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Fósiles del Eoceno de Argentina:

Este Periodo/Época abarca desde los 56 a 34 millones de años atrás. Se encuentra representado por tres edades las cuales pasaremos a desarrollar a continuación.

 

La primera edad reconocida por geólogos y paleontólogos para este intervalo es la Edad Casamayorense, cuyos sedimentos se depositaron entre aproximadamente 54 y 51 millones de años antes del presente. Sus afloramientos más representativos se encuentran en la región del Golfo San Jorge, en la provincia de Chubut, Argentina. Esta unidad ha proporcionado una abundante fauna fósil que permite reconstruir los ecosistemas patagónicos de comienzos del Eoceno. La Edad Mustersense corresponde a depósitos formados hace aproximadamente entre 48 y 45 millones de años. Aunque se encuentra ampliamente representada en diversos sectores de la provincia de Chubut, sus afloramientos clásicos se localizan en las barrancas del Lago Muster. También se han identificado sedimentos equivalentes en la localidad de Antofagasta de la Sierra, en la provincia de Catamarca, ampliando significativamente su distribución geográfica dentro del territorio argentino. La Edad Divisaderense, con una antigüedad estimada entre 42 y 40 millones de años, toma su nombre del Cerro Divisadero Largo, en la provincia de Mendoza. Los fósiles recuperados en estos niveles permiten documentar importantes cambios en la composición de las faunas sudamericanas hacia finales del Eoceno. La última edad reconocida para este intervalo es la Edad Tinguiririquense, que será tratada más adelante debido a que se encuentra representada tanto en los niveles finales del Eoceno como en los iniciales del Oligoceno, constituyendo una etapa de transición entre ambos períodos.

Durante gran parte del Eoceno se registraron fluctuaciones térmicas de diversa magnitud; sin embargo, el clima se mantuvo predominantemente cálido y subtropical, acompañado por abundantes precipitaciones. La vegetación comenzó a adquirir un aspecto más arbustivo, aunque los bosques continuaban dominados por coníferas y angiospermas dicotiledóneas. El territorio estaba conformado por extensas llanuras atravesadas por numerosos cursos de agua y ocupadas por lagos de diferentes dimensiones y profundidades. Hacia mediados del Eoceno se produjo un importante cambio climático global que también afectó a Sudamérica. Las temperaturas comenzaron a descender gradualmente y el clima se volvió más templado, marcando el inicio de transformaciones ambientales que tendrían profundas consecuencias sobre la flora y la fauna del continente durante el resto del Cenozoico. El relieve comenzó a elevarse progresivamente y fue intensamente afectado por los procesos erosivos, dando lugar a un paisaje cada vez más irregular y accidentado. Como consecuencia de estos cambios geológicos, se desarrollaron ambientes más diversos, con áreas elevadas, valles y sistemas fluviales mejor definidos. Hacia finales del Eoceno se produjo una marcada disminución de la temperatura de las aguas del mar epicontinental que cubría parte de Sudamérica. Este enfriamiento estuvo relacionado con las primeras etapas de la glaciación antártica, aunque la gran capa de hielo continental aún no se había desarrollado plenamente. Como resultado, las temperaturas continentales también comenzaron a descender de manera gradual. Estos cambios climáticos quedaron reflejados en la vegetación de la época, que mostraba una combinación de elementos subtropicales y templado-fríos. Mientras algunas especies características de climas cálidos continuaban prosperando, otras adaptadas a condiciones más frescas comenzaron a expandirse, evidenciando una transición ambiental significativa. El prolongado aislamiento geográfico de Sudamérica comenzó a modificarse hacia finales del Eoceno. Diversas evidencias sugieren el ingreso de los primeros roedores caviomorfos desde África, probablemente mediante dispersión transoceánica favorecida por corrientes marinas y masas de vegetación flotante. Estos pequeños mamíferos darían origen a un grupo extraordinariamente diverso que incluye a los actuales cuises, vizcachas, chinchillas y capibaras. Durante este período, Sudamérica continuaba desplazándose hacia el norte debido a la dinámica de las placas tectónicas. En la región septentrional del continente se desarrollaron complejos arcos volcánicos e importantes procesos orogénicos vinculados a la interacción entre distintas placas, configurando gradualmente la geografía que caracterizaría a América del Sur durante el resto del Cenozoico. <<< Principales sitios fosilíferos de Argentina.


Pelagornithidae. Fürbringer, 1888.

Húmero de este ejemplar de dimensiones extraordinarias. Prensa. Esqueleto de un pelagornítido, en el Museo Argentino de Ciencias Naturales de Buenos Aires. Aspecto del pelicano gigante de la antártica. Prensa.

Ave. La familia de los pelagornítidos estaba compuesta por grandes aves marinas ya extintas. Sus restos fósiles se han hallado en diversas partes del mundo, en rocas que datan desde finales del Paleoceno hasta el límite entre el Plioceno y el Pleistoceno. Estas aves superaban cómodamente los seis metros de envergadura alar y, pese a su enorme tamaño, eran extremadamente ligeras, con un peso estimado entre 30 y 35 kilogramos. Podían recorrer grandes distancias sobre los océanos y cazaban peces mediante vuelos rasantes sobre la superficie del agua. Sus restos fueron encontrados por paleontólogos argentinos cerca de la Base Marambio. En la Antártida existieron dos grupos de pelagornítidos: uno integrado por aves que no superaban los cinco metros de envergadura alar y otro formado por representantes gigantes que alcanzaban entre seis y siete metros. Existen evidencias de que, hace aproximadamente 50 millones de años, se inició un período de calentamiento de los océanos que provocó una elevada productividad biológica en los mares antárticos. Este fenómeno habría permitido que los pelagornítidos y los pingüinos dispusieran de suficiente alimento para desarrollar tamaños tan extraordinarios.Para capturar sus presas, los pelagornítidos poseían pseudodientes, es decir, expansiones óseas en el pico. Sin embargo, carecían de la capacidad de mordida de los pingüinos gigantes con los que convivieron, ya que los huesos de su rostro no estaban preparados para soportar grandes esfuerzos. Probablemente tenían una alimentación similar a la de los pelícanos actuales, basada en animales de cuerpo blando, como peces y calamares. En aquella época existía un ambiente costero poblado por numerosas especies de pingüinos y gaviotas, mientras que en zonas cercanas se desarrollaban bosques habitados por pequeños marsupiales del tamaño de un ratón, ungulados extintos comparables a una oveja y, según hallazgos recientes, el falcónido más antiguo conocido. Los doctores Marcos Cenizo, Carolina Acosta Hospitaleche y Marcelo Reguero fueron los autores de este estudio.


Paraptenodytes antarcticus. Moreno et al, 1891.

 
Paraptenodytes Paraptenodytes Paraptenodytes Paraptenodytes Paraptenodytes Paraptenodytes Paraptenodytes

Fragmento craneal de Paraptenodytes antarticus. (*)

Fósiles de Paraptenodytes antarticus, en el Geoparque Bryn Gwyn de Gaiman, Chubut.

Aspecto del pingüino fósil Paraptenodytes. (*)

Ave. El género Paraptenodytes fue acuñado por Florentino Ameghino en 1891 para designar especímenes fósiles que originalmente habían sido descritos por François Moreno y Alcide Mercerat como Palaeospheniscus antarcticus. La especie tipo del género es Paraptenodytes antarcticus, cuyo holotipo se encuentra depositado en el Museo de La Plata y procede de la Formación Monte León. En 1946, George Gaylord Simpson describió un nuevo ejemplar de esta especie que incluía parte del cráneo y del postcráneo asociados. Durante muchos años, este hallazgo constituyó el esqueleto fósil de pingüino más completo conocido y el único con cráneo asociado, hasta la descripción de Marplesiornis en 1960. Paraptenodytes era un auténtico género de pingüinos prehistóricos de hábitos acuáticos similares a los actuales, aunque algunas de sus especies alcanzaban grandes dimensiones, con alturas que oscilaban entre 1,20 y 1,90 metros. Durante este mismo período habitó la Patagonia otro género de pingüino extinto, Apterodytes, cuyo tamaño era comparable al de los pingüinos modernos y que se caracterizaba por poseer alas notablemente pequeñas. Su comportamiento no difería demasiado del de sus descendientes actuales: anidaban en las costas marinas, donde excavaban sus propios nidos o reutilizaban madrigueras abandonadas por otros animales, como marsupiales y reptiles. Su dieta estaba compuesta principalmente por peces de distintos tamaños y numerosos invertebrados, cuyos restos suelen hallarse asociados a estos vertebrados emplumados. Uno de los interrogantes acerca de estas aves extintas es si ya habían desarrollado la glándula uropígea, encargada de distribuir una sustancia oleosa sobre el plumaje que permite impermeabilizarlo y protegerlo del enfriamiento en aguas frías. Cabe recordar que durante este período la Patagonia presentaba un ambiente selvático subtropical, con temperaturas cercanas a los 20 °C durante gran parte del año. Los principales restos de Paraptenodytes proceden de las formaciones Sarmiento y Gaiman. Asimismo, en distintos niveles eocenos de la Formación Submeseta, en la Isla Marambio o Seymour (Cuenca James Ross, Península Antártica), se encontraron huellas atribuidas a diversas icnoespecies de pingüinos, entre ellas Machichnus bohemicus, Machichnus indeterminado, Nihilichnus nihilicus y Centrichnidae indeterminado.


Aprosdokitos mikrotero. Hospitaleche, Reguero y Santillana, 2017.

 

Humero del pequeño pingüino Aprosdokitos mikrotero. Prensa.

  Posible aspecto de Aprosdokitos mikrotero (*).

Ave. Investigadores del Museo de La Plata y del Instituto Antártico Argentino descubrieron fósiles de un pingüino enano de menos de 35 centímetros de altura al oeste de la Península Antártica. Esta nueva especie fue denominada Aprosdokitos mikrotero, cuyo nombre significa “inesperado minúsculo”. El hallazgo resulta notable no solo por su reducido tamaño, sino también porque convivió con pingüinos gigantes que lo superaban ampliamente en altura. Hace aproximadamente 34 millones de años, los pingüinos dominaban la Isla Marambio, donde coexistían especies diminutas, incluso más pequeñas que el actual pingüino azul de Nueva Zelanda, que alcanza unos 40 centímetros de altura, junto con formas gigantescas como Palaeeudyptes klekowskii, que podían llegar a medir 2,20 metros. Esta altura supera ampliamente la del pingüino emperador actual, que alcanza alrededor de 1,20 metros. Durante el Eoceno, la Antártida albergó una gran diversidad de pingüinos debido a la abundancia de recursos disponibles y a un clima templado frío, considerablemente más cálido que el actual. La menor extensión de hielo permitía una mayor disponibilidad de hábitats y recursos alimenticios. Los fósiles de Aprosdokitos mikrotero fueron recuperados en 2012 en los niveles conocidos como Submeseta III de la Isla Marambio. A partir de entonces se inició una extensa investigación que culminó con la descripción formal de esta nueva especie.


Sphenisciforme indet.

Fósil de Sphenisciforme en estudio. Imagen prensa. Fósil de Sphenisciforme en estudio. Imagen prensa. Aspecto de Sphenisciforme en estudio. Imagen prensa.

Ave. Entre los hallazgos más destacados se encuentra el de un pingüino gigante de aproximadamente dos metros de altura, considerado el más alto y corpulento conocido hasta la fecha. La paleontóloga Carolina Acosta, investigadora del Museo de La Plata, señaló que los cálculos realizados indican que se trata del pingüino de mayor tamaño registrado en términos de altura y masa corporal. Hasta ese momento, el pingüino emperador era considerado la especie más grande conocida, con una altura máxima cercana a 1,20 metros y un peso aproximado de 38 kilogramos. Todos los pingüinos pertenecen al orden Sphenisciformes, caracterizado por agrupar aves marinas incapaces de volar. El descubrimiento fue realizado por Marcelo Reguero, director de la campaña paleontológica del Instituto Antártico Argentino, y resultó especialmente relevante porque permitió recuperar, por primera vez en la Antártida, un esqueleto articulado de estas características. Este hallazgo proporcionó información valiosa sobre su anatomía y forma de desplazamiento. Aunque la reconstrucción no permitió determinar con certeza el género al que pertenecía el ejemplar, los investigadores destacaron la necesidad de continuar explorando la región para obtener nuevos restos fósiles. Hallazgos anteriores demostraron además que algunos de estos pingüinos poseían plumajes de tonos marrones rojizos y grises, diferentes de la clásica coloración blanca y negra de las especies actuales. Al igual que los pingüinos modernos, y a diferencia de la mayoría de las aves, las plumas de las alas de especies como Inkayacu paracasensis estaban altamente modificadas, siendo cortas, rígidas y densamente compactadas para formar eficientes aletas natatorias. Las plumas corporales presentaban cañones anchos, una característica que contribuye a optimizar la forma hidrodinámica del cuerpo.


Antarctoboenus carlinii.  Cenizo, Noriega y Reguero, 2016.

Resto fosil antartico de Antarctoboenus carlinii. Imagen Fundacion Azara, prensa.

