual, aparece en varias oportunidades en la película La Era de Hielo. Pero este nuevo espécimen es un género más antiguo, del cual aun no se había hallado evidencias en nuestra ciudad. Este ejemplar  se sumara a la magnifica y variada colección de la institución.

<<< Aspecto de Promacrauchenia. Ilustración de Daniel Boh.

En los trabajos de rescate también se tuvo la colaboración de Francisco Elguero Suárez. Para más información sobre este hallazgo y otros temas paleontológicos, se puede visitar el sitio Web www.museodemiramar.com.ar. y la página de facebook: Museo Miramar.


El bosque de piedra en el desierto patagónico.

En lo profundo de la estepa patagónica, un paisaje con sinuosidades gaudianas esconde lo que fue hace 70 millones de años un mundo vegetal, sacado a la superficie por la fuerza arrasadora de los glaciares. Fósiles de dinosaurios y centenares de troncos son los vestigios de cuando la Patagonia fue una selva subtropical.

La Ruta 40 se desenrolla frente al auto como una gran lengua de camaleón en plena estepa: divide la planicie desierta en dos mitades de pastos ralos y arbustos de calafate, donde corretea una tropilla de guanacos. Hemos partido desde El Chaltén hacia un paraje de extrema desolación con centenares de troncos que hace 70 millones de años fueron de madera y hoy son pura piedra.

A la hora de viaje nos detenemos a desayunar en el Parador La Leona junto al río del mismo nombre. Aquí el legendario explorador Francisco “Perito” Moreno fue atacado por un puma y de allí viene la deformación del nombre. La solitaria construcción en medio de la nada fue levantada en 1916 con sus actuales paredes de adobe y techo de chapa a dos aguas. Era un boliche de campo y hotel utilizado por los trabajadores de las estancias, donde se dejaban mensajes y encomiendas para quienes vivían aislados del otro lado del río.

Luego de un café con alfajores de maicena en el ambiente de hace un siglo, seguimos viaje sin escalas para observar en la superficie de la tierra los vestigios de la era Cretácica tardía, entre 65 y 90 millones de años atrás.

Por el camino de ripio que bordea al lago Viedma pasamos la tranquera de la estancia ovejera Santa Teresita –90.000 hectáreas– y una mulita cruza la ruta a toda velocidad. El paisaje se torna muy desierto pero cobra cada vez más vida: a 100 metros un macho de ñandú camina esbelto al frente de una decena de charitos siguiéndolo en fila.

Estacionamos en la parte alta de una meseta para descender a pie hasta una gran depresión del terreno de 800 hectáreas, con algo de cráter lunar. Vamos en busca del Bosque Petrificado La Leona, un enigmático yacimiento fósil que no debe ser confundido con aquel otro más famoso en el noreste de esta provincia, donde hay menos troncos pero más grandes, rodeados de un paisaje no tan llamativo ni variado como este.

Descendemos al laberinto de arena y arcilla, una sinuosa dimensión gris con cañadones cincelados por el viento y el curso de un río milenario que ya no existe. El terreno es ondulado porque los glaciares arrastraron sedimentos como grandes topadoras: durante las glaciaciones hubo una capa de hielo con mil metros de altura cuya fuerza descomunal arrancaba pedazos de montaña.

Caminamos por borroneados senderos donde crecen escasos arbustos, tan duros que no se mueven con el viento: una adaptación para sobrevivir. El guía señala en el suelo arcilloso huellas de puma, guanaco y mulita.

Toda esta región fue un delta gigante con bosques de árboles de hasta 100 metros de alto –parientes de las araucarias– donde vivían toda clase de dinosaurios. En los últimos años se extrajeron aquí restos de varios ejemplares, entre ellos el Puertasaurus, un titanosaurio del que se encontraron cuatro vértebras, la más grande de ellas de 1,68 centímetro, exhibida en el Museo Egidio Feruglio de Trelew.

Tras una lomada el guía nos sorprende señalando en el suelo el fémur de un dinosaurio saurópodo que pesaba 16 toneladas y se decidió dejar en el lugar: está fragmentado pero completo.
Es tan perfecta la fosilización de este bosque que hasta puedo contar los anillos de crecimiento en algunos de estos troncos que, en verdad, son el negativo de sí mismos y brotan como reliquias de un tiempo inconcebible para los mortales: un rastro muy palpable pero sin vida de un árbol condenado a la eternidad. Por Julián Varsavsky para Pagina 12. 


Catorce mil años de presencia humana en Argentina.

Se dató en 14 mil años la presencia de un campamento de cazadores recolectores al sur de la Provincia de Buenos Aires, en el sitio arqueológico Arroyo Seco. Se alimentaban de especies de caballos extintos  y de megamamíferos del Pleistoceno. En búsqueda de piedras para hacer instrumentos, se desplazaban cientos de kilómetros hasta Tandil, Olavarría y la costa atlántica. 

El cono sur de América fue el último sector continental del mundo al que llegaron los humanos. Este hecho se produjo mucho antes de que arribaran los europeos y poco después de que, hace unos 16 mil años, un grupo de cazadores cruzara el puente terrestre que en ese momento había entre Alaska y el Noreste de Asia.

El doctor Gustavo Politis, investigador superior del CONICET y director del Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Paleontológicas del Cuaternario Pampeano (INCUAPA, CONICET-UNICEN), comentó a la Agencia CTyS-UNLaM que “este hallazgo contribuye a identificar la  primera oleada de ocupación temprana en el Sur de América; también, hay un sitio de antigüedad  similar en Chile”.

“La datación de esta ocupación en la región pampeana es de las más precisas que se pueden  lograr hoy en el mundo”, valoró Politis. Y explicó: “Se usaron las técnicas más sofisticadas para extraer el colágeno puro, sin ninguna contaminación, de un hueso de caballo que tiene marcas muy claras de haber sido fracturado por humanos y se determinó la antigüedad tras analizar la concentración de carbono 14 en un acelerador de partículas en Estados Unidos”.

<<<Imagen ilustrativa realizada por Daniel Boh.

Lo más probable es que hayan fracturado dicho hueso de Equus -una especie extinta de caballo- para alimentarse. “Estos cazadores antiguos partían los huesos largos para acceder a la médula, al caracú, que es muy rico y nutritivo, aunque también es posible que lo hayan fracturado para hacer alguna herramienta de hueso”, afirmó el director del INCUAPA-CONICET.

El arqueólogo detalló que “este hueso fue partido en una especie de yunque, porque hay un golpe de un lado y un contragolpe del otro, como así también unas muescas que son producto de los golpes fallidos que le dieron antes de lograr fracturarlo, por lo que es muy claro que esas marcas fueron producidas por seres humanos”.

Además, este hallazgo está acompañado por rocas, como la cuarcita, que estos grupos traían de la zona de Tandil, como así también por calcedonias de la zona de Olavarría y rodados costeros, si bien el mar estaba unos 100 kilómetros más lejos de la costa atlántica actual.

“Recorrían unos 100 o 150 kilómetros desde Arroyo Seco para obtener estas materias primas con las que podían hacer puntas de lanza o bien cortar la carne de los grandes animales de los que se alimentaban”, describió Politis.

Estos grupos vivían sobre una especie de lomada, a unos cincuenta metros de una antigua laguna, donde se acercaban los mamíferos en busca de agua. “Hemos encontrado también huesos asociados de perezosos gigantes -megaterios- que son de la misma antigüedad; si bien las marcas de acción humana no son tan nítidas sobre estos fósiles”, indicó Politis. La geóloga Adriana Blasi de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires (CICPBA) formó parte de este equipo de investigación para describir como fue aquel paisaje.

“Estudio cómo se produjo el proceso de sedimentación y me baso en aspectos geológicos para poder definir si en ese periodo hubo momentos de sequía o alguna otra perturbación que pudiera influir en las ocupaciones humanas”, señaló a la Agencia CTyS-UNLaM.

Existen teorías que sostienen que la presencia humana pudo haber influido en la extinción de estos megamamíferos, algunos de los cuales podían llegar a superar los cuatro metros de altura. “El último registro que tenemos en Arroyo Seco de esta megafauna extinta es de unos 11300 años de antigüedad”, precisó Politis. A partir de allí, los  indígenas se alimentaron principalmente de guanacos.

Cabe aclarar que las chances de encontrar restos humanos son mucho menores que las de encontrar restos producidos por los humanos. “Cualquiera de nosotros, a lo largo de su vida, deja millones de restos y solo un esqueleto y lo mismo pasaba con  estos cazadores recolectores: ellos hacían cientos de puntas de  proyectil, cientos de boleadoras, mataban cientos de animales y todos eso fue quedando en los sedimentos”, observó Gustavo Politis.

“Se han  hecho estudios con ADN que indican que entre Alaska y el noreste de Asia, en esa época, no estaba el estrecho de Bering, sino que había un puente terrestre durante un tiempo de mucho frio y, en esa zona, quedaron aisladas unas poblaciones que generaron recombinaciones genéticas nuevas, diferentes de las asiáticas, y ellos fueron los que finalmente cruzaron los hielos hace unos 16 o 15 mil años y, a partir de allí, se expandieron con bastante rapidez en América”, relató el arqueólogo del INCAUPA y del Museo de La Plata.

El doctor Politis aseveró a la Agencia CTyS-UNLaM que eran tronco mongoloidos, un linaje asiático que se desarrolló hace 20 mil o 30 mil años. “Desde entonces, hubo miles de años de evolución y se fueron desarrollando adaptaciones según los diferentes ambientes y cambiando los rasgos físicos”, consideró el director del INCAUPA.

Los primeros Homo sapiens surgieron en el África sub Sahariana hace aproximadamente 150 mil años. Desde allí, se expandieron por Asia, Europa y el final de esa expansión por los continentes fue precisamente el cono sur de América. Posteriormente, solo quedarían islas por conquistar.

Hace 14 mil años, aun no se había desarrollado la cerámica en el mundo, no había vasijas, por lo que los pobladores de Arroyo Seco debían cocinar la carne al fuego, en una especie de parrilla de palos o directamente sobre la llama.

“Cazaban o carroñaban  animales que  podrían  morir cerca de la laguna y, de pronto, si era un megamamífero, podían encontrarse con dos o tres toneladas de carne disponible y debían de trozarlos para poder llevarlos hasta la loma en la que armaban el asentamiento, que debía estar a unos 50 u 80 metros de distancia”, narró el doctor Politis.

Politis ha realizado camapañas en Arroyo Seco desde el año 1977. En 2017, harán una nueva excavación en este sitio donde se produjeron distintos pulsos de ocupación humana en el pasado.  “Eran poblaciones nómadas y, entonces, ocupaban, se iban y después generaciones después volvían”, contó Politis. Y añadió: “Hubo otro pulso de ocupación entre los 7.600 y 5.500 años y otro pulso aun más reciente hace unos 2 mil o 3 mil años, en los cuales ya  encontramos restos de alfarería”

En este sentido, la doctora Adriana Blasi sopesó que “otro aporte de importancia a la geoarqueología es que, sobre la base del análisis de las capas o depósitos que alojan los restos culturales, se puede tener certeza sobre la ubicación espacio-temporal del material arqueológico encontrado”. Fuente: Agencia CTyS-UNLaM.


Recuperan fósiles de Cyonasua lutaria, un carnívoro de tres millones de años.

El peculiar hallazgo de restos parciales del esqueleto de un carnívoro prociónido que vivió en la región pampeana bonaerense hace unos 3 millones de años, fueron recuperados y dados a conocer por personal del Museo de la ciudad de Miramar, Argentina.

Durante el Plioceno, la región costera de la actual provincia de Buenos Aires era muy distinta, ya que, la localidad de Miramar se hallaba en el centro continental y la zona estaba poblada por numerosas especies de mamíferos, aves y reptiles, según demuestran más de un siglo de hallazgos paleontológicos en la región.

Personal del Museo Municipal Punta Hermengo de esta ciudad, dependiente de la Secretaria de Turismo y Cultura de la Municipalidad de General a Alvarado se encontraba realizando tareas de prospección al norte de la ciudad, luego de sucesivos temporales, y encontraron en sedimentos pertenecientes al interior de una paleocueva (o madriguera prehistórica) un grupo de huesos fósiles entremezclados, y que pertenecieron a un Cyonasua lutaria, emparentado con los coatíes y los mapaches actuales, pero de tamaño mayor y extinto.

Cyonasua, guarda importancia en los estudios paleogeograficos, ya que pertenece a la fauna invasora, cuya estirpe evoluciono en Sudamérica desde el Mioceno, es decir, hace 10 millones de años, siendo unos de los primeros carnívoros placentarios que invadieron el continente isla de Sudamérica, luego de un largo proceso de aislamiento geográfico por mas de 35 millones de años.

El material recuperado de este carnívoro primitivo esta constituido por fémur, tibia, sacro, costillas, vértebras varias, falanges y garras. Las ramas mandibulares y dientes, ya habían sido recuperadas hace unos 10 años, en este mismo sitio.

Creemos que se trata del mismo individuo, que se encontraba asociado a otros roedores, anuros, armadillos y marsupiales de la misma época, como así también “coprolitos” (excremento fosilizado) el cual determino la publicación de un extenso articulo científico (en ingles) en la prestigiosa revista científica Historical Biology, An International Journal of Paleobiology, realizada por Marcos Cenizo de la Fundación Azara, Universidad Nacional de La Pampa y Universidad Maimónides, junto a Esteban Soibelzon del Museo de La Plata, y Mariano Magnussen Saffer del Museo Municipal Punta Hermengo de Miramar, argumento Daniel Boh, director del museo miramarense.