Posible aspecto del primitivo Halcón del Eoceno del sector antártico Argentino.(*)

Ave. Los investigadores Marcos Cenizo, Jorge Noriega y Marcelo Reguero dieron a conocer el hallazgo de un falcónido ancestral que vivió hace aproximadamente 50 millones de años en lo que hoy constituye la Isla Marambio, dentro del sector antártico argentino. Este nuevo “protofalcónido”, denominado Antarctoboenus carlinii, representa el miembro más antiguo conocido de este linaje de aves rapaces, duplicando la antigüedad de los registros previamente conocidos. El descubrimiento respalda la hipótesis de que los falcónidos se originaron en algún lugar del hemisferio sur, entre América del Sur y la Península Antártica, una posibilidad que ya había sido sugerida por estudios evolutivos basados en datos genéticos de especies actuales. La antigüedad de Antarctoboenus carlinii proporciona además un importante punto de calibración para los relojes moleculares utilizados en la reconstrucción de la historia evolutiva de las aves. El nombre del género significa “caminante antártico” y fue otorgado en homenaje al doctor Alejandro Carlini, quien durante casi veinticinco años lideró el Programa de Mamíferos Marinos del Instituto Antártico Argentino y realizó contribuciones fundamentales al conocimiento de los ecosistemas antárticos.


Psilopterinae.  Dolgopol de Saez, 1927.

 

 Tibiotarso depositado en el Museo de La Plata, perteneciente a un ave del terror del Eoceno de Chubut.

 

Reconstrucción en vivo.  (*)

Ave. Durante gran parte del Cenozoico, los depredadores carnívoros más exitosos de América del Sur fueron aves gigantescas como los fororrácidos. Entre ellos destaca el género Phorusrhacos, integrado por enormes aves corredoras incapaces de volar que habitaron la Patagonia. Estas aves fueron los principales depredadores terrestres del continente durante millones de años. Sus parientes vivos más cercanos pertenecen a la familia Cariamidae, conocidos como seriemas o chuñas, aunque los fororrácidos alcanzaban tamaños considerablemente mayores y poseían un aspecto más semejante al de un avestruz. Habitaban selvas, bosques y pastizales, en paisajes muy diferentes de los que actualmente caracterizan al centro y sur de Argentina. Algunas especies, como Kelenken, que vivió durante el Mioceno, alcanzaban hasta tres metros de altura. Recientemente se publicó un estudio sobre el registro más antiguo conocido de este grupo, representado por un extremo distal aislado de tibiotarso conservado en las colecciones paleontológicas del Museo de La Plata. El fósil fue hallado en sedimentos del Eoceno medio de la Formación Sarmiento, expuestos en la localidad de Cañadón Vaca, provincia de Chubut. La comparación de este material con el de otras especies permitió asignarlo a un fororrácido indeterminado perteneciente a la subfamilia Psilopterinae, con una masa corporal estimada de aproximadamente cinco kilogramos. Además, la presencia de numerosas marcas de dientes en su superficie distal llevó a los investigadores a plantear la hipótesis de que este pequeño fororrácido fue víctima de un ataque o de actividad carroñera por parte de un depredador de tamaño pequeño a mediano, posiblemente Nemolestes spalacotherinus, un marsupial hipercarnívoro previamente registrado en el conjunto faunístico de Cañadón Vaca. En comparación con otros miembros de su familia, los representantes de este grupo eran relativamente gráciles y pequeños, e incluían las especies de menor tamaño entre las denominadas “aves del terror”.


Niolamia argentina.   Ameghino, 1899.

Cráneo de Niolamia de unos 30 cm de ancho, con grandes cuernos laterales, en el Museo de La Plata. Placas tentativamente atribuidas a Niolamia (tortuga gigante de tierra). Reconstrucción del aspecto de Niolamia argentina por MarMag.2025.

Reptil. Entre los reptiles más llamativos que habitaron la Patagonia durante el Eoceno se encontraba Niolamia argentina, una tortuga terrestre perteneciente a la familia Meiolaniidae. Esta especie fue descrita por primera vez por el paleontólogo argentino Florentino Ameghino en 1899 y constituye uno de los representantes más antiguos y mejor conocidos del grupo de las denominadas “tortugas cornudas”. Sus restos fósiles fueron hallados en sedimentos de la Patagonia argentina, donde vivió hace aproximadamente entre 50 y 40 millones de años. Niolamia argentina era una tortuga terrestre de gran tamaño que poseía una apariencia única entre los quelonios. Su característica más distintiva era el cráneo, cubierto por una robusta armadura ósea y provisto de prominentes cuernos y expansiones laterales que le conferían un aspecto similar al de algunos dinosaurios ceratópsidos. Además, como otros meiolánidos, poseía una cola protegida por anillos óseos que probablemente culminaban en una estructura semejante a una maza defensiva. Fue una de las numerosas especies que lograron sobrevivir al evento de extinción que acabó con los dinosaurios no avianos. Alcanzaba dimensiones notables, llegando a medir hasta 2,5 metros de longitud, tamaño comparable al de algunos grandes gliptodontes del Pleistoceno. Su cabeza estaba armada con grandes protuberancias óseas, dos de las cuales se prolongaban de manera extraordinaria, semejantes a los cuernos de un buey. La cola también llamaba la atención, ya que estaba protegida por un estuche óseo compuesto por varios anillos imbricados provistos de protuberancias cónicas. Los primeros restos atribuidos a este grupo fueron hallados en la provincia de Neuquén. Ameghino dio a conocer la especie en 1899 y la bautizó con el nombre de Niolamia para diferenciarla de la gran tortuga australiana Meiolania, con la que consideraba que mantenía cierto parentesco evolutivo. En América del Sur, los meiolánidos sobrevivieron hasta el Eoceno, constituyendo uno de los grupos de tortugas más peculiares de la historia evolutiva del continente.


Hydromedusa s.p.  Wagler, 1830.

 
Hydromedusa Hydromedusa Hydromedusa Hydromedusa Hydromedusa Hydromedusa Hydromedusa

Placas del caparazón y aspecto de la tortuga del Eoceno.(*)

 

Reptil. El hallazgo de restos fósiles pertenecientes a distintos vertebrados parece ser cada vez más frecuente en el sur argentino. Otro género de tortuga de cuello largo, semejante a las que actualmente habitan ríos de Misiones y de la cuenca amazónica, fue dado a conocer hace relativamente poco tiempo por un grupo de paleontólogos. Se trata de Hydromedusa wagleri, conocida a partir de fragmentos aislados de caparazón procedentes de niveles estratigráficos de la Formación Cañadón Hondo (Eoceno temprano), aflorante en la Patagonia centro-oriental. El holotipo consiste en una placa nucal con un escudo cervical (extravertebral) situado por detrás del primer par de escudos marginales, una condición autapomórfica presente en las especies vivientes de Hydromedusa. Diversos caracteres observados en esta especie extinguida, como la morfología del primer escudo vertebral, la posición del duodécimo par de escudos marginales y la relación entre los escudos femoral y anal, sugieren que se trataba de una especie diferente de las actualmente vivientes. La asignación al género Hydromedusa de restos fragmentarios provenientes de la Formación Salamanca, de edad paleocena temprana y con una antigüedad cercana a los 60 millones de años, extiende considerablemente el registro temporal de este linaje en América del Sur.


Podocnemis s.p. Wagler, 1830.

 

Reptil. Es un género de tortugas acuáticas que habita los ríos de América del Sur. Actualmente comprende seis especies distribuidas principalmente en la región septentrional del continente, aunque se conocen varias especies fósiles extinguidas. Las tortugas o quelonios descienden de antiguos reptiles conocidos como cotilosaurios, que vivieron durante el período Pérmico hace aproximadamente 250 millones de años. Los primeros representantes del grupo Testudinata aparecieron durante el Triásico tardío, hace unos 200 millones de años. Estos animales poseían dientes en sus mandíbulas, los cuales fueron reemplazados posteriormente por un pico córneo denominado ranfoteca. Con el tiempo, las tortugas se dividieron en dos grandes linajes que sobreviven hasta la actualidad: los criptodiros, que repliegan el cuello formando una “S”, y los pleurodiros, que esconden la cabeza doblando lateralmente el cuello bajo el borde del caparazón. Además de esta diferencia, ambos grupos presentan numerosas particularidades anatómicas y esqueléticas. Las especies de Podocnemis presentan un caparazón más ancho en la región anterior que en la posterior y muestran dimorfismo sexual, ya que las hembras alcanzan mayores dimensiones y poseen colas más cortas y estrechas. Dependiendo de la especie, podían medir entre 35 y 68 centímetros de longitud.  Habitaban principalmente ríos y sistemas fluviales asociados. Eran animales omnívoros: los juveniles consumían una mayor proporción de alimento de origen animal, mientras que los adultos incorporaban más vegetales a su dieta. Durante el Paleoceno y el Eoceno de Patagonia y del noroeste argentino se han recuperado interesantes restos fósiles asignados a este género o a formas estrechamente relacionadas con él, evidenciando una larga historia evolutiva en Sudamérica.


Sebecus icaeorhinus. Simpson 1937.

Dos placas dérmicas del gigantesco cocodrilo marino Sebecus (*)

Cráneo y mandíbula de Sebecus icaeorhinus. (*)

Reconstrucción en vivo de Sebecus icaeorhinus.(*)

Reptil Marino. Entre los depredadores más extraordinarios que habitaron la Patagonia durante el Eoceno se encontraba Sebecus icaeorhinus, un crocodilomorfo terrestre perteneciente a la familia Sebecidae. Esta especie fue descrita en 1937 por el célebre paleontólogo George Gaylord Simpson a partir de restos fósiles hallados en la Formación Sarmiento, en la provincia de Chubut, Argentina. Durante muchos años fue considerada una de las especies más representativas de los sebécidos y uno de los primeros miembros conocidos de este singular grupo de reptiles terrestres. Su rasgo más distintivo era el cráneo. Presentaba un hocico alto, estrecho y comprimido lateralmente, muy diferente al de los cocodrilos actuales. Sus mandíbulas estaban armadas con dientes zifodontes, es decir, comprimidos lateralmente y provistos de bordes aserrados semejantes a los de algunos dinosaurios terópodos carnívoros. Esta dentición especializada estaba perfectamente adaptada para cortar y desgarrar carne, indicando que se trataba de un depredador estrictamente carnívoro. De Sebecus se conservan diversos restos fósiles pertenecientes a un mismo individuo, incluyendo partes de las extremidades, osteodermos y un enorme cráneo. Aunque la ausencia de algunos elementos impide conocer con exactitud sus dimensiones, se estima que alcanzaba entre 6 y 8 metros de longitud. Tradicionalmente se lo interpretó como un depredador terrestre activo, capaz de perseguir presas mediante poderosas extremidades. Probablemente se alimentaba de mamíferos de tamaño mediano y otros vertebrados que habitaban los ecosistemas patagónicos de la época. Sus restos proceden de sedimentos eocenos de la región de Cañadón Hondo y áreas cercanas del actual territorio chubutense. También se reconoce la especie Sebecus huilensis en Colombia, lo que demuestra la amplia distribución geográfica alcanzada por este grupo durante el Paleógeno.


Ayllusuchus fernandezi. Gasparini, 1984.

 

Cráneo parcialmente completo de Ayllusuchus del Eoceno temprano del NOA Argentino. Museo de La Plata.

 

Posible aspecto de Ayllusuchus. (*).

Reptil. Es un género extinto de mesoeucrocodilios perteneciente a la familia Sebecidae. Sus fósiles han sido hallados en estratos de Argentina datados en los inicios del Eoceno. Los sebécidos fueron un grupo de notosuquios que habitaron Sudamérica desde comienzos del Paleoceno hasta mediados del Mioceno, aunque algunos estudios sugieren que ciertas formas pudieron sobrevivir hasta épocas cercanas al límite Mioceno-Plioceno en Brasil. Se caracterizaban por ser depredadores terrestres activos, con hocicos altos y estrechos, cuatro dientes en cada premaxilar y entre diez y once dientes en los maxilares. Entre los grandes depredadores que dominaron los ecosistemas sudamericanos tras la extinción de los dinosaurios se encontraba Ayllusuchus fernandezi, que habitó el actual territorio argentino hace aproximadamente entre 56 y 47 millones de años. Sus fósiles fueron hallados en la Formación Lumbrera, en el noroeste argentino, constituyendo uno de los registros más importantes de los sebécidos tempranos del continente. Aunque inicialmente fue conocido a partir de restos craneanos fragmentarios, estudios posteriores permitieron reconocer que Ayllusuchus representaba una de las formas más primitivas de un linaje de crocodilomorfos terrestres que alcanzaría una notable diversidad durante el Cenozoico. A diferencia de otros sebécidos más derivados, poseía un hocico relativamente más largo y bajo, rasgo que lo distingue dentro de su grupo.


Madtsoia bai. Simpson, 1933

 

 

Restos fósiles  constituido por una gran cantidad de vértebras y costillas articuladas. Cráneo muy completo, encontrados en la Patagonia Argentina. "American Museum of Natural History" in New York. Al lado reconstrucción de Madtsoia. (*)

Ofideo. Durante el Eoceno, el territorio que actualmente ocupa la provincia de Chubut presentaba condiciones ambientales muy diferentes a las actuales. El clima era cálido y húmedo, favoreciendo el desarrollo de bosques subtropicales, extensas áreas pantanosas y abundantes cursos de agua. La presencia de tortugas, cocodrilos y una rica flora fósil, incluyendo palmeras y otras plantas típicas de ambientes lluviosos, confirma estas condiciones. Uno de los primeros registros de serpientes gigantes del Cenozoico patagónico fue dado a conocer por Florentino Ameghino en 1906. Posteriormente, en 1933, George Gaylord Simpson describió nuevos materiales atribuidos al género Madtsoia, un enorme ofidio perteneciente a un grupo extinto de serpientes ampliamente distribuido durante el Cretácico y el Paleógeno. Los fósiles corresponden a un esqueleto incompleto, pero excepcionalmente preservado, compuesto por una serie articulada de vértebras y costillas. Los estudios indican que este gigantesco reptil poseía entre 300 y 400 vértebras y que superaba los 10 metros de longitud en vida, rivalizando con las mayores serpientes actuales. Aunque aún existe debate acerca de si sus hábitos eran predominantemente terrestres o semiacuáticos, es probable que se alimentara de mamíferos notoungulados de tamaño pequeño y mediano, a los que capturaba mediante constricción. Como las boas y anacondas modernas, enrollaría su cuerpo alrededor de la presa hasta inmovilizarla antes de ingerirla. En 1959 se dio a conocer una gran rama mandibular procedente de sedimentos del Paleoceno tardío de Gaiman, al norte del río Chubut, atribuida a este género. Los registros más antiguos vinculados a Madtsoia en Patagonia proceden de localidades como Cañadón Vaca, en el sudoeste de Chubut. Durante el Mioceno coexistieron otros ofidios gigantes en Sudamérica, demostrando que estos grandes depredadores tuvieron una larga historia evolutiva en el continente.


Boidae. Gray, 1825.

   

boidedae boidedae boidedae boidedae boidedae boidedae

  boidedae boidedae boidedae boidedae boidedae

 

Fragmento de vértebra de Boidedae, comparada con un representante actual (en su interior). (*)   Boidedae capturando un notoungulado, por MarMag.2025.

Ofideo. Los boidos o boas (Boidae) constituyen una familia de serpientes constrictoras que matan a sus presas mediante compresión corporal. En 1986, la paleontóloga Adriana Albino descubrió en las colecciones del Museo de La Plata una vértebra de serpiente de tamaño excepcional que había sido catalogada erróneamente como perteneciente a un cocodrilo fósil. El estudio detallado del material reveló que no pertenecía a Madtsoia, sino a un representante fósil de los grandes boideos sudamericanos. La comparación con ejemplares actuales permitió determinar que el fósil correspondía a un individuo juvenil que aún no había alcanzado su tamaño definitivo. Las boas modernas poseen entre 300 y 400 vértebras. Suponiendo una variabilidad semejante para las formas fósiles, se estima que el ejemplar juvenil habría medido entre 5 y 7 metros de longitud, mientras que los adultos podrían haber alcanzado entre 10 y 12 metros, superando incluso algunas estimaciones realizadas para Madtsoia. Probablemente estas enormes serpientes capturaban a sus presas cerca de lagunas, ríos y zonas pantanosas, aprovechando momentos de vulnerabilidad mientras los animales bebían agua o descansaban. Sus restos proceden de niveles correspondientes al Eoceno temprano de Valle Hermoso, en el sudoeste de la provincia de Chubut.


Chubutophis grandis. Albino, 1993.

 

Ofideo. Fue una gigantesca serpiente que vivió durante el Eoceno medio y tardío, hace aproximadamente entre 45 y 38 millones de años. En aquel tiempo, la Patagonia poseía un clima considerablemente más cálido y húmedo que el actual, favoreciendo el desarrollo de bosques, selvas y extensos ambientes ribereños que albergaban una gran diversidad de vertebrados. Este género extinto de boidos es conocido a partir de un conjunto parcial de vértebras procedentes de la Formación Sarmiento, en la provincia de Chubut. Los materiales fósiles sugieren que pertenecían a un individuo juvenil, circunstancia que aumenta aún más la relevancia del hallazgo. Las estimaciones indican que pudo alcanzar longitudes comparables a las atribuidas a Titanoboa, oscilando entre 12 y 15 metros. Si estas cifras son correctas, habría sido una de las mayores serpientes conocidas de todos los tiempos. Como gran constrictora, probablemente ocupaba el papel de superdepredador dentro de su ecosistema. Se alimentaría de una amplia variedad de vertebrados, incluyendo notoungulados, aves y posiblemente jóvenes crocodilomorfos, a los que emboscaba desde las cercanías de ríos y lagos. Su descubrimiento resulta particularmente importante porque aporta información valiosa sobre la evolución temprana de los boidos sudamericanos y demuestra que durante el Paleógeno coexistieron en Patagonia distintos linajes de serpientes gigantes, entre ellos Madtsoia y Chubutophis.


Llanquibatrachus truebae.  Baez y Pugener 2003.

Rana fósil - Confluencia (Neuquén) del Eoceno, Terciario
 
Museo Paleontológico de Bariloche (Río Negro)

Recreación de un anfibio pípido. (*).

Anfibio. Entre los anfibios más interesantes que habitaron la Patagonia durante el Eoceno se encuentra Llankibatrachus truebae, una rana extinta perteneciente a la familia Pipidae, el mismo grupo al que pertenecen actualmente las ranas africanas de uñas (Xenopus). Esta especie vivió hace aproximadamente entre 54 y 47 millones de años en ambientes lacustres y húmedos desarrollados en el norte de la Patagonia argentina. Sus fósiles fueron descubiertos en la Formación Huitrera, cerca de la actual ciudad de San Carlos de Bariloche, en la provincia de Río Negro. Se trata de un anfibio excepcional desde el punto de vista científico, ya que se han encontrado fósiles correspondientes a todas las etapas de su desarrollo larval, incluyendo restos de tejidos blandos. La anatomía de sus extremidades sugiere que se alimentaba filtrando pequeñas partículas en suspensión dentro del agua. Los pípidos carecen de lengua, razón por la cual también reciben el nombre de aglosos. La distribución actual de este grupo entre Sudamérica y África constituye una importante evidencia de las antiguas conexiones biogeográficas entre ambos continentes, ya que los anfibios no toleran el agua marina durante largos períodos. La importancia científica de Llankibatrachus trasciende el descubrimiento de una nueva especie. Sus fósiles representan uno de los registros más completos de anfibios del Paleógeno sudamericano y han permitido comprender mejor la evolución temprana de los pipidos. Además, respaldan la hipótesis de que existieron conexiones geográficas o cadenas de islas que facilitaron el intercambio faunístico entre Sudamérica y África tras la fragmentación de Gondwana.


Patagopipa corsolinii. Aranciaga Rolando et al. 2019.

Esqueleto casi completo de Patagopipa corsolinii. Hallado en la  localidad tipo es Rió Pichileufu: Estancia Don Hipólito, Rió Negro.

Posible aspecto de Pipidae. (*)

Anfibio. Es un género extinto de rana perteneciente a los Pipidae, un grupo de anfibios acuáticos caracterizado por la ausencia de lengua. Sus fósiles fueron descubiertos en la Formación Huitrera, en cercanías del Arroyo Chacal, provincia de Río Negro, en depósitos con una antigüedad cercana a los 50 millones de años. Durante el Eoceno, esta región de la Patagonia poseía un clima mucho más cálido y húmedo que el actual, con abundantes lagos, lagunas y bosques templados donde prosperaban numerosos vertebrados acuáticos. Estos anfibios presentaban un cuerpo aplanado, ojos pequeños, dedos parcialmente palmeados y una piel lisa rica en glándulas. Varias especies poseían dientes en la mandíbula superior y estaban altamente adaptadas a la vida acuática. El ejemplar conocido mide apenas unos 2 centímetros de longitud, pero proporciona información fundamental acerca de la evolución de los pipidos sudamericanos. Su hallazgo permitió reconocer la existencia de un linaje particular denominado Shelaninae, integrado por formas distribuidas en Argentina y Brasil desde el Cretácico hasta el Eoceno. Este descubrimiento demuestra que algunos grupos de anfibios sobrevivieron a la extinción masiva del final del Cretácico y persistieron en América del Sur durante más de 75 millones de años. Su desaparición probablemente estuvo relacionada con el progresivo enfriamiento climático ocurrido durante el Cenozoico tardío, que modificó profundamente los ecosistemas donde estos anfibios prosperaban.


Arminiheringia auceta. Ameghino, 1902.

La mandíbula proviene de un ejemplar encontrado en Chubut. Cráneo del MACN e ilustracion. (*)

Mamífero Marsupial. Entre los grandes depredadores que habitaron Sudamérica durante el Eoceno se encontraba Arminiheringia, un marsupial carnívoro perteneciente al orden Sparassodonta. Vivió hace aproximadamente 50 millones de años y representó uno de los principales depredadores de los ecosistemas sudamericanos, ocupando nichos ecológicos equivalentes a los de los grandes mamíferos carnívoros que evolucionaban simultáneamente en otros continentes. Este animal poseía un cráneo excepcionalmente robusto, provisto de poderosos dientes adaptados al consumo de carne. Sus caninos inferiores eran particularmente llamativos, ya que alcanzaban un gran desarrollo y se proyectaban hacia adelante, una característica poco común entre los mamíferos depredadores. Los premolares y molares muestran claras adaptaciones para desgarrar tejido animal, confirmando una dieta predominantemente carnívora. Su cuerpo era fuerte y robusto, alcanzando aproximadamente 1,8 metros de longitud. Las extremidades eran macizas y el aspecto general del animal recuerda al de un gran oso. Estas características sugieren que se trataba de un depredador poderoso, aunque todavía se desconoce con exactitud la función de sus peculiares caninos inferiores y la estrategia de caza que empleaba. Las arminiheringias muestran ciertas semejanzas con los creodontos, un grupo de mamíferos carnívoros primitivos que evolucionaron en otros continentes. Actualmente se reconocen tres especies dentro del género, siendo Arminiheringia auceta la mejor conocida. Entre los sinónimos históricos propuestos para este taxón se encuentran Arminiheringia cultrata y Dilestes dilobus, ambos descritos por Florentino Ameghino en 1902.


Callistoe vincei. Babot, Powell & Muizon, 2002.

Mariano Magnussen Saffer, junto al fósil de Callistoe vincei, en el Museo de Ciencias Naturales "Miguel Angel Arra" de la Universidad Nacional de Salta.

Reconstrucción paleoartistica del primitivo Callistoe vincei, del Eoceno de la Provincia de Salta, Argentina.Por DeviantArt .

Mamífero Marsupial. Fue un destacado integrante de los Proborhyaenidae, una familia extinta de marsupiales carnívoros pertenecientes al orden Sparassodonta. Este grupo habitó Sudamérica desde el Eoceno hasta el Oligoceno y estuvo integrado por algunos de los mayores metaterios depredadores conocidos. Los proborhiénidos se caracterizaban por poseer cráneos grandes y robustos, mandíbulas poderosas y molares especializados para cortar carne, conocidos como dientes carnasiales. Sus colmillos eran particularmente desarrollados y, en algunos géneros, crecían continuamente durante toda la vida gracias a la presencia de raíces abiertas. Callistoe es conocido a partir de un fósil notablemente completo procedente de la Formación Lumbrera, en la localidad de Pampa Grande, provincia de Salta, Argentina. Alcanzó dimensiones comparables a las de algunos grandes cánidos modernos y ocupó un papel ecológico semejante al de los principales depredadores de América del Norte durante la misma época. Su cráneo alargado, acompañado por un robusto arco cigomático y una poderosa musculatura mandibular, revela una notable capacidad para capturar y procesar presas. Probablemente se alimentaba de mamíferos notoungulados, armadillos primitivos y otros vertebrados que abundaban en los ambientes sudamericanos del Eoceno.


Groeberia minoprioi.  Patterson 1952.

 

Maxilar completo. Ciencia Hoy.

Maxilar y mandíbula. Ciencia Hoy.

Reconstrucción en vivo de Groeberia. M. Sosa.