El material esta siendo preparado en el laboratorio del museo para una futura exhibición y para aquellos investigadores que deseen estudiarlo, dentro del marco de la ley 25743 que protege el patrimonio paleontológico y arqueológico de la Republica Argentina.

“Seguiremos examinando el sitio ante la posibilidad de que aparezcan nuevos restos de este poco frecuente carnívoro prehistórico”, finalizo Boh.


Hallan el extremo de la cola de un enorme armadillo.

Un enorme mazo acorazado que perteneció a la “cola” o tubo caudal de un armadillo gigante del género Doedicurus fue descubierto en una cantera del partido de San Pedro, al norte de Buenos Aires.

La gran pieza fosilizada, de unos 60 kilogramos, fue golpeada por la pala de una retroexcavadora que realizaba tareas en una cantera del partido bonaerense. El operario acercó rápidamente los fragmentos recuperados al Museo Paleontológico de San Pedro,  donde su equipo realizó las tareas de restauración e identificación del fósil descubierto.
 

Al principio sólo eran pedazos sueltos, pero todo comenzó a tomar forma luego de algunas horas de preparación”, relatan integrantes del Grupo Conservacionista de Fósiles, equipo fundador del museo sampedrino. “Al cabo de algunos días de trabajo en el laboratorio, se pudo salvar una pieza que llegó destruida y confirmar que se trataba de un gran mazo óseo de importantes dimensiones. Estas abultadas formaciones de tejido muscular, huesos y púas, similares a las que poseían los anquilosaurios (dinosaurios del Cretácico), estaban presentes en el extremo de la cola de los gliptodontes del género Doedicurus”, comentan desde el museo.

Los Doedicurus fueron uno de los géneros que lograron mayor desarrollo corporal dentro de la gran familia de los gliptodóntidos, llegando a superar los 1.500 kilogramos de peso y a desarrollar corazas de hasta 5 centímetros de espesor. Su cuerpo estaba totalmente “blindado” por esos escudos protectores, su cabeza protegida por un rígido casquete y su cola cubierta de una gruesa capa ósea que terminaba en un poderoso mazo del que salían púas córneas para intimidar a cualquier atacante.

Algunos investigadores señalan que este mazo con púas podría haber sido característico de los machos de la especie que lo utilizaban en épocas de disputas territoriales o sexuales. También como arma de defensa ante posibles depredadores.

El Jefe del Departamento de Paleontología de Vertebrados del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, Dr. Eduardo Tonni, comenta que “en el sitio arqueológico “La Moderna”, partido de Azul, en provincia de Buenos Aires, los restos de Doedicurus se han hallado asociados a artefactos líticos elaborados sobre rocas silíceas; la datación de dichos restos dio una antigüedad de alrededor de 8.000 años antes del presente y constituye unos de los primeros registros de convivencia del hombre con ejemplares de la fauna extinguida de grandes mamíferos.” Imagen: Un integrante del Museo Paleontológico de San Pedro realizando tareas de restauración sobre el “mazo” de Doedicurus. Fuente; Museo Paleontológico de San Pedro realizando.


Vegavis iaai, un antecesor de los patos conviviendo con los dinosaurios antárticos.

El equipo de investigadores argentinos encabezado por el doctor Fernando Novas ya lleva cuatro publicaciones en la prestigiosa revista Nature en 2016, en este caso, por presentar el primer registro del mecanismo de comunicación en un ave que llegó a convivir con los dinosaurios.

Luego de la conferencia de prensa realizada en el Centro Cultural de la Ciencia, el paleontólogo Fernando Novas comentó a la Agencia CTyS-UNLaM que “es un descubrimiento muy interesante porque cada huesito descubierto de este ave que vivió en la Antártida hace 70 millones de años es sumamente informativo”.

“Lo novedoso es que quedó conservada parte de su anatomía blanda”, destacó el experto . Y detalló: “Esta ave ya poseía la siringe, que es un aparato de vocalización característico de muchas aves vivientes como los patos y los canarios y que está ubicada entre la tráquea y los bronquios”.

Fernando Novas relató: “Es decir que, hace 70 millones de años atrás, antes de que cayera el aquel meteorito, antes de que se extinguieran los dinosaurios, ya había aves de aspecto moderno, parecidas a un pato, que eran aves buceadoras que vivían en el mar y obtenían de allí su alimento y que seguramente tenían que escapar del ataque de los enormes mosasaurios, que eran reptiles marinos absolutamente extintos que poblaban aquellos mares”. El nombre de esta especie es Vegavis iaai, que la identifica por su sitio de hallazgo (la Isla Vega, ubicada al noreste de la Península Antártica), en tanto que iaai es en reconocimiento al trabajo del Instituto Antártico Argentino.

Su apariencia era semejante a la de los patos vivientes y también tiene un lejano parentesco con otro grupo de aves relacionadas con los gallos, llamados técnicamente galliformes.

“Tiene gran importancia este descubrimiento y me siento muy orgulloso porque mi equipo de trabajo ya ha publicado en lo que va del año cuatro artículos en la prestigiosa revista Nature, lo que habla de que la paleontología está por el buen camino, publicando trabajos de prestigio internacional y discutiendo en la arena de lo que fue el origen de las aves en un ámbito que comúnmente estuvo controlado por científicos ingleses, alemanes, estadounidenses y chinos”, valoró el investigador del Museo Argentino de Ciencia Naturales (MACN).

Esta capacidad de emitir sonidos no solo le habrá permitido a estos lejanos parientes de los patos el poder relacionarse y reconocerse con otros animales de su especie, sea para guiar a las crías, llamar a las hembras, sino que también habrán utilizado esos graznidos para identificar el peligro y escapar de sus posibles predadores.

“Seguramente, esta capacidad de comunicarse habrá tenido un efecto muy importante en el desarrollo del cerebro, de las conexiones neuronales, que es lo que luego fue mantenido por las aves en el curso de su evolución millones de años más tarde”, consideró Novas.

Daniel Martinioni, profesional principal del Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC), fue quien realizó el descubrimiento de este ejemplar en 1992, recordó: “El descubrimiento fue parte de un trabajo en equipo; encontramos una concreción en la que se asomaban algunos huesos que eran huecos, por lo que presumidos de que podía tratarse de aves”.

El técnico Marcelo Isasi – Profesional adjunto Museo Argentino de Ciencias Naturales (MACN) contó a la Agencia CTyS-UNLaM que “se trata de un fósil muy delicado que se encontró en una concreción, en un sedimento muy fino y muy duro, y muy pacientemente y durante meses fuimos sacando granito por granito de esta roca que había rodeado a este animal después de su muerte y, al prepararlo, nos dimos cuenta de que se veían esos anillos de la siringe y, luego, la investigadora Julia Clarke pudo ver en el tomógrafo que estaba completo este aparato sonoro y eso permitió hacer este trabajo fantástico”.

Federico Agnolin, quien forma parte del equipo de Novas en el MACN, indicó: “Participé del estudio de la siringe, de la evolución que tuvo la siringe en las aves y la evolución entre los dinosaurios y las aves, al tiempo que revisamos el registro fósil de los dinosaurios para ver si alguno de ellos tenía la siringe preservada”.

“Como no encontramos dinosaurios con siringe, es de suponer que ellos, al igual que los humanos y la mayoría de los vertebrados, emitieran sonidos desde la laringe, a diferencia de las aves en que los sonidos se producen más abajo, específicamente en la siringe que se ubica en la bifurcación que hay entre la tráquea y los bronquios”.

En la foto; El doctor Fernando Novas junto a Federico Agnolin, Marcelo Isasi y Daniel Martinioni durante la presentación del descubrimiento. Fuente; Agencia CTyS-UNLaM.


Descubren restos de un mamífero fósil atacado por termitas prehistóricas en San Pedro.

Son restos de un Toxodon, animal que habitó la llanura pampeana durante el Cuaternario. Fueron hallados en una cantera a 3 kilómetros de San Pedro.

La excavadora de la empresa extraía toneladas de tosca en el predio ubicado a 3 kilómetros de la ciudad de San Pedro. Decenas de metros cúbicos se cargaban en los camiones que aguardaban con sus cajas vacías, la carga que luego se distribuiría en caminos o basamentos de construcciones de la zona.

El  Grupo Conservacionista de Fósiles, equipo que coordina el Museo Paleontológico “Fray Manuel de Torres”, recorría el lugar, cuando uno de sus integrantes, Matías Swistun, observó que la pala de la retroexcavadora estaba a punto de romper “algo” que afloraba en el corte artificial de terreno.

El equipo solicitó a la empresa unas pocas horas para poder resguardar el fósil que acababa de asomar entre las rocas. En poco tiempo, pudieron observar que ese “algo” eran los restos fosilizados del brazo de un Toxodon, un gran mamífero que habitó la llanura pampeana hasta hace unos 8.500 años atrás.

Una vez que los restos fosilizados llegaron al Museo, se les realizó la preparación habitual para poder observar detalles, identificar las piezas y evaluar su potencial valor científico. Sin embargo, los fósiles recuperados reservaban una sorpresa… Entre los huesos había tres enormes falanges de los dedos del animal, algunos metápodos que conformaban la mano del mamífero, la ulna (cúbito, en los humanos) y el radio. Pero el detalle que atrajo la atención del equipo del Museo fueron unas extrañas marcas presentes en los huesos del antebrazo del animal, que mostraban, claramente, señales de haber sido devorados por algún animal prehistórico.

Las marcas de las mordidas, distribuidas en diferentes sectores de la superficie del fósil, se presentan en patrones con forma “estrellada”, con líneas radiales que parten desde un mismo punto. Dicho patrón se repite en varios sectores y son notorias a simple vista. A su vez, algunas se agrupan o superponen unas con otras, conformando una especie de “mancha” calada en el hueso fosilizado que las hace más notables aún”, comenta José Luis Aguilar, Director del Museo de San Pedro.

Este tipo de marcas son extremadamente raras ya que, las que se han observado en otros casos en nuestro país y el mundo, son claramente más pequeñas, siendo, algunas, hasta microscópicas. En el caso del fósil de San Pedro, el tamaño de las mordidas es muy considerable.

Para la evaluación de este particular descubrimiento, el equipo del museo sampedrino interactuó con diferentes investigadores de nuestro país y cotejó  las muestras con otras descubiertas en lugares tan distantes como Etiopía, Tanzania y Sudáfrica donde, décadas atrás, se han registrado ataques de insectos sobre huesos fósiles de humanos y animales.

El Dr. Eduardo Tonni, Jefe del Depto. Paleovertebrados del Museo de La Plata, y la Dra. Mariela González, del Instituto INCUAPA-CONICET (Facultad de Ciencias Sociales -Universidad del Centro, Olavarría), contribuyeron con sus opiniones y experiencia en el análisis de este tipo de materiales.

Ambos coincidieron en que las marcas corresponden al accionar de insectos, aportando bibliografía que muestra modificaciones similares producidas por termitas en estudios internacionales. A partir de este intercambio de datos, el equipo del Museo de San Pedro comenzó a relevar la existencia de termitas en esta área en tiempos prehistóricos.

Actualmente, la familia Termitidae, de la que forman parte estos voraces insectos, se ha retirado de la provincia de Buenos Aires, ocupando zonas por encima del paralelo 32, donde predominan condiciones de clima subtropical. Sólo existe una pequeña población en las sierras de Tandil y otra en península Valdez, Chubut, que podrían ser grupos relictuales de épocas pasadas. La desaparición de las termitas en la provincia de Buenos Aires se produjo en algún momento durante la Edad Lujanense (8.500 a 128.000 años), el mismo lapso geológico del que proviene el fósil hallado en San Pedro.

Esta época, a finales del Pleistoceno, experimentó variaciones climáticas muy marcadas,  generando condiciones que no fueron las propicias para que se mantuvieran las poblaciones de estos insectos. 

Justamente, la comparación de formas y tamaños con otros casos en el mundo realizada desde el Museo Paleontológico de San Pedro, permitió establecer como principales responsables a estos insectos del infraorden Isoptera, al que pertenecen las termitas. Desde el Museo Paleontológico de San Pedro, Aguilar, explica que “Las marcas de mordidas en los fósiles hallados en San Pedro permiten sumar un registro muy valioso para los especialistas que estudian los insectos, su comportamiento, distribución y hábitos climáticos en épocas remotas a través del análisis de los fósiles. Una oportunidad verdaderamente escasa en la paleontología del Cuaternario sudamericano. Fuente: Museo Paleontológico de San Pedro. Ilustración del paleoartistas Daniel Boh (ilustrativa).


Norte y Sudamérica se unieron hace 2,8 millones de años.

Investigadores de 23 instituciones de distintas partes del mundo evidenciaron que ambos bloques continentales se conectaron hace 2,8 millones de años. Así, derriban aquellas hipótesis que le daban una mayor antigüedad a la unión de América de Norte y América del Sur.

A partir de ese momento en que emergió el istmo de Panamá, no solo se unieron ambas Américas, sino que también quedaron separados el océano Pacifico y el océano Atlántico, lo cual fue observado por el equipo de geólogos, ecólogos, paleontólogos y geoquímicos que participaron de este estudio internacional.