Mamífero Marsupial. Constituye uno de los mamíferos fósiles más enigmáticos descubiertos en Sudamérica. El género fue descrito en 1952 por el paleontólogo Bryan Patterson a partir de una pequeña mandíbula fósil de apenas un centímetro de longitud procedente de sedimentos eocenos de la provincia de Mendoza.Desde su descubrimiento llamó la atención de la comunidad científica debido a que su anatomía no se parecía claramente a ningún mamífero conocido, ni fósil ni actual. La mandíbula era extraordinariamente corta y alta, presentando cuatro pequeños molares y un gran incisivo anterior. Aunque superficialmente recordaba a los roedores, los estudios posteriores demostraron que se trataba de un marsupial. Actualmente se considera que Groeberia estuvo probablemente emparentado con los cenoléstidos, un grupo de pequeños marsupiales sudamericanos representados en la actualidad por los llamados ratones runchos. Su tamaño era muy reducido, comparable al de una laucha moderna. Lejos de ser un carnívoro especializado o un herbívoro estricto, poseía una dieta oportunista y variada basada en frutos, semillas, hojas tiernas, larvas e insectos. Esta flexibilidad alimentaria probablemente contribuyó a su supervivencia en los diversos ambientes que caracterizaron a Sudamérica durante el Eoceno. Dos especies son reconocidas actualmente: Groeberia minoprioi y Groeberia pattersoni. Ambas proceden de la Formación Divisadero Largo, en la provincia de Mendoza, cuyos sedimentos poseen una antigüedad cercana a los 40 millones de años. La singular combinación de características anatómicas presentes en este género continúa siendo objeto de estudio y lo convierte en uno de los marsupiales más peculiares de la fauna cenozoica sudamericana.


Periphragnis harmeri. Roth 1899.

Cráneo de Periphragnis harmeri del Eoceno de Patagonia. Museo de La Plata. Pata anterior de Periphragnis en el Museo de La Plata. Posible aspecto de Periphragnis (*).

Mamífero Notoungulado. Fue un mamífero ungulado extinto perteneciente a la familia Isotemnidae, considerada una de las más primitivas dentro del orden Notoungulata. Los isotémnidos representan uno de los primeros linajes que dieron origen a los grandes toxodontes sudamericanos y constituyen una etapa fundamental en la evolución temprana de los notoungulados. Vivió durante el Eoceno de Patagonia, hace aproximadamente entre 50 y 40 millones de años, cuando Sudamérica permanecía aislada del resto de los continentes y desarrollaba una fauna de mamíferos única en el mundo. Durante este período, los notoungulados comenzaron una notable diversificación adaptativa que les permitiría convertirse en uno de los grupos de herbívoros más exitosos del continente. Sus extremidades eran fuertes y relativamente largas, semejantes a las de los ungulados primitivos. Las patas eran digitígradas, es decir, el peso corporal recaía principalmente sobre los dedos y no sobre toda la planta del pie. Esta característica le permitía desplazarse con rapidez y eficiencia por terrenos abiertos, facilitando la huida ante posibles depredadores. La cabeza era proporcionalmente grande en relación con el cuerpo y conservaba una dentición completa de 44 dientes, una condición considerada primitiva entre los mamíferos placentarios. Sus dientes poseían coronas bajas o braquiodontas, lo que indica una alimentación basada principalmente en vegetación blanda, como hojas, brotes tiernos, frutos y posiblemente raíces. Los caninos estaban especialmente desarrollados y probablemente eran utilizados para remover el suelo en busca de raíces y tubérculos. Asimismo, pudieron desempeñar funciones defensivas o de exhibición durante enfrentamientos entre individuos de la misma especie. Se estima que Periphragnis alcanzaba un tamaño comparable al de un pequeño ciervo o un jabalí moderno. Su constitución robusta, combinada con extremidades relativamente largas, sugiere que era un corredor ágil capaz de escapar de los depredadores que habitaban los ecosistemas eocenos de Patagonia, entre ellos diversos marsupiales carnívoros y las primeras aves depredadoras de gran tamaño.


Astraponotus assymetrum.  Ameghino, 1901.

 

 Cráneo de Astraponotus assymetrum (*)

 

 Reconstrucción del posible aspecto (*)

Mamífero Astrapotheria. Fue un mamífero extinto perteneciente al grupo de los astrapoterios, uno de los linajes de herbívoros más singulares que evolucionaron en Sudamérica durante el prolongado aislamiento geográfico del continente. Como consecuencia de esta evolución independiente, desarrollaron características anatómicas únicas que no tuvieron equivalentes exactos en otras regiones del mundo. Habitó durante el Oligoceno, hace aproximadamente entre 34 y 23 millones de años. Aunque los restos fósiles recuperados son fragmentarios y no permiten estimar con exactitud sus dimensiones, se considera que fue uno de los representantes de mayor tamaño dentro de su grupo. Era un animal herbívoro que se alimentaba principalmente de raíces, brotes tiernos, hojas acuáticas y vegetación palustre. Habitaba zonas húmedas cercanas a lagunas, ríos y extensos paleopantanos, ambientes donde probablemente pasaba gran parte de su tiempo buscando alimento y refugio. Uno de sus rasgos más distintivos era la presencia de una pequeña trompa muscular y flexible, semejante en función a la de los tapires actuales, aunque posiblemente más desarrollada. Esta estructura le permitía arrancar vegetación, manipular alimentos y explorar el suelo blando de los ambientes pantanosos. Poseía además un par de caninos superiores muy desarrollados que sobresalían de la boca a manera de colmillos. Estas estructuras probablemente cumplían funciones defensivas, de exhibición o de competencia entre individuos de la misma especie. Su cuerpo era robusto y estaba sostenido por extremidades fuertes adaptadas para desplazarse sobre terrenos húmedos y fangosos. Debido a su aspecto general y a ciertas semejanzas ecológicas, algunos paleontólogos consideran que pudo haber ocupado nichos similares a los de los tapires o hipopótamos modernos, aunque no guardaba una relación cercana con ninguno de ellos.


Antarctodon sobrali. Bond et al., 2011.

Molar de Antarctodon sobrali.  (*) Posible aspecto de Antarctodon sobrali.  (*)

Mamífero Astrapotheria. Es un género extinto de mamífero meridiungulado perteneciente a los astrapoterios basales. Vivió durante el Eoceno temprano en lo que actualmente es la isla Seymour, ubicada frente a la Península Antártica. Su hallazgo constituye una importante evidencia de la presencia de estos peculiares mamíferos en la Antártida cuando el continente poseía un clima mucho más templado que el actual. El holotipo y único espécimen conocido consiste en un diente aislado, identificado tentativamente como un cuarto premolar derecho o un primer molar. Fue descubierto en la Formación La Meseta, específicamente en el miembro Cucullaea I Allomember, en el sector occidental de la isla Seymour. El género fue descrito en 2011 por los paleontólogos Mariano Bond, Alejandro Kramarz, Ross D. E. MacPhee y Marcelo Reguero, quienes designaron a Antarctodon sobrali como especie tipo. Como integrante de los astrapoterios, formaba parte de uno de los linajes de mamíferos más singulares de Sudamérica y la Antártida. Estos animales desarrollaron una evolución independiente durante el prolongado aislamiento de los continentes australes, originando formas anatómicas sin equivalentes exactos en otras regiones del mundo. La desaparición de los astrapoterios parece estar vinculada a los cambios climáticos ocurridos durante el Cenozoico. A diferencia de otros grandes herbívoros sudamericanos, nunca desarrollaron adaptaciones eficientes para consumir vegetación fibrosa, como gramíneas y pastos. Por esta razón, fueron especialmente vulnerables al enfriamiento y a la creciente aridez que afectaron primero a la Antártida y posteriormente a la Patagonia. Las evidencias sugieren que dependían de ambientes boscosos y de una elevada disponibilidad de agua. Estas condiciones permitieron que los últimos representantes del grupo sobrevivieran hasta el Mioceno medio en las regiones tropicales del norte de Sudamérica, donde encontraron refugios ecológicos más favorables que los existentes en las latitudes australes.


Notostylops brachycephalus.  Ameghino, 1904.

Esqueleto de Periphragnis (semejante a Nototylops) hallado en La Gran Hondonada, en el MEF.

Cráneo con detalles del maxilar de Notostylops del Eoceno inferior de Patagonia. Museo de La Plata.

Reconstrucción de Notostylops.  (*)

Mamífero Notoungulado. Fue un pequeño mamífero herbívoro perteneciente al orden Notoungulata, uno de los grupos más característicos de la fauna sudamericana. Su nombre significa "columnas traseras" y forma parte de un linaje que evolucionó exclusivamente en Sudamérica durante el prolongado aislamiento geográfico del continente. Esta evolución independiente dio origen a una gran diversidad de mamíferos cuyas características no tienen equivalentes exactos en otras regiones del mundo. Vivió durante el Eoceno, hace aproximadamente entre 56 y 34 millones de años, cuando extensas áreas de Patagonia estaban cubiertas por bosques, selvas y ambientes cálidos que albergaban una fauna muy diferente de la actual. Notostylops es considerado uno de los notoungulados más primitivos y constituye una pieza clave para comprender los primeros pasos evolutivos de este exitoso grupo de herbívoros. Alcanzaba cerca de 75 centímetros de longitud y poseía un cuerpo robusto sostenido por patas relativamente cortas y fuertes. Su tamaño era modesto en comparación con algunos de sus descendientes, que millones de años después llegarían a convertirse en algunos de los mayores herbívoros de Sudamérica. Una de sus características más distintivas era la presencia de grandes incisivos de crecimiento continuo, muy semejantes a los de los roedores actuales. Sin embargo, esta similitud no se debe a un parentesco cercano, sino a un caso de evolución convergente, en el que grupos diferentes desarrollan adaptaciones similares para aprovechar recursos semejantes. Estos dientes afilados le permitían cortar hojas, tallos, brotes tiernos y romper frutos de cáscara dura con gran eficacia. Su dentición indica una dieta principalmente herbívora, basada en vegetación blanda, frutos y diversas plantas de los bosques eocenos. Probablemente complementaba su alimentación con semillas y otras partes vegetales disponibles en su entorno. El cráneo presentaba una región auditiva especialmente desarrollada. Las estructuras del oído medio eran notablemente amplias, lo que sugiere una audición muy sensible. Esta capacidad le habría permitido detectar sonidos a grandes distancias y percibir con rapidez la presencia de posibles depredadores, una ventaja importante en los ecosistemas donde coexistía con marsupiales carnívoros y grandes aves depredadoras.


Didolodus multicuspes. Ameghino, 1897.

 
 (*)    (*)

Mamífero Litopterna. Sus fósiles consisten principalmente en cráneos, mandíbulas y piezas dentarias de tipo bunodonto, adaptadas para triturar vegetación variada. Debido a estas características, se cree que ocupaba un nicho ecológico semejante al de pequeños mamíferos herbívoros actuales. Didolodus pertenece a la familia extinta Didolodontidae. Su clasificación ha sido objeto de debate: tradicionalmente fue considerado un condilartro, aunque algunos investigadores lo relacionan con los primeros notoungulados o incluso con los ancestros de los litopternos. Esta incertidumbre refleja la compleja evolución de los mamíferos sudamericanos durante los inicios del Cenozoico. El género fue nombrado por Florentino Ameghino en 1897 y posteriormente estudiado en detalle por el paleontólogo George Gaylord Simpson durante la primera mitad del siglo XX. Entre las especies reconocidas se encuentra Didolodus minor. Por su posición evolutiva primitiva, Didolodus resulta especialmente importante para comprender el origen y la diversificación de los grandes mamíferos herbívoros que dominarían los ecosistemas sudamericanos durante gran parte de la Era Cenozoica.


Eomorphippus. Ameghino, 1894.

 

Cráneo. Fuente Prensa Conicet.    (*)

Mamífero Notoungulado. Fue un género perteneciente a la familia Notohippidae, un grupo de mamíferos ungulados extintos del orden Notoungulata que habitó Sudamérica durante el Eoceno y el Oligoceno. Los notohípidos formaban parte del superorden Meridiungulata, un conjunto de mamíferos exclusivamente sudamericanos que evolucionó de manera aislada durante millones de años. Estos animales eran cuadrúpedos herbívoros que muestran una interesante transición adaptativa desde ambientes boscosos hacia espacios más abiertos. A medida que evolucionaron, sus extremidades se hicieron más largas y su dentición se especializó progresivamente para consumir pastos, aunque continuaron aprovechando hojas y otros recursos vegetales. El nombre "notohípido" significa "caballo meridional". Durante mucho tiempo se creyó que estos animales podían estar relacionados con los caballos verdaderos; sin embargo, hoy se sabe que las similitudes observadas en la forma del cráneo y de los incisivos son producto de la evolución convergente. Los caballos pertenecen al orden Perissodactyla, mientras que los notohípidos forman parte de un linaje completamente distinto. La evolución de este grupo produjo importantes modificaciones anatómicas. Sus molares se volvieron progresivamente más altos y resistentes al desgaste, cubiertos por gruesas capas de cemento dental. Paralelamente, el cráneo se alargó y aparecieron espacios o diastemas entre incisivos, caninos y molares, una característica común en numerosos herbívoros especializados. Eomorphippus representa una etapa temprana dentro de esta notable radiación evolutiva. Entre los géneros relacionados se encuentran Argyrohippus, Colpodon, Nesohippus, Notohippus, Morphippus, Pampahippus, Rhynchippus y otros integrantes de la familia. El estudio de estos animales permite comprender cómo los mamíferos sudamericanos desarrollaron formas corporales semejantes a las de herbívoros de otros continentes, pese a haber evolucionado de manera independiente.


Trigonostylops wortmani. Ameghino, 1897.

 
Trigononostylops Trigononostylops Trigononostylops Trigononostylops Trigononostylops Trigononostylops
Cráneo de Trigononostylops en el Museo de La Plata.  Posible aspecto en vida de Trigonostylops.  (*)

Mamífero Astrapoteria. Fue un mamífero herbívoro extinto perteneciente al orden Astrapotheria, uno de los grupos más singulares de mamíferos que evolucionaron exclusivamente en Sudamérica. Alcanzaba aproximadamente 1,5 metros de longitud y vivió durante el Eoceno, cuando gran parte de la Patagonia estaba cubierta por bosques húmedos, ríos y extensas zonas pantanosas. El registro fósil de esta especie es relativamente escaso, por lo que los paleontólogos aún no pueden reconstruir con total precisión su apariencia y comportamiento. En la Patagonia argentina se conoce principalmente a partir de un cráneo incompleto y diversas piezas dentarias. Sus dientes eran grandes y de características primitivas, aunque presentan algunas semejanzas con los de astrapoterios más evolucionados, como Astrapotherium. Esto sugiere que Trigonostylops representaba una etapa temprana en la evolución de este importante grupo de mamíferos. Probablemente habitaba ambientes boscosos y zonas cercanas a lagunas y cursos de agua, donde se alimentaba de hojas, brotes tiernos, frutos y posiblemente raíces. Su dentición indica que podía aprovechar una amplia variedad de recursos vegetales. Desde el punto de vista evolutivo, Trigonostylops reviste gran importancia porque constituye uno de los astrapoterios más antiguos y primitivos conocidos. Su estudio ha permitido comprender mejor los orígenes de un linaje que, millones de años después, daría origen a gigantescos herbívoros como Astrapotherium, uno de los mamíferos más impresionantes del Cenozoico sudamericano. Los fósiles de Trigonostylops representan una valiosa evidencia de la rápida diversificación de los mamíferos tras la extinción de los dinosaurios y demuestran que los astrapoterios ya habían comenzado a ocupar importantes nichos ecológicos en Sudamérica desde etapas muy tempranas de su historia evolutiva.


Thomashuxleya externa.  Ameghino, 1901.

 
Thomashuxleya Thomashuxleya Thomashuxleya Thomashuxleya Thomashuxleya Thomashuxleya Thomashuxleya

Cráneo de Thomashuxleya externa.  (*) Reconstrucción en vivo de Thomashuxleya.  (*)

Mamífero Notoungulado. Fue un mamífero herbívoro perteneciente al orden Notoungulata, uno de los grupos de ungulados sudamericanos que alcanzó una notable diversidad debido al prolongado aislamiento geográfico de Sudamérica durante gran parte del Cenozoico. Era un animal robusto que alcanzaba aproximadamente 1,3 metros de longitud. Poseía una cabeza muy grande en relación con el resto del cuerpo y una dentición completa formada por 44 dientes. Sus caninos eran especialmente desarrollados y tenían aspecto de colmillos, lo que posiblemente le permitía remover la tierra en busca de raíces, tubérculos y otros recursos vegetales subterráneos. Las extremidades eran largas y fuertes, características que sugieren una locomoción relativamente ágil para un animal de su tamaño. Aunque probablemente no era un corredor especializado, podía desplazarse con rapidez para recorrer amplias áreas en busca de alimento. Thomashuxleya es uno de los notoungulados mejor conocidos gracias al hallazgo de un esqueleto casi completo. Este ejemplar se encuentra expuesto en el American Museum of Natural History y fue descubierto durante las expediciones Scarritt realizadas en la Patagonia argentina bajo la dirección del destacado paleontólogo George Gaylord Simpson. El género recibió su nombre en honor al célebre biólogo británico Thomas Henry Huxley, reconocido por su defensa de las ideas evolucionistas de Charles Darwin. Thomashuxleya constituye una pieza fundamental para comprender la temprana evolución de los notoungulados y la extraordinaria fauna de mamíferos que caracterizó a Sudamérica durante el Eoceno.


Carodnia cabrerai. Simpson, 1935.

Esqueleto recreado de Carodnia a partir de los pocos restos hallados. Este ejemplar fue presentado en la Universidade Federal de Rio do Janeiro.

Posible aspecto de Carodnia (*).

Mamífero Notoungulado. Fue una especie de mamífero placentario extinto perteneciente al orden Xenungulata, un grupo primitivo de herbívoros sudamericanos integrado dentro del superorden Meridiungulata. Vivió durante el Paleoceno tardío y el Eoceno temprano, cuando Sudamérica permanecía aislada de otros continentes y desarrollaba una fauna única. El género Carodnia incluía animales de gran tamaño para su época. Se estima que alcanzaban aproximadamente 2,2 metros de longitud y un peso cercano a los 170 kilogramos. Poseían un cuerpo robusto y bajo, con extremidades fuertes y característicos colmillos que probablemente utilizaban para defenderse, manipular vegetación o competir con otros individuos. Carodnia era un herbívoro que se alimentaba de hojas, brotes y otras partes blandas de las plantas. Su considerable tamaño lo convertía en uno de los mayores mamíferos terrestres de su ambiente, llegando a ser hasta diez veces más grande que muchos de los herbívoros contemporáneos. Esta ventaja le habría permitido ocupar una posición ecológica privilegiada y reducir el riesgo de depredación. Por convergencia evolutiva, Carodnia desarrolló un aspecto similar al de algunos grandes mamíferos herbívoros de otros continentes, como el pantodonto Coryphodon y los dinoceratos norteamericanos Prodinoceras y Probathyopsis. Sin embargo, estos grupos no estaban estrechamente emparentados, sino que evolucionaron de forma independiente para ocupar nichos ecológicos semejantes. Los fósiles de Carodnia han sido hallados en la Cuenca de Itaboraí, en Brasil, y en diversas localidades de la Patagonia argentina. Mientras que especies como Carodnia feruglioi y Carodnia cabrerai son conocidas principalmente por restos dentales, Carodnia vieirai está representada por materiales mucho más completos, incluyendo mandíbulas, vértebras y numerosos huesos del esqueleto postcraneal. Estos hallazgos han permitido reconstruir con mayor precisión la anatomía y modo de vida de uno de los herbívoros más notables del Paleógeno sudamericano.


Notiolofos regueroi. Gelfo, J; Lopez, G; y Santillana, S. 2017.

 

Molar de Notiolofos regueroi, halad en la Antartida Argentina. Prensa.

 

Aspecto de Notiolofos regueroi. Prensa.

Mamífero Litopterna. Fue un género extinto de mamíferos herbívoros perteneciente al orden Litopterna, uno de los grupos más característicos de la fauna sudamericana del Cenozoico. Vivió durante el Eoceno, hace aproximadamente 50 millones de años, y constituye una importante evidencia de las antiguas conexiones biogeográficas entre Sudamérica y la Antártida. Sus fósiles fueron descubiertos por paleontólogos argentinos en la Isla Marambio, ubicada al este de la Península Antártica. Este hallazgo resultó especialmente significativo porque demuestra que, durante el Eoceno, la Antártida poseía un clima mucho más templado que el actual y estaba cubierta por bosques donde habitaban numerosos vertebrados terrestres. La especie Notiolofos regueroi tenía un tamaño comparable al de una oveja moderna y un peso estimado entre 25 y 50 kilogramos. Se conoce además una especie estrechamente relacionada, Notiolofos arquinotiensis, descrita en 2006, que alcanzaba dimensiones considerablemente mayores y podía superar los 500 kilogramos de peso. Durante el Eoceno existía una conexión terrestre entre Australia, la Antártida y la Patagonia, lo que permitía el intercambio de numerosas especies animales y vegetales entre estas regiones. Gracias a estos corredores biológicos, grupos de mamíferos como los litopternos pudieron dispersarse por amplias áreas del hemisferio sur. Hacia finales del Eoceno, hace aproximadamente 34 millones de años, se produjo un importante cambio climático conocido como límite Eoceno-Oligoceno. Durante este período comenzaron a formarse los primeros grandes casquetes glaciares antárticos, transformando profundamente los ecosistemas y provocando la desaparición de gran parte de la fauna terrestre que habitaba el continente. Los fósiles de Notiolofos constituyen un valioso testimonio de aquella Antártida verde y boscosa que existió millones de años antes de convertirse en el continente helado que conocemos en la actualidad.


Coquenia bondi. Deraco, Powell y López, 2008

 

Restos fósiles de Coquenia bondi, procedentes del Eoceno de Salta. Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de Salta.

  Aspecto de Coquenia bondi (*). del Eoceno de Salta.

Mamífero Notoungulado. Fue un mamífero herbívoro extinto perteneciente al orden Notoungulata y a la familia Leontiniidae. Vivió durante el Eoceno medio en lo que actualmente es el noroeste de Argentina, formando parte de la extraordinaria diversidad de mamíferos que evolucionó de manera aislada en Sudamérica. Este animal es conocido principalmente a partir de restos de cráneo y mandíbula. Aunque no se dispone de un esqueleto completo, los estudios sugieren que poseía una constitución robusta y un tamaño aproximado al de una oveja. Como otros leontínidos primitivos, probablemente se alimentaba de hojas, brotes y vegetación blanda de ambientes boscosos o de sabanas arboladas. La dentición de Coquenia era braquidonta, es decir, de corona baja, característica típica de animales que consumen vegetación relativamente tierna. Sus incisivos tenían aspecto de caninos y presentaban cíngulos bien desarrollados. El segundo incisivo superior era notablemente más grande que los demás, una característica distintiva de la familia Leontiniidae. Los premolares aumentaban progresivamente de tamaño hacia la parte posterior de la mandíbula y poseían estructuras complejas relacionadas con la trituración de los alimentos. Los molares superiores e inferiores presentaban cíngulos y fosetas características, mientras que el tercer molar superior mostraba una expansión particular en su cara lingual. Estas características dentarias resultan fundamentales para identificar la especie y comprender sus relaciones evolutivas. Coquenia representa uno de los miembros más basales de los Leontiniidae, una familia de notoungulados toxodontes que prosperó desde el Eoceno hasta el Mioceno y cuyos integrantes desarrollaron cuerpos robustos y extremidades poderosas. Junto con su pariente Martinmiguelia, Coquenia ayuda a reconstruir las primeras etapas evolutivas de este importante linaje de herbívoros sudamericanos.La especie fue descrita en 2008 a partir de fósiles hallados en la localidad de Pampa Grande, perteneciente a la Formación Lumbrera, en la actual Provincia de Salta. Su descubrimiento aportó información valiosa sobre la temprana diversificación de los notoungulados en el norte de Argentina durante el Eoceno.


Stegotherium tesselatum.

 Ameghino, 1887.  
Stegotherium Stegotherium Stegotherium   Stegotherium Stegotherium Stegotherium

Esqueleto de Stegotherium tesselatum.  (*)

Coraza fosilizada. Ilustrativo (*)

Reconstrucción en vivo. Por MarMag.2025.

Mamífero Xenarthro. Fue un mamífero xenartro extinto que habitó la Patagonia durante el Eoceno temprano. Se trata de uno de los representantes más antiguos conocidos de los cingulados, el grupo que incluye a los armadillos actuales y a los gigantescos gliptodontes que prosperaron durante el Plioceno y el Pleistoceno. Este animal poseía un cráneo notablemente alargado y estrecho, con un hocico prolongado que recuerda al de los osos hormigueros modernos. Sus mandíbulas eran delgadas y especializadas, aunque, a diferencia de los vermilinguos actuales, conservaba algunos dientes rudimentarios. Estas características sugieren una dieta basada principalmente en insectos, especialmente hormigas y termitas, aunque probablemente también consumía otros pequeños invertebrados. La coraza de Stegotherium estaba formada por numerosas placas óseas sueltas, conocidas como osteodermos, que aún no se encontraban completamente fusionadas como en los gliptodontes posteriores. Además, presentaba un sistema pilífero muy desarrollado, con abundante cobertura de pelos asociados a la armadura dérmica, una característica distintiva de los primeros cingulados. Algunos investigadores han sugerido que formas primitivas como Astegotherium y otros cingulados tempranos podrían representar etapas cercanas a los ancestros de Stegotherium. Sin embargo, la evolución inicial de este grupo aún presenta numerosos interrogantes debido a la escasez del registro fósil.


Propalaehophophorus australis. Moreno, 1882.

Parte de coraza y cráneo de Propalaehophophorus en el MEF.