Hace 2,8 millones de años, se empezaron a diferenciar los microorganismos ubicados a ambos lados del istmo de Panamá, en tanto que quedó establecido un puente para los animales terrestres. De esta manera, llegaron a Sudamérica los tigres dientes de sable, los osos y los caballos, entre otras especies.

El investigador del Museo de la Plata y del CONICET Alberto Luis Cione comentó a la Agencia CTyS-UNLaM que “incluso los camélidos como el guanaco y la llama, que son el símbolos de la fauna sudamericana, son de origen norteamericano”. Y agregó: “Antes de que emergiera el istmo de Panamá, Sudamérica era una isla continente y la fauna que predominaba estaba compuesta por perezosos, armadillos, osos hormigueros y marsupiales, por ejemplo”.

<<<Imagen ilustrativa realizada por Daniel Boh.

En tanto, el paleontólogo Leopoldo Soibelzon comentó que “la fauna terrestre es una de las evidencias de que se produjo esta unión entre Norteamérica y Sudamérica, pero se pudo establecer una mayor precisión sobre el momento en que emergió el istmo de Panamá a partir del cuerpo de evidencias que proviene del mar”.

“A partir de datos geoquímicos que quedan en el fondo del mar, se pudo saber cuándo se separaron el océano Pacífico del océano Atlántico, que hasta ese entonces eran un solo mar”, agregó el también coautor del estudio e investigador del MLP y CONICET.

Soibelzon comentó que “también está la evidencia que brindan los microfósiles, porque cuando el mar era uno solo había una biota de microorganismos que tenían intercambio genético y tenían prácticamente una población estable; en cambio, cuando se separó el Pacífico del Caribe, esos microorganismos empezaron a evolucionar de manera divergente”.

El doctor Cione destacó que este estudio, que se acaba de publicar en Sciences Advances, permite derribar aquellas hipóstesis surgidas en los últimos años que indicaban que el surgimiento del istmo de Panamá se podría haber producido hace más de 6 millones de años.

“Esta investigación, gracias al avance de las técnicas de datación, permitió alcanzar una mayor precisión que la que teníamos hasta ahora para definir cuándo ocurrió este evento”, valoró Leopoldo Soibelzon.

El aporte de los investigadores argentinos en este trabajo consistió en el registro de los animales vertebrados terrestres. “Es un trabajo que viene haciendo la división paleontología de vertebrados del MLP desde hace ya 25 o 30 años, con investigadores como Eduardo Tonni y Alberto Luis Cione, y en esta publicación volcamos el conocimiento que hemos acumulado”, indicó Soibelzon.

No obstante, el investigador aclaró que el registro fósil de vertebrados no permitía alcanzar una gran precisión temporal de cuándo emergió el istmo de Panamá. “Podría haber ocurrido que hubieran llegado mamíferos tiempo antes de que tuviéramos registro, por ejemplo, pero el estudio geoquímico de los mares y la evolución divergente de los microinvertebrados a uno y otro lado del istmo permitieron dar una precisión mayor a la que se tenía hasta ahora”. Fuente: Agencia CTyS-UNLaM. Imagenes de nuestro archivo.


Allkaruen Koi, un nuevo y extraño reptil volador jurasico.

Corresponde a la especie de los pterosaurios, que vivió hace 170 millones de años. Los restos están excepcionalmente bien conservados.

Unos restos fósiles en excelente estado de preservación hallados en Chubut han permitido a los científicos descubrir una nueva especie de pterosaurio del Jurásico Inferior (hace entre 176 y 200 millones de años). Los restos incluyen una caja craneana magníficamente conservada y sin triturar y corresponde a un reptil que volaba como las aves actuales pero hace 170 millones años, y plantean un enigma de la evolución de esa especie.

"Este hallazgo es importante porque revela una de las etapas menos conocidas de la evolución de los pterosaurios y demuestra cuánto nos queda por conocer del Jurásico en el hemisferio sur", dijo a Télam Diego Pol, investigador del Conicet y miembro del Museo de Egidio Feruglio de Trelew. Se trata del más antiguo reptil volador preservado que se haya conocido y, a su vez, el registro fósil del grupo de pterosaurios más antiguo para la Argentina, cuya investigación fue publicada recientemente por la revista científica Peer J.

Pol describió que "el cráneo estaba tan bien preservado que hemos podido reconstruir la cavidad cerebral y comprender las modificaciones que tuvo ese órgano de los pterosaurios como adaptación al vuelo".

El estudio del Allkaruen Koi, nombre tehuelche con que se bautizó al fósil que significa "cerebro antiguo de la laguna", muestra la evolución que tuvo su cerebro, más parecido al de las aves actuales (con quienes no tienen vinculación evolutiva), que a los de reptiles primitivos, como cocodrilos o la mayoría de los dinosaurios.

El hallazgo se hizo en la localidad de Cerro Cóndor, a la altura del río Chubut, en los sedimentos de lo que fue el fondo de una gran laguna en el comienzo de la separación de América con Africa. El neurocráneo —formado por huesos que rodean al cerebro—, las mandíbulas y las vértebras del cuello, permite observar el aumento de las áreas cerebrales relacionadas con el aprendizaje (hemisferios cerebrales) y un aumento en la capacidad visual (lóbulos ópticos).

Se trata de una especie de estadio intermedio que muestra cómo fue la evolución del cerebro en este grupo de reptiles a lo largo del Mesozoico, período conocido como la era de los reptiles. El grupo de los pterosaurios, reptiles de cabezas elongadas con crestas y, en algunos, colas como dragones, tenían un "dedo" súperlargo que unía una membrana entre el brazo y su cuerpo formando un ala que recuerda el ala de los murciélagos.

Estos extraños reptiles son tan viejos que la raíz de sus ancestros se encuentra en el origen de todos los reptiles conocidos.

Además de Pol y dos paleontólogos alemanes, participaron de la investigación Laura Codorniú, de la Universidad de San Luis, y Ariana Paulina-Carabaja, del Instituto de Investigaciones y Biodiversidad de Bariloche, y miembro del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). Reconstrucción artística de un pterosaurio. Ilustracion de GABRIEL LÍO. La Capital de Rosario.


Murusraptor barrosaensis, otro gran dinosaurio del Cretácico de Argentina.

El fósil encontrado en la Patagonia - una región rica en descubrimientos óseos del período Cretáceo- fue bautizado Murusraptor barrosaensis.

Una especie previamente desconocida de  dinosaurio carnívoro que data de hace 80 millones de años ha sido descubierto  en Argentina, aumentando así la familia de dinosaurios conocida como "Los  Gigantes Ladrones", dijeron el miércoles investigadores. 

El fósil encontrado en la Patagonia - una región en el sur argentino rica  en descubrimientos óseos del período Cretáceo- fue bautizado Murusraptor  barrosaensis y puede revelar más sobre los orígenes del grupo conocido como los  megaraptoridos, según el estudio publicado en la revista de acceso libre PLOS  ONE. 

Este esqueleto parcialmente fosilizado fue descubierto en Sierra Barrosa,  en el noroeste de la Patagonia. Los investigadores principales del hallazgo son Rodolfo Coria, del Consejo  Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina, y Phillip  Currie, de la Universidad de Alberta, Canadá. "Un nuevo dinosaurio carnívoro, Murusraptor barrosaensis, fue descubierto a  partir de rocas de 80 millones de años extraídas de la Patagonia, Argentina",  dijo Coria. Estos dinosaurios caminaban sobre dos patas, tenían garras de gran tamaño  en forma de hoz en los dedos de extremidades inferiores y fueron rápidos,  ágiles e inteligentes, con un apetito voraz que les dio lugar al apodo de  "Gigante Ladrón." 

Otros megaraptoridos bien conocidos incluyen el Megaraptor, el Orkoraptor,  y el Aerosteon. Restos de algunos miembros de la familia fueron hallados en  Australia y Japón. Los investigadores dijeron que es "uno de los más completos que se  hallaron, con una carcasa del cerebro inusualmente intacta." 

El dinosaurio parece haber sido un ejemplar juvenil, pero puede haber  crecido "más grande y delgado que el Megaraptor y ser comparable en tamaño con  el Aerosteon y el Orkoraptor." 

El anuncio se da luego que el pasado 13 de julio fuera divulgado el  hallazgo en la provincia de Río Negro, en plena Patagonia, de "Gualicho", un  feroz carnívoro, implacable e intimidante, con seis metros de extensión de la  cola a la cabeza. Este ejemplar, un terópodo de manos con dos dedos, abre un  nuevo linaje en su especie.  Fuente; La tercera.


Gualicho shinyae, el nuevo dinosaurio carnívoro de la Patagonia Argentina.

Paleontólogos argentinos presentaron a Gualicho shinyae, un dinosaurio terópodo de seis metros de longitud y unos 90 millones de años de antigüedad, encontrado en Río Negro.

Sebastián Apesteguía, investigador del Conicet y director del Área de Paleontología de la Fundación de Historia Natural Félix de Azara remarcó: “Gualicho representa un linaje de dinosaurios completamente diferente, el primero de un linaje desconocido hasta ahora en el Hemisferio Sur”.

El paleontólogo aseguró que la principal pregunta que se plantea a partir de este descubrimiento son los parentescos, ya que Gualicho posee características anatómicas de dos grupos de distintos. De los abelisáuridos tiene los brazos cortos con dos dedos) y de los carcarodontosáuridos tiene el resto de su cuerpo. El trabajo científico se publicó en el último número de la prestigiosa revista científica Plos One. El hallazgo cobra relevancia internacional dado este dinosaurio no está ligado a los ya conocidos.

Por un lado, exhibe varias semejanzas de la escápula, fémur y fíbula con el terópodo africano Deltadromaeus, de la misma época. No obstante, ambos especímenes difieren en el largo y forma del húmero.

El descubrimiento se produjo el 13 de febrero de 2007, por parte de la jefa de técnicos del Field Museum of Natural History de Chicago, Akiko Shinya. Días después, uno de los dos vehículos que participaban en la campaña volcó, debiendo interrumpir los trabajos de excavación.

Tras algunas vicisitudes, el esqueleto fue colectado por personal del Museo Patagónico de Ciencias Naturales, pero diversas circunstancias impidieron que fuera estudiado hasta ahora.

El nombre Gualicho refiere a las enormes dificultades sorteadas para poder recobrar el esqueleto. Shinyae, por el apellido de la descubridora.

Comparte la forma de la mano, fuertemente reducida y con el tercer dedo apenas como una aguja de hueso, con los famosos tiranosaurios y megarraptores, aunque todos ellos lo habrían adquirido en forma paralela e independiente, no por herencia de un ancestro en común.

Es posible entonces que Gualicho sea parte de los neovenatóridos, un grupo emparentado con los gigantescos carcarodontosáuridos, los mayores dinosaurios carnívoros del hemisferio sur.

Hace 90 millones de años en lo que hoy es la Patagonia vivían los mayores dinosaurios herbívoros del mundo (titanosaurios), los veloces iguanodontes que escapaban de carnívoros de todo tipo, desde pequeños emplumados hasta colosales carcarodontosáuridos, y en el medio terópodos medianos como los abelisáuridos y ahora, Gualicho. Fuente; La Voz y TELAM.


Un pelicano gigante de 50 millones de años en la Antártica.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 148. Mayo de 2016.

Superaba cómodamente los seis metros de extensión con sus alas abiertas. Podía recorrer grandes distancias sobre los mares y cazaba peces durante vuelos rasantes. Sus restos fueron encontrados por paleontólogos argentinos cerca de la base Marambio.

 “Ahora, sabemos que en la Antártida existieron dos grupos de pelagornítidos: uno de ellos estaba compuesto por aves que no superaban los 5 metros de envergadura alar, mientras el otro tenía representantes gigantes que podían alcanzar entre seis y siete metros”, detalló la doctora Carolina Acosta Hopitaleche. Y
anticipó: “En el último verano, encontramos más fósiles que permitirán incrementar el conocimiento que tenemos sobre estas especies”.

Cenizo agregó que “hay evidencias de que, hace 50 millones de años, se inició un período de calentamiento de la temperatura de los océanos, el cual provocó seguramente una gran productividad biológica de los mares antárticos y permitió que los pelagornítidos y los pingüinos tuvieran alimento suficiente para poder desarrollar tamaños tan gigantescos”.

Para sujetar su alimento, los pelagornítidos tenían unos pseudodientes. “

Se trataba de unas expansiones óseas en sus picos, pero no tenían la capacidad de mordida de aquellos pingüinos gigantes con los que convivieron, ya sus huesos del rostro no estaban preparados para tener mucha resistencia; posiblemente, tenían una alimentación parecida a la de un pelícano actual, que se abastece de animales blandos, como calamares o peces”, observó la investigadora Acosta Hospitaleche del MLP y del CONICET.

Estas grandes aves se extinguieron hace unos 3 millones de años y tuvieron una gran influencia en sus ecosistemas, no solo porque eran de gran tamaño, sino porque también habrían sido bastante abundantes. “Es posible que formaran colonias en zonas alejadas de los depredadores, como en pequeñas islas o islotes, de forma similar a lo que acostumbran actualmente los albatros y otras grandes aves marinas; y aun no existían las focas ni los lobos marinos para competir con ellos por el alimento”, describió Cenizo.