Coraza de Propalaehophophorus.  (*)

Reconstrucción en vivo del primitivo Propalaehophophorus australis.  (*)

Mamífero Xenarthro. Fue un mamífero xenartro perteneciente al grupo de los gliptodontes primitivos que habitó la Patagonia argentina durante el Eoceno medio. Es considerado uno de los representantes más antiguos y basales de este linaje, por lo que su estudio resulta fundamental para comprender el origen y la evolución de los grandes gliptodontes que dominarían los ecosistemas sudamericanos durante el Cenozoico tardío. A diferencia de los gliptodontes más evolucionados, Propalaehoplophorus conservaba varias características primitivas. Su cola aún se asemejaba a la de los armadillos actuales, ya que carecía de los robustos anillos y tubos óseos que formarían posteriormente las características mazas caudales de algunos gliptodontes. La protección de la cola estaba compuesta por pequeñas placas y escamas dérmicas relativamente móviles. La coraza dorsal también mostraba rasgos intermedios entre los armadillos y los gliptodontes más avanzados. En sus regiones laterales inferiores conservaba amplias hendiduras verticales que separaban parcialmente las bandas transversales, otorgándole cierta flexibilidad. Estas estructuras pueden interpretarse como vestigios de las bandas móviles presentes en los armadillos modernos, evidenciando una etapa transicional en la evolución de la armadura corporal.mSu tamaño era relativamente moderado para un gliptodonte, siendo apenas superior al del tatú carreta actual. Aunque estaba lejos de alcanzar las dimensiones de los gigantes pleistocenos, ya poseía muchas de las características que definirían posteriormente al grupo. Propalaehoplophorus constituye una pieza clave para comprender la evolución de los cingulados acorazados. Sus fósiles muestran cómo los primeros gliptodontes surgieron a partir de ancestros semejantes a armadillos, desarrollando progresivamente corazas más rígidas y especializadas que les permitieron convertirse en algunos de los herbívoros más característicos de Sudamérica.


Utaetus buccatus.  Ameghino, 1902.

 
Utaetus Utaetus Utaetus Utaetus Utaetus Utaetus Utaetus Utaetus Utaetus Utaetus Utaetus Utaetus
Osteodermos y rama mandibular de Utaetus. (*)     Aspecto de Utaetus. Por MarMag.2025.

Mamífero Xenarthro. Fue un pequeño mamífero acorazado perteneciente a la familia Dasypodidae, estrechamente relacionado con los armadillos actuales. Habitó la Patagonia durante el Eoceno medio, hace aproximadamente 40 millones de años, formando parte de una de las primeras radiaciones evolutivas de los cingulados sudamericanos. Este género representa un linaje endémico de Sudamérica cuyos orígenes se remontan a formas ancestrales surgidas poco después de la extinción de los dinosaurios. Sus fósiles son relativamente frecuentes en los depósitos eocenos de la provincia de Chubut, lo que ha permitido conocer diversos aspectos de su anatomía y modo de vida. Como los armadillos modernos, Utaetus estaba protegido por una coraza compuesta por placas óseas recubiertas por escudos epidérmicos. Estos osteodermos presentaban ornamentaciones características en su superficie y se encontraban organizados en bandas móviles que otorgaban flexibilidad al caparazón. Gracias a esta estructura, el animal podía desplazarse con agilidad y proteger eficazmente las regiones más vulnerables de su cuerpo. Sus extremidades eran muy similares a las de los armadillos actuales. Los huesos de las patas eran relativamente cortos y robustos, con amplias superficies para la inserción de una musculatura poderosa. Las manos y los pies poseían falanges alargadas rematadas por fuertes garras, adaptadas para excavar el suelo en busca de alimento o refugio. La dentición simple de los cingulados primitivos y la morfología de sus extremidades sugieren que Utaetus tenía una dieta oportunista. Probablemente se alimentaba de insectos, larvas, pequeños invertebrados, raíces y otros recursos disponibles en su entorno. Durante el Eoceno, la Patagonia presentaba un clima más cálido y húmedo que el actual, con extensos bosques, áreas pantanosas y abundantes cursos de agua, ambientes ideales para este tipo de alimentación.


Saltatherium rosaurae. Fernicola et al.

 

Osteodermo de Saltatherium rosaurae.

  Posible aspecto de Saltatherium rosaurae. (*).

Mamífero Xenarthro. Es una especie extinta de armadillo primitivo perteneciente al orden Cingulata. Vivió durante el Eoceno medio, hace aproximadamente entre 40 y 44 millones de años, y constituye uno de los registros más antiguos de este grupo de mamíferos acorazados en el noroeste argentino. Sus fósiles fueron hallados en los niveles basales de la Formación Quebrada de los Colorados, dentro del actual Parque Nacional Los Cardones, en las cercanías de Cachi, provincia de Salta. Este descubrimiento aporta información valiosa sobre la evolución temprana de los cingulados y sobre los ecosistemas que existieron en Sudamérica durante el Paleógeno. El ambiente en el que vivió Saltatherium era muy diferente al paisaje árido que caracteriza actualmente a los Valles Calchaquíes. Durante el Eoceno, la Cordillera de los Andes apenas comenzaba su proceso de elevación, y la región presentaba un clima más cálido y húmedo, con extensos bosques, abundantes cursos de agua y ríos caudalosos que favorecían una gran diversidad de flora y fauna. Como los armadillos modernos, Saltatherium poseía una armadura corporal formada por placas óseas cubiertas por escudos córneos que le brindaban protección frente a los depredadores. Aunque los primeros cingulados presentaban corazas más simples que las de algunas especies posteriores, ya mostraban las características fundamentales que definirían al grupo durante millones de años de evolución. Sus dientes eran cilíndricos, simples y uniformes, carecían de esmalte y poseían raíces abiertas de crecimiento continuo, una adaptación típica de los cingulados. Esta dentición sugiere una dieta compuesta principalmente por insectos, pequeños invertebrados y otros recursos alimenticios de fácil obtención en los ambientes boscosos de la época.


Diochotichus vanbenedeni.  Ameghino, 1894.

Material ilustrativo de un cetáceo del Eoceno (*).

Posible aspecto de Diochotichus (*).

Mamífero Cetáceo. Pertenece al grupo de los Odontocetos, que constituyen a animales con antecesores de origen continental, las cuales evolucionaron y se adaptaron a la vida acuática, aprovechando los huecos en los nichos ecológicos dejados por los grandes reptiles marinos del Mesozoico. Diochotichus vanbenedeni procede de sedimentos de la provincia de Chubut y dado a conocer por Florentino Ameghino. Este interpreto una edad más antigua, como el Eoceno. Hoy se cree por otras evidencias que fue una criatura que vivió en el Mioceno. Los Odontocetos están representados en la actualidad por Cetáceos con dientes (Cachalotes y Delfines), los cuales se han diversificado en numerosas especies y han conquistado prácticamente todos los mares. En las acumulaciones sedimentarias del Eoceno inferior, los Paleontólogos han registrado varios géneros como Prosqualodon, Argyrocetus y Diochotichus. Este último se distingue por el rostro muy alargado, con dientes anteriores de corona cónica y los posteriores comprendidos y bicuspidada. Los nasales se encuentran muy desarrollados, cubriendo gran parte de la fosa nasal. que es una conformación más simple que los Cetáceos recientes.


Cetorhinus sp.  Gunnerus, 1765.

 Fragmento proximal de un barredor de branquias, perteneciente a un tiburón del género Cetorhinus sp. Diente de un representante del género Cetorhinus sp. (*)  Aspecto del género Cetorhinus sp.(*)

Pez Selaceo. Representa uno de los hallazgos más importantes de tiburones fósiles en la Antártida. Su descubrimiento fue dado a conocer en 1998 a partir de restos procedentes de la Formación La Meseta, en la Isla Seymour (Marambio), y constituye uno de los registros más antiguos conocidos de un tiburón estrechamente relacionado con el actual tiburón peregrino. Este enorme seláceo vivió en los mares australes durante el Eoceno, hace aproximadamente entre 30 y 45 millones de años. Cuando fue descrito, se consideró el registro más antiguo conocido para el grupo, superando en antigüedad a los fósiles previamente hallados en depósitos europeos del Oligoceno. El hallazgo de Cetorhinus en la Antártida proporciona una importante evidencia de que las temperaturas oceánicas durante el Eoceno eran considerablemente más elevadas que las actuales. En aquella época, tanto la Antártida como la Patagonia estaban cubiertas por bosques templados y subtropicales, con una fauna que incluía reptiles de gran tamaño, aves, mamíferos primitivos y una abundante diversidad marina. Aunque se conoce principalmente por restos aislados, se estima que este tiburón pudo superar los 10 metros de longitud. Al igual que el tiburón peregrino moderno, probablemente era un gigante pacífico que se alimentaba mediante filtración. Su dieta estaba compuesta principalmente por pequeños crustáceos, larvas y otros organismos planctónicos que quedaban retenidos en sus largas espinas branquiales mientras nadaba con la boca abierta. Los estratos de la Formación La Meseta han proporcionado una extraordinaria riqueza paleontológica. Además de Cetorhinus, se han recuperado miles de dientes pertenecientes a más de veinte especies de tiburones, junto con restos de rayas, peces óseos, moluscos, cangrejos, tortugas marinas, pingüinos y cetáceos primitivos. Todos estos organismos formaban parte de un ecosistema marino altamente diverso que prosperó antes del enfriamiento global que marcó el final del Eoceno. El registro de Cetorhinus en la Antártida constituye la evidencia más antigua conocida de un tiburón peregrino en el hemisferio sur y aporta información fundamental para comprender la evolución y dispersión de los grandes tiburones filtradores a lo largo de la historia geológica.


Carcharias s.p. Rafinesque, 1810.

 

Dientes de Carcharias sp. Eoceno de la Antartida.

 

Aspecto del Tiburón Eoceno del genero Carcharias (*).

Pez Selaceo. Fue uno de los tiburones que habitó los mares que rodeaban la Antártida durante el Eoceno. Sus restos fósiles, representados principalmente por dientes aislados, han sido recuperados en sedimentos de la Formación La Meseta, expuestos en la Isla Seymour (Marambio), cuando el continente antártico presentaba condiciones climáticas mucho más cálidas y templadas que las actuales. Numerosos ejemplares fueron recolectados durante campañas paleontológicas realizadas por investigadores del Museo de La Plata. Estos hallazgos constituyen una valiosa evidencia de la rica diversidad de seláceos que habitaban los mares australes hace más de 40 millones de años. El género Carcharias pertenece al orden Lamniformes y está representado actualmente por el tiburón toro o tiburón nodriza gris, un depredador que vive en aguas templadas y cálidas de gran parte de los océanos del mundo. Sus representantes modernos frecuentan fondos arenosos, arrecifes y zonas costeras, hábitos que probablemente también caracterizaron a sus ancestros eocenos. Como los ejemplares actuales, los individuos fósiles de Carcharias habrían sido depredadores oportunistas que se alimentaban de peces, rayas, pequeños tiburones, tortugas marinas e incluso mamíferos marinos juveniles. Su dentición, adaptada para sujetar presas resbaladizas, refleja una estrategia de caza activa en ambientes marinos costeros. Los estudios paleontológicos indican que durante el Mioceno y parte del Plioceno el género tuvo una distribución más amplia que la actual, alcanzando sectores de la costa pacífica de Sudamérica donde hoy se encuentra ausente. Su desaparición de estas regiones pudo estar relacionada con el enfriamiento climático ocurrido entre el Plioceno y el Pleistoceno, la reducción de las plataformas continentales y los cambios en las corrientes oceánicas asociados a la formación del istmo de Panamá. La Formación La Meseta ha proporcionado una extraordinaria diversidad de tiburones fósiles. Entre los géneros registrados se encuentran Carcharias, Carcharocles, Isurus, Odontaspis, Pristiophorus, Squalus, Squatina y Anomotodon, entre otros. Este conjunto faunístico demuestra que los mares antárticos del Eoceno sustentaban ecosistemas complejos y productivos, muy distintos de los ambientes polares actuales.


Basilosaurinae. Miller,1923.

Mamífero Arqueoceto. El fósil de una ballena que vivió hace 49 millones de años fue hallado por científicos del CONICET y del Instituto Antártico en la isla Marambio, cerca del mar de Weddell, informó este martes la Dirección Nacional del Antártico, que presentó el espécimen único. El ejemplar de "Arqueoceto Antártico", encontrado al noreste de la Península Antártica, es el fósil más antiguo de ballena primitiva en todo el mundo, y el primero localizado en la Antártida Argentina. Cincuenta millones de años atrás “tampoco estaba la comunicación del Pacífico y el Atlántico”, por donde pasa la helada corriente circumpolar antártica.  Este "arqueoceto" antártico pertenece al grupo Basilosauridae, del que se originaron todos los cetáceos actuales. Las "ballenas semiacuáticas" -que son los Protocetidae, con cuatro patas desarrolladas- se registran en la región Indo-Pakistán hace 53 millones de años; en tanto, el "arqueoceto" antártico tiene 49 millones de años y es acuático totalmente. Esto indica que experimentaron una evolución mucho más rápida de lo que se pensaba y también se distribuyeron rápidamente en los mares australes.  Durante la misma campaña de verano en la Antártida Argentina, en febrero pasado, otro grupo de paleontólogos de vertebrados, que hizo trabajos de campo en Caleta Santa Marta, en la isla James Ross, extrajo restos de un dinosaurio sauropodomorfa que se caracteriza por presentar un largo cuello y una pequeña cabeza. Los trabajos de campo en la isla Ross fueron hechos por Juan José Moly -Museo de La Plata-, Ariana Carabajal -CONICET y Museo Carmen Funes, Plaza Huincul- e Ignacio Cerda -CONICET e INIBIOMA, Neuquén-. Los dos equipos trabajaron desde un campamento y se exploraron diferentes unidades de la formación La Meseta, particularmente en dos que están datadas en 49 y 34 millones de años respectivamente.