El doctor Marcelo Reguero, investigador del MLP y director de las campañas paleontológicas del Instituto Antártico Argentino, valoró:

“Gracias a las expediciones que realizamos todos los años, tenemos una reconstrucción ambiental bastante acertada de cómo eran las formaciones llamadas la Meseta y la Submeseta, ubicadas en cercanía a la base Marambio y que cubren el lapso que abarca desde los 50 millones de años de antigüedad hasta los 35 millones de años aproximadamente”.

“Había allí un ambiente costero, poblado de muchas especies de pingüinos y gaviotas, y muy próxima a esa costa había un ambiente boscoso habitado por comadrejitas, marsupiales del tamaño de un ratón, ungulados ya extintos del tamaño de una oveja y allí también encontramos hace poco al falcónido más antiguo del mundo”, enumeró Reguero a la Agencia CTyS-UNLaM. Y compartió: “En tanto, en los mares, vivían tiburones, ballenas primitivas y muchos invertebrados”.

Consultado sobre qué extensión alar pudo haber tenido el ave gigantesca hallada en la Antártida, Cenizo estimó: “No tenemos su esqueleto completo para poder ser precisos, pero el pelagornítido más grande conocido anteriormente medía 6,40 metros con sus alas abiertas con un cálculo conservador, en tanto que el ejemplar que estudiamos nosotros tiene el húmero un poco más grande y éste es un hueso bastante confiable para determinar el tamaño alar en las aves”. Fuente: Agencia CTyS-UNLaM


Las primeras huellas fosilizadas de un gran tigre dientes de sable.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 148. Mayo de 2016.

El peculiar hallazgo fue realizado en la localidad balnearia de Miramar, Argentina por miembros del Museo local, quienes descubrieron un yacimiento con huellas prehistóricas de 100 mil años de antigüedad. Entre ellas, la de un gran tigre dientes de sable.

El hallazgo de un nuevo yacimiento paleoicnologico fue dado a conocer por el personal del Museo Municipal Punta Hermengo de la ciudad de Miramar, a unos 450 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, sobre la costa atlántica.

El yacimiento paleontológico rico en restos óseos de enormes criaturas prehistóricas que alguna vez habitaron la región pampeana, ahora sorprende al mundo científico al revelar un fabuloso yacimiento paleoicnologico, es decir, un yacimiento con huellas o pisadas de enormes y pequeños animales que habitaron esa zona durante el Pleistoceno tardío, hace unos 100 mil años antes del presente.

El sitio fue bautizado como “punta verde” y se encuentra ubicado dentro del sitio paleontológico mundialmente conocido como “Punta Hermengo”, estudiado desde principios del siglo XX por el mismo sabio Florentino Ameghino y explorado por numerosos científicos durante décadas, principalmente del Museo Argentino de Ciencias Naturales de Buenos Aires y Museo de La Plata, como así también en las ultimas tres décadas por el Museo Municipal de Miramar, dependiente de la Secretaria de Turismo y Cultura de la Municipalidad de General Alvarado.

El hallazgo fue presentado a la comunidad científica, técnicos y aficionados durante las XXX Jornadas Argentinas de Paleontología de Vertebrados en la ciudad de Buenos Aires, que reúne especialistas de todo el mundo, como Brasil, Uruguay, Suiza, Estados Unidos, Bolivia, Paraguay y China. Actualmente el estudio se encuentra en proceso de edición para una importante revista científica europea.

El descubrimiento consiste en el hallazgo de huellas fosilizadas (también conocidas como paleoicnitas) de al menos cuatro especies, aunque no se descartan algunas sorpresas mas, argumento Daniel Boh, coautor de la publicación y director del museo miramarense.

Entre ellas, encontramos huellas de Rheidae, un ave de gran tamaño y corredora, que llegaba a una altura de 1,50 metros. También se recuperaron icnitas de un enorme roedor Hidrochoeridae que podrían llegar hasta 1,30 metros de largo y pesar 65 kg.

También se registraron huellas con tres dedos, compatible con un Macraucheniidae. En estos mismos sedimentos hemos recuperado restos mandibulares de Macrauchenia patagonica, a cuya especie se le atribuye esta huella. Sus dimensiones eran semejantes al de los camellos actuales, pero los orificios nasales y una gran fosa elíptica señala la presencia de una trompa, algo más larga que la del tapir actual, señalo Mariano Magnussen, uno de los autores de la publicación.

El hallazgo mas novedoso corresponde a cuatro huellas pertenecientes a dos individuos de un tigre dientes de sable. Es la primera vez que se encuentran huellas fósiles de esta increíble criatura. El Smilodon superaba el peso y tamaño que el león actual; sin embargo, sus proporciones corporales diferían de las de cualquier félido moderno. Las extremidades posteriores del Smilodon populator eran más cortas y robustas, su cuello proporcionalmente más largo, y el lomo más corto. La extraordinaria peligrosidad de este félido se debía al gran desarrollo de la parte anterior de su cuerpo y al tamaño asombroso de sus caninos superiores, que llegaban a sobresalir más de quince centímetros.

Los autores llegaron a la conclusión de que se trata de las huellas de un Smilodon populator al cual bautizaron como “Smilodonichnum”, luego de la comparación con otras huellas de especies fósiles y vivientes de la familia Felidae, datos biométricos entre otras. La huella de la pata anterior tiene un ancho de de 19,2 cm y un largo de 18 cm, señalaron las fuentes.

Las observaciones geológicas para poder interpretar en que circunstancias un grupo de animales dejaron sus huellas y como estas se preservaron en ese ambiente, estuvo a cargo del Dr. Cristian Favier Dubois de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires. El investigador pudo determinar que las huellas de aves y mamíferos aquí recuperados fueron creadas en sedimentos que pertenecían a las orillas de un antiguo pantano o de áreas inundadas, de poca y pobre profundidad, alimentado por un arroyo.

Las huellas fueron descubiertas en pleno sector turístico costero de Miramar, por lo cual motivo la recuperación de las mismas, debido a que corrían peligro por la depredación y la erosión. El material será debidamente registrado para complementar la Ley 25.743 y la ordenanza municipal 248/88 que reglamentan el patrimonio paleontológico nacional y municipal.

En las tareas de campo, se contó con la colaboración de Francisco De Cianni y al Lic. Pablo Reggio de la APN por su aporte sobre la observación de los rastros actuales de P. onca. Mas info www.museodemiramar.com.ar


Sarmientosaurus, un nuevo titanosaurio en la Patagonia Argentina.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 147. Mayo de 2016.

Paleontólogos hallan un cráneo completo y fósiles del cuello de un Sarmientosaurus musacchioi, un tipo de sauropodo que pudo haber sido el gran herbívoros más comunes en las masas de tierra del hemisferio sur durante el Cretácico

Paleontólogos argentinos han descubierto Sarmientosaurus musacchioi, una nueva especie de dinosaurio titanosauriano, a partir de un cráneo completo y fósiles del cuello hallados en Patagonia.

Los titanosaurios, un tipo de sauropodo, variaron en tamaño y peso entre una vaca y un cachalote. Estos herbívoros tenían el cuello y la cola largos y pueden haber sido los grandes herbívoros más comunes en las masas de tierra del hemisferio sur durante el Cretácico. A pesar de su abundancia, los cráneos de estos animales, fundamental útiles para descifrar ciertos aspectos de su biología, son extremadamente raros. De los más de 60 titanosaurios con nombre, sólo cuatro están representados por cráneos casi completos o semi-completos.

Utilizando imágenes de tomografía computarizada (TC), los autores de este estudio examinaron estrechamente este cráneo y huesos del cuello fósiles en buen estado de conservación anatómica de Sarmientosaurus.

Los investigadores encontraron que el cerebro de Sarmientosaurus era pequeño en relación con su enorme cuerpo, típico de los saurópodos. Sin embargo, también encontraron evidencia de mayores capacidades sensoriales que la mayoría de otros saurópodos. Ellos sugieren que Sarmientosaurus tenía grandes ojos y una buena visión, y que el oído interno puede haber estado capacitado para escuchar sonidos de baja frecuencia en el aire en comparación con otros titanosaurios. Por otra parte, el órgano del equilibrio del oído interno indica que este dinosaurio pudo haber tenido habitualmente su cabeza con el hocico hacia abajo, posiblemente para alimentarse principalmente en plantas de bajo crecimiento.

"Descubrimientos como Sarmientosaurus ocurren una vez en la vida", dice el líder del estudio Rubén Martínez, del Laboratorio de Paleovertebrados de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB). "Es por eso que hemos estudiado los fósiles tan a fondo, para aprender tanto como podamos sobre estos increíbles animales"

Sarmientosaurus musacchioi es el nombre de la localidad de Sarmiento en la provincia de Chubut, que está cerca del sitio del descubrimiento. El nombre de la especie también hace honor al difunto Eduardo Musacchio, paleontólogo y profesor de la UNPSJB. Fuente; EUROPA PRESS


Llanosuchus tamaensis, un nuevo cocodrilo herbívoro en Cretácico de Argentina.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 147. Mayo de 2016.

Unos científicos hallaron en Argentina una nueva especie extinta de cocodrilo. Este animal vivió hace 80 millones de años, era pequeño y no comía carne. En lo que constituye una notoria diferencia con los cocodrilos actuales, el Llanosuchus tamaensis, o cocodrilo de los llanos, en referencia a las planicies semiáridas del noroeste de Argentina, tenía hábitos omnívoros y herbívoros.

Esto es lo que muestra el formato de sus dientes fosilizados. La descripción del ejemplar, publicada en Cretaceous Research, fue un trabajo encabezado por el paleontólogo Lucas Fiorelli, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina, junto a otros investigadores.

El estudio de la sedimentología de los depósitos en dónde se halló el fósil, para la definición del ambiente en que vivió el cocodrilo, estuvo a cargo del geólogo Giorgio Basilici, del Instituto de Geociencias de la Universidad de Campinas (Unicamp), en Brasil, en el marco de una investigación que contó con el apoyo de la FAPESP.

Los cocodrilos, los yacarés y los gaviales constituyen el retrato descolorido de un pasado glorioso. Si bien los cocodrilianos se encuentran actualmente confinados a las orillas de los ríos y pantanos de todo el mundo (existe una sola especie marina en Australia), no siempre fue así. En los períodos Jurásico y Cretácico, y durante casi 100 millones de años, el superorden de los cocodrilomorfos convivió y compitió por alimentos en tierra con los dinosaurios, y en los mares con los mosasaurios y los pliosaurios.

Entre las centenas de especies extintas cuyos fósiles ya se han identificado, saltan a la vista los notosúquidos, una rama que evolucionó en el antiguo supercontinente Gondwana, que unía América del Sur con África, la India, Australia y Antártica.

Los notosúquidos, o cocodrilos del Sur, eran exclusivamente terrestres. Poseían largas patas, permanecían de pie sobre sus cuatro extremidades y se desplazaban más bien a semejanza de los cuadrúpedos que a la de sus primos reptantes.

La especie estaba dividida en dos grupos, explica el paleontólogo Lucas Fiorelli. Uno de ellos estaba compuesto por fieras cazadoras. “Los animales de este grupo eran mucho más grandes y totalmente carnívoros”, los describe el científico. El mayor ejemplo en términos de tamaño, y también el mejor ejemplo en lo atinente a la voracidad, es el Baurusuchus, con sus tres metros y un peso de 400 kilos, que vivía en la región de Bauru, en São Paulo, Brasil, hace 90 millones de años.

Junto a los grandes dinosaurios carnívoros, el Baurusuchus era el predador máximo de la cuenca de Bauru, un bioma con ríos y lagos, pero cálido y seco, que se extendió por todo el sudeste brasileño durante el Cretácico superior, hace entre 90 y 80 millones de años.

Un segundo grupo de notosúquidos está considerado como más avanzado, pues poseía hábitos alimentarios diferenciados. “Es una pregunta complicada saber por qué un grupo carnívoro se convirtió en herbívoro,” argumenta Fiorelli. No se conocen las razones que llevaron a este cambio de dieta. Pero lo cierto es que un ancestro común al grupo abandonó la voracidad carnívora característica de los cocodrilianos para sobrevivir a base de una dieta omnívora o parcialmente herbívora. Sus descendientes se propagaron por el centro y el sur de América del Sur, de Bolivia a Argentina, evolucionando en una docena de especies ya identificadas. El Llanosuchus tamaensis hallado en Argentina es tan sólo el ejemplo más reciente.

La mayor diversidad de notosúquidos avanzados se encuentra en el estado de São Paulo, donde se han hallado siete especies que adoptaron una dieta omnívora o parcialmente herbívora. Eran éstos el Caipirasuchus paulistanus, el C. Montealtensis y el Morrinhosuchus, todos hallados en Monte Alto, el Adamantinasuchus, de Adamantina, el Caryonosuchus, de Presidente Prudente, y el Mariliasuchus, de Marília.

El séptimo miembro de este grupo es el Armadillosuchus, de General Salgado. Además de la dentición diferenciada de los omnívoros, éste poseía una belleza extravagante: una coraza ósea le recubría totalmente el cuerpo, a imagen de los armadillos actuales, de allí su nombre.