Proterocarcinus latus. Glaessner 1933.

 

Fósil del cangrejo marino Proterocarcinus latus..

 

Aspecto en ida de Proterocarcinus latus.

Crustáceo. Decapodo. Fue una especie de cangrejo marino extinto que habitó las costas de la Patagonia durante el Eoceno. Fue descrito originalmente por Glaessner en 1933 y constituye uno de los crustáceos fósiles más representativos del Cenozoico temprano de Sudamérica. Sus restos han sido hallados en diversos depósitos marinos de Argentina y Chile, lo que indica que tuvo una amplia distribución en los mares australes de la época. Este cangrejo pertenecía al grupo de los braquiuros, caracterizados por poseer un caparazón ancho y aplanado, un abdomen reducido plegado bajo el cuerpo y un par de pinzas bien desarrolladas. Su caparazón presentaba una forma subhexagonal, con relieves y surcos marcados que le otorgaban rigidez y protección frente a los depredadores. Diversos estudios sugieren que estaba relacionado con los antepasados de algunos cangrejos nadadores modernos. Durante el Eoceno, gran parte de la Patagonia se encontraba cubierta por mares poco profundos y relativamente cálidos, muy diferentes de las frías aguas que actualmente bañan la región. En estos ambientes costeros prosperaba una abundante fauna marina compuesta por moluscos, equinodermos, peces cartilaginosos y numerosos crustáceos. Proterocarcinus formaba parte de estos ecosistemas, desplazándose sobre el fondo marino en busca de alimento. Probablemente era un animal oportunista y omnívoro, alimentándose de pequeños invertebrados, restos orgánicos y organismos bentónicos que encontraba en el sedimento. Sus robustas pinzas le habrían permitido manipular presas, romper caparazones y excavar parcialmente en fondos arenosos o fangosos. Desde el punto de vista evolutivo, Proterocarcinus latus posee una gran importancia científica. Su estudio ha permitido comprender mejor las relaciones entre diversos grupos de cangrejos fósiles y modernos. Algunos investigadores consideran que representa una forma primitiva cercana al origen de ciertos linajes de cangrejos nadadores, lo que lo convierte en un fósil clave para reconstruir la evolución de los braquiuros en el hemisferio sur Además, el género a la subfamilia Polybiinae. El miembro más antiguo conocido de la familia Geryonidae, Chaceon peruvianus (d'Orbigny, 1842), también se encuentra en el sur de Argentina, en rocas del Eoceno medio de la Formación Centinela. Anteriormente se pensaba que esta especie era de edad miocena, pero trabajos recientes indican que estas rocas corresponden al Eoceno medio.


Catogenus punctatus. Ramírez, et al, 2016.

Fósil de Catogenus punctatus del Museo Dr. Rosendo Pascual del lago Gutiérrez en Bariloche. Imagen de prensa.

Aspecto de un Passandridae. Imagen ilustrativa. (*).

Insecto, Coleóptero. Se dio a conocer el hallazgo de un insecto fosilizado, un escarabajo de 11,75 milímetros único en el mundo, cerca de Pilcaniyeu (provincia de Río Negro), que tiene una antigüedad de 47,5 millones de años. Catogenus punctatus sp. nov. es la primera especie fósil de la familia Passandridae (Coleoptera: Cucujoidea) descripta en el mundo. Su descubridor es el paleontólogo Julián Corsolini, director del Museo Dr. Rosendo Pascual del lago Gutiérrez en Bariloche, y la investigación de sus características más la publicación del trabajo científico, la realizó junto al biólogo Leonardo Ramírez del Centro Austral de Investigaciones Científicas de Ushuaia, y al biólogo recientemente fallecido Osvaldo Di Iorio de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. Es la primera vez que se encuentra en el mundo esta especie y fue encontrado en el mismo lugar donde se halló la flor más vieja del mundo. En el mismo estrato se encontraron hojas y arañas fosilizadas. El material procede de Pilcaniyeu, de la estancia Don Hipólito, a unos 60 km de Bariloche. Con respecto a la paleoecología o paleoambiente, tanto los insectos como las hojas y la interacción entre ellos nos puede decir mucho, en ese caso el ambiente tenía una temperatura entre 19 y 25 grados, era subtropical, y eso nos puede dar pautas de dónde estaba el Ecuador, si estaba donde está hoy o más abajo, cómo estaban los polos.


Curculionidae. Latreille, 1802

Laja con escarabajo de la familia Curculionoidea, hallado en  Confluencia en Neuquén.  Museo Paleontológico de Bariloche.

Aspecto de un escarabajo de la familia Curculionoidea. (*).

Insecto, Coleoptera. Son una superfamilia de coleópteros herbívoros del infraorden Cucujiformia, La mayoría tienen la cabeza alargada y se alimentan de materia vegetal diversa. La característica morfológica más notable, no siempre evidente, es la prolongación de la cabeza en un proceso alargado, llamado rostro o probóscide, que en la terminología común es a menudo denominado pico o trompa. El rostro puede ser desde muy corto e indistinguible hasta muy largo y estrecho. En el ápice del rostro se articulan los apéndices del aparato bucal masticador y a los lados las antenas. Mayormente fitófagos estrictos, pudiendo alimentarse específicamente de tallos, hojas, raíces, frutos, etc., de casi cualquier tipo de plantas, terrestres o de agua dulce. Se ha demostrado que la radiación evolutiva de especies de gorgojos generalmente ha seguido los pasos a la evolución de las plantas de las que ellos se alimentan. Una filogenia de las familias de Curculionoidea basada en datos de secuencia de ADN ribosómico 18S y de morfología. Interesantes fósiles fueron encontrados en distintas partes de Argentina, como en las provincias de Salta, Jujuy y Catamarca, pero los más interesantes y completos fueron recuperados en la Laguna del Hunco, Chubut y en sedimentos de Confluencia en Neuquén.  


Acanthocephalonotum martinsnetoi. Petrulevicius & Popov, 2014.

 

Fósil de Acanthocephalonotum martinsnetoi del Museo de la Asociación Paleontológica Bariloche San Carlos de Bariloche. Arriba, un Heteroptero actual que guarda cierta semejanza.

Insecta, Heteroptera. Es una especie extinta de insecto perteneciente al orden Hemiptera y a la familia Pentatomidae, dentro de la subfamilia Discocephalinae. Sus fósiles fueron hallados en los célebres depósitos de Río Pichileufú, en la provincia de Río Negro, Argentina, y datan del Eoceno medio, hace aproximadamente 47 millones de años. Esta especie reviste una gran importancia científica, ya que constituye el primer representante fósil conocido de la subfamilia Discocephalinae. En la actualidad, los integrantes de este grupo habitan principalmente regiones tropicales y subtropicales de América, aunque algunas especies alcanzan zonas templadas cálidas. Su presencia en la Patagonia eocena indica que la región poseía entonces condiciones climáticas mucho más cálidas y húmedas que las actuales. El fósil se encuentra depositado en el Museo Asociación Paleontológica Bariloche, en la ciudad de San Carlos de Bariloche, donde forma parte de una importante colección de organismos fósiles que permiten reconstruir los ecosistemas patagónicos del Paleógeno. Como otros hemípteros, Acanthocephalonotum poseía un aparato bucal adaptado para perforar tejidos vegetales y succionar líquidos. Probablemente se alimentaba de savia, frutos o estructuras tiernas de las plantas que crecían en los bosques subtropicales que cubrían amplias regiones de la Patagonia durante el Eoceno. Los hemípteros, conocidos comúnmente como chinches, presentan una característica distintiva en sus alas anteriores. En la mayoría de las especies estas se encuentran parcialmente endurecidas, formando estructuras denominadas hemiélitros, en las cuales la región basal es rígida mientras que la porción distal permanece membranosa. Esta adaptación proporciona protección sin comprometer la capacidad de vuelo. Por el contrario, los miembros del infraorden más primitivo Enicocephalomorpha conservan alas completamente membranosas. El descubrimiento de Acanthocephalonotum martinsnetoi aporta información valiosa sobre la evolución temprana de los pentatómidos y demuestra que grupos actualmente asociados a climas cálidos ya formaban parte de los ecosistemas patagónicos hace millones de años. Asimismo, constituye una evidencia adicional de la extraordinaria biodiversidad que caracterizó a los bosques eocenos de Sudamérica.


Archimyrmex piatnitzkyi. Viana & Haedo Rossi, 1957.

Ejemplar de Archimyrmex smekalii y otros dos de Archimyrmex piatnitzkyi, de a colección del Museo Paleontológico Bariloche, San Carlos de Bariloche. Obtenidos de su Facebook.

Insecta, Formicidae. Es una especie extinta de hormiga perteneciente a la familia Formicidae y constituye uno de los hallazgos más importantes para el estudio de la evolución temprana de estos insectos en Sudamérica. Sus fósiles representan el primer registro conocido de hormigas en el continente sudamericano y proceden de depósitos del Eoceno temprano, con una antigüedad aproximada de 55 millones de años. Los materiales fósiles fueron hallados en las localidades de Pichileufú (Río Negro), Pampa de Jones y Confluencia (Neuquén), así como en Laguna del Hunco (Chubut), y forman parte de las colecciones del Museo Paleontológico Bariloche, en San Carlos de Bariloche. Estos yacimientos son reconocidos internacionalmente por la extraordinaria preservación de insectos, plantas y otros organismos que habitaron los antiguos bosques subtropicales de la Patagonia. La excelente conservación de algunos ejemplares permitió observar detalles anatómicos fundamentales, como las alas y la característica constricción entre el tórax y el abdomen, conocida como pecíolo. Estas características hicieron posible la identificación de nuevas especies dentro del género fósil Archimyrmex, perteneciente a la subfamilia Myrmeciinae, un grupo considerado relativamente primitivo dentro de la evolución de las hormigas. Las hormigas evolucionaron a partir de antepasados similares a las avispas durante el Cretácico medio, hace entre 110 y 130 millones de años. Su diversificación estuvo estrechamente relacionada con la expansión de las plantas con flores, que transformaron profundamente los ecosistemas terrestres y generaron nuevas oportunidades ecológicas para numerosos grupos de insectos. Como las hormigas actuales, Archimyrmex poseía antenas acodadas y un cuerpo dividido en tres regiones principales unidas por una estrecha cintura. Estas adaptaciones favorecieron una gran movilidad y una compleja organización social, características que contribuyeron al éxito evolutivo de las hormigas a escala global. Además de Archimyrmex piatnitzkyi, se ha reconocido otra especie dentro del género, Archimyrmex smekalii, lo que indica que estos insectos ya presentaban una diversidad considerable en los ecosistemas patagónicos del Eoceno. En la literatura científica, algunos ejemplares relacionados también fueron mencionados bajo los nombres Ameghinoia (Viana y Haedo Rossi, 1957) y Polanskiella (Rossi de García, 1983), aunque revisiones posteriores permitieron aclarar mejor sus relaciones taxonómicas.


Anisoptera. Selys, 1854.

 

Larvas de libélulas fósiles, del Eoceno de la zona del Río Pichileufu. Museo Paleontológico de Bariloche.

 

Posible aspecto de las libélulas del Eoceno patagonico. (*).

Arthropoda, Odonata. Durante el Eoceno de la Patagonia Argentina se observa una gran variedad de insectos, los cuales llegan a nuestros días convertidos en fósiles. Entre ellos podemos encontrar larvas del Infraorden Anisoptera, una especie de libélula que vivió en la actual zona del Río Pichileufu, próximo a la ciudad de San Carlos de Bariloche, donde el Museo Paleontológico de esa ciudad a colectado una gran muestra de distintos insectos y otros invertebrados. Los Anisoptera son paleópteros, es decir, insectos que no pueden plegar las alas sobre el abdomen. Se caracterizan por sus grandes ojos multifacetados, sus dos pares de fuertes alas transparentes y por su abdomen alargado. Se alimentan de mosquitos y otros pequeños insectos como moscas, abejas, mariposas y polillas. Su hábitat natural se encuentra en las cercanías de lagos, charcos, ríos y tierras pantanosas, ya que sus ninfas son acuáticas.


Huncoaeshna corrugata. Petrulevicius et al. 2010.

 

 Ala de Huncoaeshna corrugata, una libélula que vivió en la Laguna del Hunco, en la Provincia del Chubut. Foto MEF.