 Los notosúquidos avanzados tenían otras dos características en común, además de la dentición. Ninguno era grande. Eran animales de un porte mediano –de hasta dos metros en el caso del Armadillosuchus– a pequeño, como el Llanosuchus, que no pasaba de los 80 centímetros, la mitad del tamaño de un lagarto overo o de una iguana.

Los cocodrilos del Sur estaban bien adaptados al clima árido y semiárido del final del Cretácico. No se sabe si eso contribuyó para que hayan logrado sobrevivir a la gran extinción que le puso fin al linaje de los grandes dinosaurios (con excepción de las aves), hace 65 millones de años. Así y todo, los notosúquidos no lograron llegar hasta nuestros días. “La última especie conocida desapareció en el Mioceno”, dice Fiorelli. Eso fue hace alrededor de 15 millones de años. Fue el final del noble linaje de los cocodrilos terrestres de Gondwana. (Fuente: Agência FAPESP/DICYT)


Hallan restos fósiles del perezoso prehistórico más grande del mundo.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 144. Marzo de 2016.

El Museo Municipal Punta Hermengo de la ciudad de Miramar (provincia de Buenos Aires, Argentina) dio a conocer el hallazgo y recuperación de un enorme fémur de un perezoso gigante ya extinto, y el mamífero prehistórico terrestre mas grande que habito en América del Sur.

Entre las localidades de Mar del Sud y Centinela del Mar (cerca de Miramar) es rica en fósiles del Cuaternario, especialmente mamíferos de gran tamaño que habitaron estas llanuras hace unos 500.000 años.

Recientemente y gracias al aviso de un vecino marplatense, Daniel Tassara, que realizaba un paseo por  allí, el personal y voluntarios del Museo Municipal “Punta Hermengo” de la ciudad de Miramar, pudieron recuperar un inmenso fémur de 90 cm de largo por 35 cm de ancho, además de un fragmento de cráneo, correspondientes a un Megaterio (Megatherium americanum), el más grande de los antiguos perezosos  y posiblemente el más grande de los mamíferos que habitó  América del Sur.

Los perezosos gigantes eran originarios de este continente y se diversificaron en diversos ambientes, alcanzando en algunos casos tamaños gigantescos como en el caso del Megaterio que pesaría de 3 a 4 toneladas y alcanzaba los 6 metros de largo. Otra particularidad es que se pudo comprobar que estos animales se podían desplazar en dos patas, tal como lo demuestran las huellas halladas.

<<<Ilustración de Daniel Boh.

También tenían grandes garras, que se cree usaba para desgajar las ramas de los árboles de esos tiempos como los Talas o Algarrobos, para así poder comer de sus hojas. Esto último se puede suponer debido a la forma de su paladar, que es estrecho y sugiere que era muy selecto para elegir su alimento, compuesto de frutos y hojas de los árboles, aunque no se descarta que se alimentara de vegetales más duros como los pastos.

Se extinguieron a principios del Holoceno, hace unos 10.000 a 8.000 años, posiblemente por cambios en su hábitat, aunque los científicos postulan también, que los primeros seres humanos en la región los cazaban regularmente, acelerando su extinción.

La tarea fue realizada por Daniel Boh, Director del citado Museo, el técnico Mariano Magnussen Saffer y por los voluntarios Francisco De Cianni y Francisco Elguero Suárez. Durante el trabajo de campo también se pudo ubicar otros fósiles que serán desenterrados en otra oportunidad y que demuestran la riqueza natural de nuestro distrito.

El Museo de Miramar había presentado hace algo mas de un año el cráneo de otro individuo de Megaterio, hallado en las inmediaciones del Bosque del Vivero Dunicola Florentino Ameghino, restos aislados de otros ejemplares y parte del cráneo y mandíbulas de un ejemplar juvenil de esta especie, lo que convierte a esta región como una de las principales en el mundo en restos fósiles del Cuaternario (Últimos 2,5 millones de años).

<<<Imagen de archivo.

El enorme fósil recuperado ya se encuentra en la sala de paleontología del museo miramarense y será catalogado a fin de ponerlo a disposición de cualquier científico que desee estudiarlo, ya que el patrimonio paleontológico de Argentina se encuentra protegido por la ley 25.473, y localmente la ordenanza municipal 248/88 habilita solo al museo municipal proceder ante estos hallazgos.

Para conocer mas sobre las criaturas prehistóricas de esta región, los invitamos a visitar el sitio www.museodemiramar.com.ar


Un cráneo de Ceratophrys podría cambiar algunos aspectos de su origen.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 144. Marzo de 2016.

Se trata del cráneo de un escuerzo perteneciente a una especie que se creía extinguida desde hacía más de dos millones de años. Fue hallado en sedimentos de reciente formación.

En ciertas ocasiones, la voracidad de estos animales los mete en problemas, ya que suelen atacar presas de gran tamaño que no llegan a tragar.

Cazan y se alimentan de un espectro muy variado de animales: pequeñas aves, roedores, anfibios e, incluso, llegan a devorarse entre ellos. Su boca, exageradamente ancha, está provista de decenas de dientes agudos y algo curvados hacia adentro. Son corpulentos, de aspecto repulsivo y cuerpo redondeado y rugoso. Tienen ojos muy saltones, cabeza desmesuradamente grande y las hembras son algo más corpulentas que los machos.

Así son estos animales a los que conocemos como escuerzos, cuyo nombre científico es Ceratophrys, que en latín significa “cejas con cuernos”, en alusión a las marcadas protuberancias que posee arriba de sus ojos.

En los últimos días, el Dr. Julio Simonini, integrante del Museo Paleontológico de San Pedro, descubrió el cráneo fosilizado de un ejemplar de Ceratophrys en sedimentos que, según las primeras apreciaciones, se habrían depositado a finales del Pleistoceno y comienzo del Holoceno, estimándose una antigüedad que rondaría los 10.000 años.

<<<Imagen de archivo.

Se logró salvar de la erosión a la mitad posterior del cráneo, la cual incluye parte de las orbitas de los ojos, una sección de la cúpula craneana, la base del cráneo y el maxilar superior con su dentición bastante completa.

El ejemplar hallado en San Pedro, se encontró asociado a restos de otros animales que conformaban la fauna local durante la etapa de transición entre el Pleistoceno y el Holoceno.

Junto al escuerzo se lograron identificar fragmentos de Reithrodon (comúnmente conocido como “rata conejo”, roedor que ya no habita la zona de San Pedro), Tolypeutes (pequeño armadillo al que actualmente se denomina “quirquincho bola”, por la capacidad de enrollar su cuerpo ante un peligro) y Microcavia australis (un cuis de orejas redondas que en el presente habita regiones de clima más seco que el de la provincia de Buenos Aires.

José Luis Aguilar, fundador del equipo que conduce el Museo, señala que “esta asociación de fauna revela características ambientales diferentes a las actuales, señalando la presencia de espacios abiertos y menores índices de humedad”.

En la clasificación taxonómica de los restos del anfibio recuperado por el Museo Paleontológico de San Pedro, está colaborando Federico Agnolin, biólogo del Laboratorio de Anatomía Comparada del Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia".

Agnolin, está tratando de determinar si se trata de la especie Ceratophrys ameghinorum, un escuerzo al que, según los registros existentes, se creía extinguido desde hacía más de 2 millones de años, durante el Plioceno.

Al respecto, Aguilar agrega que “si las tareas de comparación con otros ejemplares confirman la idea que se tiene del fósil hallado, éste demostraría que la especie vivió más de 2 millones de años más de lo que se creía, por lo que Ceratophrys ameghinorum habría logrado sobrevivir hasta finales del Pleistoceno o, quizá, hasta principios del Holoceno.”  Fuente; J.L.A.


Un yacimiento extraordinario del Jurásico en la provincia de Santa Cruz.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 143. Marzo de 2016.

Se puede convertir en uno de los yacimientos más importantes del mundo. Semejante al inicio de la saga de Jurassic Park, se han encontrado insectos dentro de rocas, pero también plantas, gusanos, hongos y hasta bacterias en un sorprendente estado de conservación

Se trata de una ventana única y extensa a los tiempos jurásicos, compuesta por 23 áreas distribuidas por el centro y norte de la provincia de Santa Cruz y que, en total, abarcan una superficie de 60 mil kilómetros cuadrados. Cada roca estudiada, presenta un nuevo hallazgo; por ejemplo, el ojo compuesto de una mosca de 150 millones de años; plantas preservadas tridimensionalmente…

El doctor Juan García Massini, investigador del Centro Regional de Investigaciones Científicas y Transferencia Tecnológica (CRILAR-CONICET) y autor principal del estudio que presenta algunos de los descubrimientos realizados, aseguró a la Agencia CTyS-UNLaM que “no existe otro lugar en el mundo que contenga la cantidad y la diversidad de fósiles del Jurásico como tenemos en este lugar”.

Si bien es un sitio que recién se está comenzando a estudiar, Massini no duda en compararlo con uno de los yacimientos más famosos del mundo, conocido como el Rhynie Chert: “El Rhynie Chert -ubicado en Escocia- fue descubierto hace más de 100 años y aun continúa siendo investigado activamente y brindando grandes hallazgos, pero el yacimiento que descubrimos en Santa Cruz tiene una potencialidad aun mayor”.

“Este nuevo sitio en Santa Cruz también será estudiado por decenas de años, por investigadores que vendrán después de nosotros y especialistas de todo el mundo estarán atentos a lo que se pueda descubrir acá”, aseveró Massini. Para el investigador del CRILAR, este yacimiento incrementa de manera notoria las riquezas paleontológicas que ya se conocían de Argentina.

“El sitio de Escocia es súper importante y fue descubierto mientras se cavaban unos pozos allá por 1910”, detalló Massini. Y agregó: “La ventaja que tenemos en Santa Cruz es que los fósiles están en la superficie, porque la erosión ha expuesto a las rocas recientemente, y se puede ver el paisaje tal cual era en el Jurásico: cómo se distribuían las aguas termales, las lagunas, los arroyos, cómo se distribuían también las plantas y demás componentes del ecosistema, hasta los microorganismos”.

Mientras que el Rhynie Chert contiene rocas de entre 380 y 350 millones de años de antigüedad (antes de que surgieran los dinosaurios), el nuevo sitio de Santa Cruz muestra cómo fue la vida entre los 160 y 140 millones de años de antigüedad aproximadamente. Por ello, el nuevo sitio aportará información y un nivel de detalle que, hasta ahora, no se tenía del Jurásico.


Un estudio de ADN descarta a la familia Glyptodontidae y los reclasifica como familia Chlamyaphoridae.

 Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 143. Marzo de 2016.

Los miembros de este grupo fueron tradicionalmente situados en una familia propia, Glyptodontidae, la cual se suponía había divergido tempranamente del linaje de los armadillos, la familia Dasypodidae. En febrero de 2016, se publicó un análisis del ADN mitocondrial del gliptodonte Doedicurus en el cual se determinó que, en realidad, este se situaba junto con los armadillos modernos como el taxón hermano de un clado consistente de las subfamilias Chlamyphorinae y Tolypeutinae.

Por esta razón los gliptodóntidos y todos los armadillos modernos fueron reclasificados en la familia Chlamyaphoridae, excepto por los miembros del género Dasypus que continúan como parte de Dasypodidae.

Hace miles de años vivían en Suramérica unos grandes mamíferos llamados gliptodontes que podían llegar a pesar más de una tonelada. Su caparazón óseo redondeado y su cola con púas recordaban a los armadillos gigantes actuales.

Un nuevo estudio, publicado ahora en Current Biology, demuestra que en realidad estos mamíferos acorazados eran parientes de los armadillos, según revela el análisis de ADN antiguo.

El equipo internacional de científicos, liderado por la Universidad de Montpellier (Francia), ha reconstruido el árbol genealógico de estos mamíferos basándose en su genoma mitocondrial, a partir de pequeños fragmentos de ADN extraídos del caparazón óseo fósil.

Los resultados confirman que los gliptodontes representaron un antiguo linaje de los armadillos gigantes que se originó hace unos 35 millones de años.

“Los gliptodontes deberían considerarse como una subfamilia de los armadillos gigantes”, dice Frédéric Delsuc de la universidad francesa. “La actual estructura de su caparazón inarticulado podría haber evolucionado como respuesta a la limitación funcional impuesta por el aumento de tamaño que estos animales experimentaron a lo largo del tiempo”, añade el investigador.

Chlamyphoridae es una familia de mamíferos cingulados, comúnmente conocidos como armadillos. Desde hacía un tiempo ha habido cierta especulación respecto a que la familia en la que se agrupan tradicionalmente los armadillos modernos, Dasypodidae podría ser parafilética basándose en la evidencia morfológica, mientras que los extintos gliptodóntidos eran considerados como cingulados basales, alejados de las formas modernas. Fuente; SINC y Wikipedia.


Hallan dos ejemplares de distinta especie de Gliptodontes juntos.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 142. Marzo de 2016.

Personal del Museo Municipal de la ciudad balnearia de Miramar, recupero un verdadero “sándwich de gliptodontes” y con una antigüedad de casi 2 millones de años.

Guardavidas de la zona norte de Miramar dieron aviso al personal del Museo Municipal “Punta Hermengo” de la ciudad bonaerense de la posible presencia de restos óseos en un barranco próximo al campo de golf.

El trabajo se realizó a una altura de más de seis metros, por medio de una escalera cedida para tal fin por los bomberos del bosque del Vivero Dunicola, y la extracción fue bastante dificultosa debido a la fragilidad de los fósiles y la incomodidad del lugar pero, finalmente se pudo extraer un cráneo casi completo y varios fragmentos de coraza de lo que parecía “un” Gliptodonte, comento Mariano Magnussen Saffer, técnico del Museo miramarense y quien participo en la extracción del fósil.

El hallazgo fue notificado por Juan Bermejo y Bernabé Abate, quienes forman parte de un grupo de guardavidas en las inmediaciones donde se recupero el fósil, cuya antigüedad de los restos se estima entre 2 y 1 millón de años antes del presente.

Ya en el museo se procedió a su limpieza y ante algunas características particulares se acudió al paleontólogo Alfredo Zurita, del Centro de Ecología Aplicada del Litoral, y especialista de estos enormes armadillos ya extintos, el cual indicó que, “aunque parezca extraño se podría tratar de dos animales de diferente especie que, seguramente murieron muy cerca y sus restos se mezclaron con el correr del tiempo, pudiéndose tratar tentativamente de un cráneo de Eleutherocercus y coraza de Plohophorus”.

Lo raro de este material, es que se trata de un cráneo de una especie de Gliptodonte depositado naturalmente en el medio de dos grandes fragmentos de caparazón de otra especie de Gliptodonte contemporaneo, lo que se puede considerar simpáticamente un “sándwich de gliptodontes”.

Este hecho poco frecuente y con algunos antecedentes en observación, llevo al mismo sabio argentino Florentino Ameghino a fines del siglo XIX, haya cometido el error en la clasificación de una nueva especie con restos mezclados, provocando dudas durante décadas, debido a que su autoridad era indiscutible.

De esta manera la ciencia va corrigiendo los temas controvertidos, según van apareciendo nuevas evidencias sobre la extraña fauna prehistórica de la región, siendo nuestra localidad una de las más importantes en lo que se refiere a hallazgos de interés científico, argumento Daniel Boh, titular del Museo Punta Hermengo.

Los Gliptodontes, es tal vez la familia extinguida mas popular de todos los mamíferos fósiles, cuyo nombre significa "diente tallado" (alude a la compleja forma de sus dientes). La característica principal de este grupo es su coraza, la cual no poseía bandas móviles como los armadillos actuales, lo que limitaba sus movimientos, formadas por placas óseas circulares e irregulares que embonaban como un mosaico.

Patas cortas y robustas. Su origen se remonta al Eoceno, hace 45 millones de años, pero recién al final del Plioceno y durante todo el Pleistoceno (época del hallazgo de Miramar) tuvieron una gran diversidad, formas y tamaños. Al parecer no se alimentaban de hormigas como sus parientes modernos, sino de pastos y otras plantas duras. El tamaño de la especie mas grande conocida era de unos 4,5 metros de largo y 1,9 de alto y mas de 1,5 toneladas de peso.

A pesar de unas 65 especies conocidas durante el cenozoico de América del Sur, los gliptodontes se extinguieron entre 10 y 8 mil años, época en que los primeros grupos humanos llegaron a la región. Mas info en www.museodemiamar.com.ar  


Antarctoboenus, el nuevo halcón del Eoceno de la Antártica.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 142. Marzo de 2016.

En una investigación recientemente publicada por la revista alemana “Journal of Ornithology”, los investigadores Marcos Cenizo (Museo de Historia Natural de La Pampa - Fundación Azara), Jorge Noriega (CICYTTP - CONICET - UADER) y Marcelo Reguero (Instituto Antártico Argentino) dieron a conocer un falcónido ancestral que vivió hace 50 millones de años atrás en lo que hoy es la isla Marambio.

El nuevo “protofalcónido” -al que los autores denominaron, Antarctoboenus carlinii- representa el miembro más antiguo de este linaje de rapaces, duplicando en edad a los restos de mayor antigüedad que se conocían hasta el momento.

Este descubrimiento confirma que los falcónidos se originaron en algún lugar del hemisferio sur entre América del Sur y la Península Antártica, algo que ya anticipaban los estudios evolutivos basados en datos genéticos obtenidos de las especies vivientes.

La edad del Antarctoboenus carlinii ofrece un nuevo punto de calibración a los relojes moleculares que permiten inferir los momentos del tiempo geológico en que los principales linajes de aves divergieron unos de otros.

El nombre genérico del nuevo espécimen significa “caminante antártico” y fue nominando en honor al querido y siempre recordado Dr. Alejandro Carlini, líder por casi 25 años del Programa de Mamíferos Marinos del Instituto Antártico Argentino y uno de los investigadores argentinos más destacados en el conocimiento de los ecosistemas antárticos. Fuente Fundación Azara.


Paleoneurología de uno de los dinosaurios carnívoros más grandes del planeta.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 141. Marzo de 2016.

Por: Ariana Paulina-Carabajal y Ari Iglesias. Paleontólogos del INIBIOMA (CONICET-UNCOMA). Fuente; ANB. Algunas imágenes fueron agregadas ilustrativamente. Aquí fragmento de la noticia.

Neurología aplicada a la paleontología. Una herramienta para conocer las características del Giganotosaurus.

Giganotosaurus era un dinosaurio bípedo y carnívoro (Terópodo) que vivió hace aproximadamente unos 100 millones de años durante el período Cretácico, en lo que hoy es la Provincia de Neuquén. Su considerable tamaño (unos 13 m de largo) le ganó un puesto entre los dinosaurios carnívoros más grandes del mundo junto con Tyrannosaurus rex (del Hemisferio Norte), siendo superado en tamaño solo por Spinosaurus (conocido también por la película Jurassic Park).

Afortunadamente el cráneo de Giganotosaurus se encontró casi completo, incluyendo el neurocráneo (o caja craneana), que es donde estaba alojado el “cerebro” y los órganos de los sentidos. Cuando el animal muere, las partes blandas como el cerebro y los nervios, se degradan rápidamente, dejando la cavidad endocraneana vacía, la cual refleja con bastante fidelidad la morfología original que tenían esas partes blandas. La rama de la paleontología que estudia el cerebro y el sistema nervioso de animales fósiles se denomina “paleoneurología”.

El primer estudio de esta índole en un dinosaurio carnívoro de Argentina fue el de Giganotosaurus, que se estudió primero en base a un molde endocranenao de látex, y más recientemente a partir de un molde digital, basado en tomografías computadas.

Interpretar capacidades sensoriales de un animal extinto a partir de un molde que muestra solo la forma externa del cerebro no es fácil, y la información obtenida a veces es tan poca que puede ser frustrante. Sin embargo, los estudios paleoneurológicos nos llevan a pensar más allá del esqueleto estático de un dinosaurio.

En el caso de Giganotosaurus, cuando hablamos de las capacidades sensoriales y partes blandas que no han sido preservadas, dejamos de ver simples huesos expuestos en un museo, y comenzamos de a poco a visualizar un animal vivo; un animal que respiraba, que todos los días debía buscar alimento (confiado mucho tal vez en su poder olfatorio), que probablemente se movía junto a otros dinosaurios de su misma especie, compitiendo con otras especies por el alimento y por el territorio. Cómo lo hacía exactamente, qué sonidos producía y qué sonidos podía escuchar, así también cómo capturaba sus presas, son cosas que aún están más dentro del campo de la imaginación y del arte de las películas.

Pero sin duda alguna habría sido un animal imponente, con su gran tamaño corporal, su gigante boca repleta de grandes dientes y su relativamente pequeño cerebro. Uno de los más grandes y terribles dinosaurios carnívoros de la historia. Fuente; ANB.


Notocolossus gonzalezparejasi, un nuevo dinosaurio gigante en Mendoza.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 141. Marzo de 2016. 

Fue hallado en Malargüe por un equipo a cargo del geólogo mendocino Bernardo González Riga. Se trata de un reptil de 38 metros de longitud.

Mendoza vuelve a ser el foco de la atención para la comunidad científica: un grupo de paleontólogos argentinos encontraron en Malargüe los restos del dinosaurio terrestre más grande del mundo.

Un reptil cuya longitud de 37,2 metros equivale a una tercera parte de una cancha de fútbol. Su peso se estima en 48 toneladas, igual que el de la ballena más grande y fue descubierto en rocas de fines del Período Cretácico, cuya antigüedad se estima en 86 millones años.

Este asombroso descubrimiento adquiere un valor agregado para nuestra provincia ya que el encargado de dirigir la excavación fue el reconocido geólogo mendocino Bernardo J. González Riga, de la Universidad Nacional de Cuyo.

González Riga es Geólogo con orientación en paleontología y desde hace muchos años dedica su vida a investigar sobre dinosaurios en Mendoza.

Un artículo sobre Notocolossus fue publicado hoy en 'Scientific Reports', una revista de libre acceso de los editores de Nature, en el cual describen: los restos pertenecen a un dinosaurio todavía desconocido, que habitó hace unos 100 millones de años, 10 millones de años antes que otros representantes del tipo Titanosaurus.

El dinosaurio primeramente fue catalogado entre los 'Notocolossus gonzalezparejasi', unos dinosaurios que habitaron el territorio de la Patagonia durante el periodo cretáceo, unos 86 millones de años atrás.

Tenían un cuello muy largo que les permitía encontrar comida sobre la tierra y entre las cimas de árboles, mientras que una cola de longitud semejante los protegía de los enemigos. Sin embargo, los científicos creen que su hallazgo pertenece a otro tipo de dinosaurios, porque vivió mucho antes.

Ese descubrimiento es de gran importancia, porque aclara cómo esas criaturas gigantescas se movían por la tierra. Sus enormes vértebras, de unos 15 centímetros en el corte transversal, estaban llenas de aire. Así que los huesos eran fuertes pero ligeros, lo que permitía a los dinosaurios moverse con seguridad.

“Los titanosaurios gigantes fueron las criaturas terrestres más pesadas que han existido. Las extremidades traseras de estos dinosaurios, fundamentales para conocer su tipo de locomoción y modo de soportar el peso, no eran completamente conocidas. Ahora tenemos nuevas evidencias que ayudan a resolver parte de este misterio”, aseguró el doctor González Riga

Los titanosaurios son un grupo numeroso y ciertamente enigmático. Son saurópodos, es decir enormes herbívoros con largo cuello y cola. Representan lo que mucha gente piensa cuando oye la palabra “dinosaurio”.

Comprenden más de 60 especies y vivían en todos los continentes. Su peso variaba entre el de una vaca hasta el de una ballena jorobada.

La evidencia sugiere que Notocolossus fue uno de los animales más pesados que haya sido descubierto en la Tierra. Aunque el carácter incompleto de su esqueleto impide realizar estimaciones precisas de su tamaño, su húmero (hueso del brazo), tiene 1,76 m de longitud, siendo más largo que el de cualquier otro titanosaurios conocido.

Otros miembros del equipo de investigación son el paleontólogo norteamericano Dr. Matt Lamanna del Museo Carnegie de Historia Natural de Pittsburgh, Estados Unidos, y otros tres paleontólogos argentinos: Leonardo Ortiz David y Juan Coria del CONICET-IANIGLA y el Laboratorio de Dinosaurios de la UNCUYO, y el Dr. Jorge Calvo del Centro Paleontológico Lago Barreales de la Universidad Nacional del Comahue, en la provincia de Neuquén. Prensa.


Hallaron el caparazón de un gliptodonte en Carlos Spegazzini.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 140. Enero de 2016. 

En un primer momento, los vecinos lo habían confundido al fósil con una piedra, luego, creyeron que se trataba de un huevo como salio en un importante medio de noticias por cable, finalmente, sería parte de una coraza de un mamífero extinguido hace 10.000 años.

En la ciudad de Carlos Spegazzini, partido de Ezeiza, una familia se llevó una gran sorpresa: hallaron un caparazón gigante que podría ser de un gliptodonte. Primero creyeron que se trataba de "una piedra" o "una cubierta de vehículo" al lado de un arroyo. Luego, creyeron que se trataba de un huevo. Finalmente, sería parte de una coraza de un mamífero extinguido hace 10.000 años.

"Sería el caparazón de un gliptodonte – del griego "diente ‘ranurado’", contó la paleontóloga Laura Cruz, consultada por el canal de noticias TN sobre el descubrimiento de la coraza, que correspondería al gliptodonte, un mamífero de dos metros de largo y 1,4 toneladas de peso, nativo de América del Sur y extinguido en el período Cuaternario, que coincidió con la llegada del Homo Sapiens al continente.

"Al principio pensé que era una piedra o una cubierta de un vehículo", relató José, vecino responsable del hallazgo y el primero en ver lo que sería el caparazón del animal, antecesor de los actuales armadillos. El presunto “huevo de dinosaurio" apareció tras el dragado del río, realizado en pos de evitar inundaciones.

“Lo prudente sería que no se toque más el caparazón. Y ahora habría que analizar si vale realizar excavaciones en la zona", sostuvo la especialista. Y agregó: "Es común encontrarlos en la Argentina y Brasil". Ahora, autoridades de la provincia se trasladan hacia el lugar para estudiar los fósiles y analizar si hay otros restos en la zona. Fuente: La Razón.


Enorme plesiosaurio nadó una vez alrededor de la antigua Patagonia.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 140. Enero de 2016. 

Vértebras grandes como pomelos y robustos huesos de las costillas salen a la luz en trozos irregulares de piedra arenisca cuando el paleontólogo Fernando Novas utiliza un martillo y un cincel para limpiar lo que puede ser uno de los esqueletos más grandes y completos de un reptil marino de cuello largo llamado plesiosaurio.

La enorme criatura hubiera nadado, hace unos 65 millones de años, usando grandes aletas en las aguas que abarcan lo que hoy es la Patagonia, han encontrado Novas y sus colegas.

Los paleontólogos todavía están eliminando cuidadosamente la dura piedra arenisca que rodea el esqueleto del plesiosaurio, pero esperan que el reptil marino recién descubierto será un género y especie previamente desconocida dijo Novas, el líder del proyecto, paleontólogo del Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia en Buenos Aires, Argentina.

Las cuatro aletas del plesiosaurio miden cada una más de 4 pies (130 centímetros) de largo y todo su cuerpo tenía cuando estaba vivo una longitud de unos 23 pies (7 metros). "La cola está emergiendo muy bien", dijo Novas, señalando su progreso. A pesar de que los huesos todavía están encerrados en la piedra, el hallazgo es del plesiosaurio más completo y articulado de la historia (es decir, los huesos no se dispersan, sino que se asientan en la posición correcta), dijo Novas.

El plesiosaurio vivió durante el Cretácico Superior, "30 minutos antes de la caída del asteroide", dijo en tono de broma. Estaba enterrado en arenisca de decenas de millones de años, hasta que Novas descubrió una punta, lo que llevó a él y a sus colegas a excavar la criatura en 2009.

Todo comenzó cuando el paleontólogo de la Universidad de Rowan, Kenneth Lacovara, que pasó años excavando en la Patagonia al Dreadnoughtus, el dinosaurio supermasivo más completo conocido por los científicos, se enteró de que había fósiles cerca de la orilla del Lago Argentino, en la provincia patagónica de Santa Cruz. Lacovara visitó los fósiles, pero no tenía tiempo para dirigir una excavación. En cambio Lacovara informó a Novas más tarde, animando a su amigo a excavar los huesos.

Por casualidad guías de turismo en El Califato, una ciudad junto al Lago Argentino, habían invitado a Novas para hablar con ellos acerca de la geología y la paleontología. Voló desde Buenos Aires a El Califato, y después de la lección les preguntó acerca de los fósiles en el lago.

Al día siguiente, fueron a la orilla del lago. Eran visibles bajo el agua parte de una sola aleta y una sección de la cola. Novas llamó a su colega en el museo el paleontólogo Marcelo Isasi, quien se comprometió a ayudar a excavar los fósiles, aunque tuviera que usar un traje de buceo. Después de conseguir el permiso del propietario, Gerardo Povazsán, un pequeño grupo de paleontólogos se puso a trabajar excavando el esqueleto en octubre de 2009.

Los investigadores hicieron una fortaleza alrededor del esqueleto colocando un perímetro circular de bolsas de arena alrededor de la criatura y luego bombeando el agua. Todo el tiempo las olas golpeando inundaban el recinto, pero los científicos utilizaron baldes y una bomba para drenar innumerables veces, dijo Novas.

Era sólo cuestión de suerte que nadie se electrocutase mientras utilizaban el martillo eléctrico para quitar la roca que contenía los fósiles de la húmeda y rocosa fortaleza.

"De todos modos, todos estamos vivos", dijo Novas.

Con la ayuda de una excavadora prestada cargaron los fósiles en un camión y les transportaron al norte de Buenos Aires.

Todavía están excavando los fósiles en el laboratorio, pero los investigadores ya han descubierto un hecho interesante: El plesiosaurio tiene un cuello largo.

"América del Norte está más familiarizada con los plesiosaurios de cuello largo, pero aquí estamos más familiarizados con los plesiosaurios de cuello corto", que datan del período Cretácico, dijo Novas. "Este es uno de los pocos casos en los que descubrimos en el sur una excepción a las normas".

Una vez plenamente excavados los huesos, los investigadores planean describir la nueva especie y luego comparar su anatomía con la de otros plesiosaurios, para que puedan crear un árbol genealógico, llamado filogenia, de los reptiles. (Plesiosaurios son reptiles ─ el nombre significa "casi lagarto" ─ pero no son dinosaurios).

"Espero que la preservación del esqueleto nos permitirá un mejor conocimiento de la anatomía de estos reptiles, y arrojar luz sobre las relaciones filogenéticas de los plesiosaurios del sur", dijo Novas. Fuente; vistaalmar


Tigres Dientes de Sable en el Museo Argentino de Ciencias Naturales.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 139. Enero de 2016. 

Se trata de una especie felina típica del continente americano que despareció hace unos diez mil años junto con el resto de la megafauna.

En el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (MACN-CONICET) se realizó la presentación de dos esqueletos de Tigres Dientes de Sable (Smilodon populator). Los fósiles fueron montados en el jardín adyacente a la puerta de Ángel Gallardo 490, donde quedarán exhibidos de forma permanente, y colocados de manera tal de recrear una situación de pelea entre ambos. El proyecto museológico estuvo a cargo de un equipo de científicos y técnicos dirigido por Fernando Novas, investigador principal del CONICET en el MACN y paleontólogo especialista en dinosaurios.

“Quisimos generar un exposición en la cual se pudiera tener a estos dos grandes depredadores prehistóricos de la pampa en la entrada del MACN y que al mismo tiempo se donara otro par de copias idénticas al museo Tuyú Mapu de la municipalidad de General Madariaga (provincia de Buenos Aires)”, cuenta Novas.

El evento de presentación buscó homenajear a Francisco Javier Muñiz, primer paleontólogo argentino y descubridor del Smilodon quien cumpliría el próximo 21 de diciembre 220 años. “Fue él quien en 1844 encontró en las cercanías de Luján el esqueleto original casi completo del Smilodon en el que se basan las copias que estamos armando ahora. German Burmaister – que fue director del MACN – y luego Florentino Ameghino fueron quienes montaron las primeras copias en yeso que estuvieron largo tiempo en exhibición”, relata el investigador.

El armado de los cuatro esqueletos estuvo a cargo de un equipo técnico dirigido por Marcelo Isasi, profesional adjunto del CONICET en el MACN, y también integrado por los hermanos Stoll, Ricardo y Germán. Por parte del Tuyú Mapu intervinieron Emilio Charnelli y Mauricio Romitti en el montaje de los especímenes.

“Como van a estar todo el tiempo a la intemperie las dos copias para el MACN están hechas con resina poliéster, que es un material que tiene la capacidad de resistir las diferentes adversidades climáticas. El desafío que encaramos fue buscar una pose dinámica y al mismo tiempo firme para el exterior. Las que van al Tuyú Mapu van a permanecer resguardadas bajo techo y fueron confeccionadas con poliuretano expandido rígido, y requirieron otro tratamiento para su montaje”, explica Isasi.

El Smilodon habitó el continente sudamericano entre hace aproximadamente un millón de años hasta hace unos 10 mil. “Es la etapa de los grandes mamíferos de la edad del hielo. El Tigre Dientes de Sable se distingue por haber sido el depredador más grande que había dentro de la familia felina”, cuenta Nicolás Chimento, becario posdoctoral del CONICET en el MACN que trabaja con el equipo de Novas.

Este felino debe su nombre al enorme tamaño de sus caninos superiores, que llevó a los científicos a plantearse la pregunta sobre cómo podía hacer para cazar su alimento, teniendo en cuenta que característica no es compartida por ninguna especie de la actualidad.

“Se ha calculado que lo hacía por emboscada; o sea que se ocultaba y saltaba sobre su presa a la que, abriendo mucho la boca, le clavaba los colmillos en el cuello y le fracturaba la parte cervical de la columna. Hoy, en cambio, los felinos comúnmente capturan por persecución. Hay que tener en cuenta que los mamíferos de la edad del hielo – en su mayoría herbívoros – eran realmente gigantescos, y en algunos casos llegaban a medir hasta cinco metros de altura. Se han encontrado indicios de que un Tigre Dientes de Sable, que pesaba unos 300 kilos, podía llegar a depredar a un animal de hasta 3 mil kilos”, explica Chimento.

La desaparición del Smilodon data de la misma época que la del resto de la megafauna del subcontinente. Según Chimento, en este hecho fue seguramente importante el cambio climático, pero también puede haber sido decisiva la presencia del hombre, que ya habitaba estas tierras. “Ya se habían producido otros cambios climáticos y estas especies no habían desaparecido”, sintetiza el doctorando.

La presentación de los fósiles de este mamífero, tan fuertemente vinculado a la historia de la fauna de nuestro subcontinente y a la del desarrollo de la paleontología en nuestro país, constituye un nuevo hito para el museo bicentenario que les otorgará un lugar de exhibición que, sin dudas, puede considerarse de privilegio. Fuente; Conicet.


Demuestran que los dientes fosilizados sirven para clasificar dinosaurios.

  Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 139. Enero de 2016. 

Investigadores de Argentina y de Alemania han identificado cuatro especies de saurópodos que convivieron en una región de Argentina hace 175 millones de años

El estudio de los dientes fosilizados, que hasta ahora ha servido a los paleontólogos para clasificar antiguos mamíferos, también parece ser una herramienta eficaz para diferenciar y caracterizar distintas especies de dinosaurios.

Así lo revelaron científicos de Argentina y Alemania, quienes recurrieron a esa estrategia para distinguir cuatro especies de saurópodos que convivieron, durante el Jurásico, en una región de la actual provincia de Chubut (Argentina).

Los científicos analizaron restos fósiles de cuatro saurópodos (grandes dinosaurios herbívoros de 18 a 25 metros de longitud) que, hace 175 millones de años, dominaron el hábitat de una región del centro y norte del Chubut, la formación Cañadón Asfalto. Dos pertenecían a especies ya descriptas, Patagosaurus fariasi y Volkheimeria chubutensis, y otras dos están actualmente en estudio.

El esmalte de los dientes de cada especie de saurópodo estudiada presenta rugosidades y relieves específicos, indicó a la Agencia CyTA uno de los autores, el doctor Diego Pol, paleontólogo del Museo Egidio Feruglio (MEF) de Trelew. “Identificamos los patrones que diferenciaban a las especies”, agregó el investigador del Conicet.

En este trabajo particular, los científicos analizaron, mediante microscopios de barrido electrónico, esmaltes de dientes aislados fosilizados asociados con materiales del cráneo y de la mandíbula.

“Esta herramienta también podría extenderse para mejorar el estudio de otros dinosaurios y la evolución de otras formas de vida que existieron hace millones de años en nuestro planeta”, destacó Pol.

Durante el Jurásico inferior o temprano, esa región de Chubut estaba cubierta por bosques y lagos. Cada uno de los saurópodos examinados, según la evidencia, se alimentaba de diferentes helechos y coníferas.

En el trabajo, publicado en la destacada revista científica PLoS One, también participaron los doctores Femke Holwerda y Oliver Rauhut, del Museo de Ciencias Naturales de Munich, en Alemania.

Los paleontólogos del Museo Egidio Feruglio (MEF) de Trelew y colegas de Alemania demostraron que los dientes fosilizados sirven para clasificar dinosaurios.

Los investigadores del MEF analizaron el esmalte de los dientes de cuatro especies de saurópodos e identificaron patrones en el relieve de su superficie.


Recuperan restos fósiles de un Camélido gigante en el Pleistoceno bonaerense.

 Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 138. Enero de 2016. 

El Museo Municipal “Punta Hermengo” de la ciudad bonaerense de Miramar, dio a conocer el hallazgo y rescate de restos fósiles de un guanaco prehistórico extinto de gran tamaño, que vivió durante el Pleistoceno, hace 100 mil años.

El hallazgo fue realizado por la familia López de Mar del Plata, que regularmente visita la localidad de Centinela del Mar (cerca de Miramar) y protagonista de otros hallazgos anteriores. Luego de un paseo tuvieron curiosidad por unos huesos que se asomaban en el acantilado por lo que informaron al Museo de Miramar, que realizó la extracción de los mismos. Una vez en la institución citada se pudo establecer que se trataba de varias partes del esqueleto de un Hemiauchenia, un gran camélido, pariente de los actuales Guanacos pero más alto que el moderno camello africano, con unos dos metros y medio de alto, y un peso de casi una tonelada.

Hace unos 100.000 años, los guanacos no estaban restringidos a la región andino-patagónica, sino que eran abundantes en las praderas bonaerenses. Los camélidos (guanacos, vicuñas y otros extinguidos como el hallado) son de origen norteamericano y llegaron a Sudamérica luego que se juntaran las dos Américas hace unos 2,5 millones de años.

Hasta hace unos 8000 años, estos gigantes convivían con sus actuales parientes pero, se cree que la caza que les dieron los primeros seres humanos que llegaron a estas tierras, terminaron por extinguirlos.

El material fósil recuperado, se observa hasta el momento una pata delantera completa, mandíbula inferior, varias vértebras, pelvis entre otros, lo que dio una dimensión del tamaño de este animal comparando los mismos huesos con ejemplares vivientes.

Además de los restos óseos, se ha podido observar marcas que corresponden a “rizolitos”, moldes de las raíces generadas por las bacterias y otros organismos del suelo que se acumularon en sus paredes, facilitando la preservación en el antiguo suelo arenoso de esa zona.

De esta manera y gracias al aporte de los aficionados, el Museo local acrecienta y conserva los restos de la antigua e interesante fauna prehistórica que habitó nuestras pampas hace miles de años.

El material se encuentra en proceso de laboratorio, señalo Daniel Boh, titular de la institución, siendo preparados para su posterior estudio, clasificación y exhibición por el técnico Mariano Magnussen Saffer, ya que son los primeros restos articulados y de un mismo individuo para el museo miramarense.

El publico se puede acercar a diario a conocer el Museo de Miramar, ubicado en el centro del Bosque Vivero “Florentino Ameghino”, donde podrá observar la exhibición paleontológica regional, constituida por restos fósiles de mamíferos gigantes y pequeños ya extintos, recuperados en esta región y que vivieron en los últimos 4 millones de años, además de restos de ballenas, lobos, elefantes y tortugas marinas, invertebrados, la presencia del hombre prehistórico y pueblos originarios, historia local entre otros.

Para más información recomendamos visitar la página del Museo: www.museodemiramar.com.ar.


Un pariente patagónico del Ginko biloba.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 138. Enero de 2016. 

Una investigación, de la que participaron científicos del Museo Egidio Feruglio, brinda más información sobre una especie de árbol extinta que vivió en el Eoceno de la Patagonia emparentada con Ginkgo biloba.

G. biloba, conocido por sus usos terapéuticos tradicionales especialmente en China, es considerado un "fósil viviente". El motivo es que el grupo al que pertenece esta especie, denominado Ginkgophytas, surgió en el período Paleozoico (hace más de 250 millones de años atrás), y aún no se ha extinguido. Otras especies incluidas en este selecto "club de supervivientes" son los cocodrilos, el tiburón elefante y el pehuén (Araucaria araucana).

Las Ginkgophytas se diversificaron a lo largo del tiempo, especialmente durante el Mesozoico. En América del Sur fueron abundantes, pero en el Terciario su población disminuyó rápidamente. Actualmente, sólo el Ginkgo biloba está presente, principalmente en el Sudeste asiático.

Una especie en particular, llamada Ginkgo patagonica, fue descubierta en la década de 1930 y las hojas fósiles (ver foto) encontradas son el registro más reciente conocido de este grupo en Sudamérica. En la investigación se utilizaron hojas fosilizadas descubiertas en Laguna del Hunco (Chubut), actualmente en la colección dle MEF, y en Río Pichileufú (Río Negro). Así, los científicos realizaron un detallado estudio anatómico ampliando la descripción original de la especie y reconociendo que se trata en realidad de otro género. De modo que los autores proponen la nueva combinación Ginkgoites patagonica

¿Por qué los ginkgos se extinguieron de Patagonia? El equipo de investigadores, liderado por Liliana Villar de Seoane, sugiere que los cambios climáticos que afectaron la región, y  especialmente a la Patagonia,  fueron determinantes para llevarlos a su desaparición probablemente durante el Eoceno (entre 34 y 56 millones de años atrás). Estas condiciones de mayor sequedad y menor temperatura no fueron tan pronunciadas en el hemisferio norte y por eso, allí algunas variedades de Ginkgos lograron permanecer, aunque sólo el G. biloba se mantiene en la actualidad.

El trabajo que acaba de ser publicado en el International Journal of Plant Sciences, fue presentado por Liliana Villar de Seoane (Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia), y en la investigación participaron Rubén Cúneo e Ignacio Escapa (MEF), Peter Wilf (Penssylvania State University) y María Gandolfo (Universidad de Cornell). Imagen utilizada con permiso de los autores. Fuente; mef


Morrosaurus antarcticus. Reconstruyendo el rompecabezas de la fauna antártica.

Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 137. Enero de 2016. 

Investigadores del CONICET reportaron el hallazgo de un dinosaurio y un reptil marino del continente más austral.

Hace 70 millones de años, en el período Cretácico, la Antártida no se parecía en nada a la gran masa de hielo que se conoce hoy en día. En aquel momento estaba parcialmente cubierta por mares poco profundos que no eran fríos como los actuales. Los continentes estaban mucho más cercanos entre sí y las aguas que cubrían el continente Antártico eran menos profundas y más cálidas, por lo que eran habitadas por invertebrados y reptiles como mosasaurios, plesiosaurios y tortugas.

Desde el año 1998 el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (MACN, CONICET) y el Instituto Antártico Argentino (IAA) mantienen proyectos de cooperación para la búsqueda de restos fósiles de vertebrados en el noreste de la Península Antártica, más específicamente en las islas Vega y James Ross. En este contexto, recientemente realizaron expediciones que estuvieron a cargo de Juan M. Lirio, geólogo del IAA familiarizado con las rocas que afloran en la región, y de Marcelo Isasi, profesional principal del CONICET en el MACN. En esos viajes hallaron distintos restos fósiles que luego Fernando Novas, investigador principal del CONICET en el MACN describió junto a su equipo.

“El grupo de trabajo ha tenido la fortuna recorrer rocas del Período Cretácico, que es el último de los períodos en que se divide la Era Mesozoica, conocida como ‘la Edad de Oro de los Reptiles’ y descubrir restos fósiles de distintos grupos de vertebrados que habitaron el medio acuático -tortugas, mosasaurios y plesiosaurios- y el medio terrestre –dinosaurios y otros reptiles- y aves que sobrevolaban el continente y la superficie del mar, hace 70 a 80 millones de años atrás”, comenta Novas.

El paleontólogo explica que en año el 2000 encontraron restos de un cráneo de mosasaurio – reptil marino- y este hallazgo fue la punta del iceberg para el descubrimiento de toda una fauna de vertebrados propia de la región polar. Más recientemente hallaron los fósiles de una tortuga, un plesiosaurio -reptil marino- y de un dinosaurio que cubren un lapso de diez millones de años. “Toda esta fauna que estamos agregando y empezando a dar a conocer forma parte de esa fauna sureña, llamada Weddeliana. Los autores de estos hallazgos somos argentinos y por eso estamos orgullosos”, asegura.

Por su parte, Lirio destaca el trabajo técnico en la Antártida realizado por Isasi, quien debió trabajar a contratiempo bajo la inclemencia del clima polar para recuperar las piezas muy fragmentadas.

“La nieve cubre la superficie donde uno camina observando los indicios fósiles. Dependemos del clima para la extracción y la prospección. Nos deja un helicóptero 50 días y hay que regular el trabajo. Además, los fósiles están muy fragmentados porque la nieve va quebrando las rocas y el permafrost que es la tierra de ahí que se congela y descongela generando fracturas en los huesos fósiles. Requerimos de una gran logística para que los materiales puedan ser extraídos y lleguen al laboratorio”, aclara Isasi.

Una vez que los fósiles fueron traídos al MACN, Isasi y otros técnicos del taller de paleontología comenzaron a preparar los huesos craquelados para que Novas y su equipo puedan realizar los estudios anatómicos y efectuar seguidamente la descripción científica de los ejemplares. En esta última expedición descubrieron fragmentos de un reptil marino y de la pata de un nuevo dinosaurio. Los especialistas destacan que este hallazgo llamó su atención porque no es común encontrar reptiles terrestres en la Antártida dado que los sedimentos son marinos.

“Se llama Morrosaurus antarcticus porque se lo encontró en la península de El Morro en la Isla James Ross. Pertenece a un grupo de dinosaurios herbívoros ornitisquios – conocidos como los dinosaurios de cadera de ave- que era un grupo raro dentro de lo que era el supercontinente de Gondwana en el Cretácico, y no eran tan abundantes como los saurópodos, por ejemplo. Posee características anatómicas que se relacionan con dinosaurios de Patagonia que también pertenecen a este grupo. El miembro posterior nos muestra que eran animales esbeltos y adaptados a la carrera. Tendrían alrededor de 4 o 5 metros de largo”, detalla Sebastián Rozadilla, investigador del MACN y miembro del equipo de Novas.

En este sentido los científicos explican que este hallazgo les permite inferir que había conexiones entre la fauna de Sudamérica, más particularmente de la Patagonia, con la del continente Antártico. Existían reportes de esta unión con la fauna marina y ahora hay más evidencias de que pasaba algo semejante con la fauna terrestre. Este nuevo ejemplar se parece al Talenkauen santacrucensis, un dinosaurio herbívoro que fue descubierto por el equipo de Novas en la provincia de Santa Cruz. Fue hallado en rocas del Cretácico Superior de una edad semejante, y es comparable al ejemplar de la Antártida.

“Nos llamó la atención darnos cuenta de que una y otra vez en Antártida se descubren con restos fósiles de este linaje de dinosaurios herbívoros: ornitisquios ornitópodos. Eran de andar bípedo y se alimentaban probablemente de plantas comparables a las que hoy crecen en los Andes del sur. Antártida era un continente que estaba conectado parcialmente con la Patagonia y por lo tanto los animales y las plantas también se dispersaban por los dos continentes. Los dinosaurios no fueron la excepción e incluso hasta habrían llegado a Australia y Nueva Zelanda. Eran millones de kilómetros cuadrados, extensiones gigantescas en las que existían variaciones climáticas y geográficas, pero que a pesar de todo compartían una fauna y flora comparables”, agrega Novas.

También descubrieron otros restos pertenecientes a un plesiosaurio, un gran reptil depredador que habitaba los mares prehistóricos. Este hallazgo es muy importante porque es el primer espécimen de la familia Polycotylidae descubierto en la Antártida y nuevamente se muestra una conexión con la fauna patagónica, ya que en esta región si se habían encontrado un cráneo de esta familia de plesiosaurios.

“Los policotílidos no son los más abundantes. Tienen los ísquiones -huesos de la pelvis- más robustos y en forma de ‘v’, eso nos permitió diferenciarlos del resto de los plesiosaurios. Tenían la cabeza pequeña y el rostro alargado con dientes filosos, por lo que creemos que se alimentaban enterrando el hocico en el barro para buscar invertebrados. Esto los diferenciaba de la mayoría de los plesiosaurios que se encuentran en la Antártida, que son de cuello más largo”, afirma Julia D’Angelo, investigadora del MACN.

En el marco del Plan Anual Antártico este verano unos 20 paleontólogos argentinos partirán nuevamente al continente Antártico en búsqueda de nuevos restos para desentramar la historia de la evolución de esa región y de Sudamérica.

“En lo que respecta al desarrollo de la paleontología, y en particular en el conocimiento de la historia de la evolución de la Antártida, Argentina viene dando ‘puntadas con hilo’ y ocupa un lugar preponderante. Habla muy bien del desarrollo académico que tiene nuestro país y hay que sostenerlo”, concluye Novas.

Los hallazgos fueron publicados en la revista Cretaceous Research y actualmente se exhiben en el MACN. Por Cecilia Leone. Fuente; Conicet.


La paleobiodiversidad de hadrosáuridos de la Argentina.

 Publicado en Paleo. Año XIV. Numero 137. Enero de 2016. 

Los hadrosáuridos son un grupo de dinosaurios comedores de plantas muy bien conocido en el Hemisferio Norte por su numeroso registro fósil, que cuenta con individuos tanto juveniles como adultos, nidos, momias, etc. Con respecto a su registro en el Hemisferio Sur, éste es más fragmentario y menos conocido. Todas las especies conocidas de este grupo de dinosaurios en el Hemisferio Sur provienen de Argentina de donde se han descrito tres especies: Secernosaurus koerneri de la provincia del Chubut, Lapampasaurus cholinoi de la provincia de La Pampa y Willinakaqe salitranensis de la provincia de Río Negro.

Recientemente, los investigadores del Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología-CONICET (Argentina) Penélope Cruzado-Caballero y Rodolfo A. Coria han revisado los restos de estas tres especies para evaluar la paleobiodiversidad de hadrosáuridos en Argentina. Durante estos trabajos se estudió con más interés los huesos del material-tipo de Willinakaqe, ya que había ciertas dudas previas sobre su validez. Como resultado de los trabajos de comparación se obtuvieron datos que confirmaron las incertidumbres previas.

Entre los restos craneales y postcraneales de esta especie se encontraron ciertas diferencias anatómicas entre varios huesos: dentarios, húmeros y falanges del pie, que fueron asignados a esta especie. Los datos obtenidos hablan de la posibilidad de que las diferencias fueran debidas o bien por la presencia de dos especies distintas entre los restos de Willinakaqe o bien por dimorfismo sexual, es decir, diferencias presentes entre machos y hembras de la misma especie.

Con estos datos se han descrito dos morfotipos diferentes no pudiéndose decidir por una de las dos hipótesis anteriores, debido a que los restos que presentan las diferencias son huesos pocos diagnósticos a nivel de especie por ser de individuos juveniles y/o subadultos o postcraneales.

Otro resultado obtenido ha sido el comprobar que los restos empleados para la descripción de la especie no fueron los más adecuados, debido al carácter fragmentario del holotipo (espécimen completo y/o hueso a partir del cual se ha perfilado la descripción que valida el nombre) y a que la mayoría de los restos pertenecían a individuos juveniles y/o subadultos (algunas características de los huesos pueden cambiar durante el proceso de crecimiento hasta llegar al estado de adulto del animal). Como resultado de la investigación los autores han propuesto la invalidez de la especie Willinakaqe salitranensis. Para más información el trabajo será próximamente publicado en la prestigiosa revista argentina Ameghiniana. Fuente: Aragosaurus.

 

 

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