 

 Aspecto de Huncoaeshna corrugata (*):

Arthropoda, Odonata. Los ésnidos (Aeshnidae) son una familia odonatos anisópteros; incluye las libélulas más grandes. Los adultos tienen cuatro grandes y delicadas pero potentes alas que les permiten volar durante mucho tiempo sin agotarse. Sus alas están siempre extendidas horizontalmente, y les permiten volar en cualquier dirección. Su abdomen es largo y delgado. Tienen ojos compuestos hemisféricos de gran tamaño, que les permiten una excelente visión. Son voraces predadores que usan las partes afiladas de su boca para cazar y alimentarse. Este delicado fósil es el ala de Huncoaeshna corrugata, una libélula que vivió en la Laguna del Hunco, en la Provincia del Chubut durante el Eoceno hace unos 52 millones de años. Las libélulas se aparean durante el vuelo, y depositan los huevos en el agua o cerca de ella. Se alimentan de otros insectos o incluso pequeños peces. Son extremadamente difíciles de capturar debido a su gran velocidad y manejo en el vuelo y a su excelente visión pero seguramente fue el alimento de aves y pequeños mamíferos del Eoceno de la Patagonia Argentina.


Raiguenrayun cura.  Barreda. et al. 2012.

Fósil de Raiguenrayun cura, en el Museo Paleontológico de la Ciudad de Bariloche, Provincia Rió Negro.

 Imagen ilustrativa. (*)

Paleobotanica. El fósil de la flor margarita más antiguo del mundo, que data de unos 47 millones de años, fue hallado cerca de la turística ciudad argentina de Bariloche. También se hallaron restos de granos de polen. No hay registro de que supere su antigüedad hasta ahora en el mundo. El hallazgo se hizo en 2008 y, después de las investigaciones de laboratorio que determinaron su origen y antigüedad, corroboradas por un equipo de científicos argentinos y suecos, fue publicado en la más reciente edición de la prestigiosa revista científica Science. El hallazgo es muy llamativo porque la flor es un material que casi no deja registros fósiles. Normalmente se desintegran. Pero además, estaba en muy buen estado de conservación. Posiblemente, desde América del Sur, los primeros representantes de esta familia migraron primero hacia otros continentes y luego hacia el resto del mundo.


Solanaceae. Jussieu, 1789.

 

Fósil de Solanaceae de la Patagonia Argentina.   Aspecto de Solanaceae (*).

Paleobotanica. Son una familia de plantas herbáceas o leñosas con las hojas alternas, simples y sin estípulas pertenecientes al orden Solanales, de las dicotiledóneas. Pueden presentar una agregación basal o terminal de hojas o pueden no tener ninguno de ambos tipos. Las hojas son generalmente alternas o alternadas a opuestas (o sea, alternas en la base de la planta y opuestas hacia la inflorescencia). La consistencia de las hojas puede ser herbácea, coriácea, o pueden estar transformadas en espinas. En general las hojas son pecioladas o subsésiles, raramente sésiles. La historia del origen de esta familia es en gran parte desconocida ya que hasta ahora, solamente se habían encontrado algunas semillas. Los científicos dicen que los orígenes de esta clase de fruto se remontan decenas de millones de años, mucho más de lo que se pensaba anteriormente. La planta, un tipo de Physalis, se encontró en una selva fosilizada en la Patagonia. Pertenece a la Solanaceae, o hierba mora, familia de plantas con flores, que incluye cultivos, tabaco, plantas medicinales y flores de jardín como la petunia. Tienen cáscaras parecidas a los farolillos de papel que crecen alrededor de carnosas y a menudo comestibles bayas. Previamente se pensó que los tomatillos y las Physalis evolucionaron más recientemente alrededor del tiempo en el que la cordillera de los Andes se levantó. Hace unos 50 millones de años, Sudamérica estaba más cerca de la Antártida y Australia de lo que está hoy y la temperatura del mundo también era mucho más elevada. Los investigadores creen que el área producirá muchos más descubrimientos de plantas fósiles. Los descubrimientos paleobotánicos en la Patagonia probablemente están destinados a revolucionar algunas visiones tradicionales sobre el origen y la evolución del reino vegetal.


Ceratopetalum edgardoromeroi. Gandolfo, M. y Hermsen, E. 2017.

 

Ceratopetallum edgardoromeroi, del Eoceno de Chubut. Prensa.  

Aspecto de Ceratopetallum (*).

Paleobotanica. Recientemente acaba de darse a conocer los resultados de un estudio realizado por paleobotánicas de Argentina y Estados Unidos, sobre el fósil de una flor madura (en realidad un fruto seco) que, con sus cinco tépalos leñosos a modo de hélice, habría tenido una estrategia similar para dispersar sus semillas. Estos fósiles tienen una antigüedad de 50 millones de años, y fueron  hallados en el noroeste de Chubut. El fósil corresponde a la familia de las Cunoniáceas, cuya distribución actual incluye Sudamérica y otras regiones distantes del Hemisferio Sur. Algunos representantes actuales de esta familia en Patagonia incluyen la Tiaca y el Tineo que crecen en zonas muy húmedas a ambos lados de la Cordillera de los Andes. El estudio reveló que el fósil corresponde a un grupo de Cunoniáceas que actualmente crece solo en Oceanía denominado Ceratopetallum (por tener flores con pétalos en forma de astas de ciervo). Este nuevo hallazgo corresponde al registro más antiguo para este grupo y al único registro fósil del mismo fuera de Oceanía. A su vez, es un nuevo aporte a la evidencia de la conexión terrestre entre Patagonia y Oceanía, a través de la península Antártica, para ese momento de tiempo. Del ensamble de toda esta información  fue posible deducir que entre 50 a 60 millones de años atrás la Patagonia gozó de climas tropicales y húmedos. Posteriormente tuvo lugar la desconexión terrestre entre Patagonia y Península Antártica lo cual permitió establecer una nueva corriente marina que rodea el continente antártico (incluso hasta nuestros días) y cuyo accionar generó el aislamiento de las temperaturas entre el polo y el ecuador.


Ginkgoites patagonica. Villar de Seoane et al. 2015.

 

Ejemplar recuperado en Chubut. MEF.

   

Paleobotanica. Están representados en la actualidad por una sola especie, Ginkgo biloba, ampliamente cultivada en todo el mundo. Son y fueron vegetales arbóreos con hojas características por su forma como abanico y con las venas divididas en horqueta (dicotómicas). Son dioicas, es decir órganos sexuales están en individuos separados, los poliníferos en los masculinos y los ovulíferos en los femeninos. Los óvulos son, en la especie actual, simples pedunculados. Su historia geológica se remonta a la era paleozoica con el hallazgo de diferentes tipos foliares similares a los actuales o mesozoicos, también referidos a la clase. En el Eoceno de la Patagonia, se han encontrado importantes restos de este grupo, con especimenes fértiles, portadores de numerosos óvulos dispuestos en forma compacta (tipo estróbilo) y que se describieron como género Karkenia. Es interesante destacar que en Patagonia encontramos también formas paleozoicas con fructificaciones que han sido referidas al grupo como posible stock ancestral de los linajes mesozoicos.


Papuacedrus prechilensis. Peter Wilf et al, 2009.

 

Fósil de Papuacedrus prechilensis del Eoceno de Río Pichileufú, en la provincia de Rió Negro. Colección MEF.

 

Posible aspecto en vida. (*):

Paleobotanica. Investigadores estadounidenses y argentinos han descubierto y analizado abundantes especímenes fosilizados de una conífera conocida anteriormente como Libocedrus prechilensis y encontrados en la Patagonia argentina. Este vegetal fue descrito por primera vez en 1938, sobre la base de un fósil cuyas características parecían coincidir más estrechamente con las de una conífera actual cuyo nombre científico es Austrocedrus (Libocedrus) chilensis. Sin embargo, numerosas características de las hojas, incluyendo su forma distintiva y la configuración de sus estomas, así como otros detalles de los nuevos especímenes descubiertos, encajan a la perfección con las típicas del actual género Papuacedrus, estrechamente emparentado, y que hoy en día sólo está presente en Nueva Guinea y las Islas Molucas. Basándose en los especímenes fósiles recién descubiertos, de hace 52 y 47 millones de años, se han reclasificado la especie fósil, catalogándola dentro del género Papuacedrus, bajo el nuevo nombre de Papuacedrus prechilensis. Una de las deducciones más importantes que los científicos han hecho a raíz de esta nueva catalogación es que, puesto que el género Papuacedrus suele hallarse en hábitats tropicales montañosos y está limitado fisiológicamente a los climas sumamente húmedos, en el Eoceno la Patagonia tuvo que ser un lugar tropical cálido y húmedo, como ya han sugerido otros indicios encontrados en estudios anteriores, y no una estepa fría y seca como lo es hoy en su mayor parte.


Castanopsis sp. Raf, 1838.

 

Fósil de Castanopsis sp del Eoceno de Patagonia.

 

Aspecto de la planta de la familia de las fagaceas.

Paleobotanica. En la Patagonia Argentina, se halló el primer registro fósil de este género de plantas de la familia de las fagaceas en el hemisferio sur. El descubrimiento contó con la participación de un investigador del CONICET y fue publicado en Science. Hace dos décadas, un equipo de investigación conformado por geólogos y paleontólogos del CONICET en el Museo Egidio Feruglio y de la Pennsylvania State University, iniciaron un proyecto conjunto con el objetivo de poder estudiar y poner en valor el sitio de Laguna del Hunco, un yacimiento de plantas fósiles de unos 52 millones de años (Eoceno temprano) ubicado al noroeste de la provincia del Chubut, que si bien era conocido desde los años ’20 del siglo pasado, hasta el momento no había sido todavía suficientemente explorado. Durante los últimos 20 años, este equipo de investigadores dio a conocer una serie hallazgos de valiosos materiales fósiles (fundamentalmente de vegetales) que los condujo a establecer la hipótesis de que la descendencia de la flora que vivía en Patagonia hace 52 millones de años, sobrevive hoy en día en los bosques de sudeste asiático y el noreste de Australia, particularmente en la región biogeográfica conocida como Australasia. Durante el Eoceno, estas dos regiones, hoy distantes, se encontraban unidas a través del continente Antártico (millones de años antes de que se cubriera de hielo), que pudo oficiar de puente continental para el flujo de plantas y animales entre ambas áreas. Si bien el cambio drástico del clima que experimentó la Patagonia, que en ese momento era tropical o subtropical, fundamentalmente como consecuencia del ascenso de la Cordillera de los Andes y la separación de Sudamérica de la península Antártica -que llevó a que las corrientes frías provenientes de la Antártida ascendieran por el Atlántico Sur- hizo que muchos grupos de plantas y animales desaparecieran, en la zona australásica pudieron sobrevivir debido a que las condiciones climáticas se mantuvieron constantes durante todo este tiempo. El hallazgo reciente de restos fósiles de plantas del género Castanopsis (de la familia de las fagaceas) en Laguna del Hunco, permite reconfirmar una vez más la hipótesis de que antiguamente existió un tránsito migratorio de especies vegetales entre la Patagonia y Australasia.


Leptochiton sp. Gray, 1847.

 

Fósil del molusco Leptochiton sp. hallado en el Eoceno de la Antártica Argentina. Tomado de los autores.

 

Posible aspecto de  Leptochiton (*).

Invertebrado – Molusco. Es un género del  primer molusco poliplacóforo fósil registrado en la Antártida, en la Formación La Meseta, en la isla Marambio. Este pequeño ejemplar de excelente preservación está totalmente articulado con sus ocho valvas imbricadas y es similar a especies actuales australes de América del Sur y Antártida, como Leptochiton medinae. Es un ejemplar de excelente preservación, totalmente articulado, adherido a una valva ventral de braquiópodo, con sus ocho valvas imbricadas y asociado con abundantes briozoarios, braquiópodos, serpúlidos, crinoideos y escasos bivalvos y asteroideos. La anatomía de los poliplacóforos aparece simplificada respecto a otros moluscos. Tienen una cabeza indiscernible carente de tentáculos y de ojos. En ella se abre la boca, dotada de una rádula cubierta por filas de dientecillos. En la superficie inferior se encuentra el pie musculado por cuyos movimientos se deslizan lentamente. La mayoría de estos moluscos son herbívoros ramoneadores de algas. Habitan sustratos rocosos en la línea de la costa, incluida la zona intermareal, con una ecología semejante a la de las lapas, aunque también se conocen especies de aguas profundas, sobre todo en las latitudes más frías. El ejemplar depositado en las colecciones paleontológicas del Centro Austral de Investigaciones Científicas.


 

 

 


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Bibliografía Sugerida:

Ameghino, F. 1897. Mammifères crétacés de l'Argentine. (Deuxième contribution à la connaissance de la faune mammalogique des couches à Pyrotherium). Boletín del Instituto Geográfico Argentino 18: 405-521.

Ameghino F, 1891, ‘Nuevos restos de mamíferos fósiles descubiertos por Carlos Ameghino en el Eoceno inferior de la Patagonia austral. Especies nuevas, adiciones y correcciones’, Revista Argentina de Historia Natural, 1: 289-328.

Bellosi, E.S. y Genise, J.F. 2004. Insect trace fossils from paleosols of the Sarmiento Formation (Middle Eocene-Lower Miocene) at Gran Barranca (Chubut Province). First International Congress on Ichnology (Trelew), Fieldtrip Guidebook, 15-29 pp.  

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Bond, M. y López, G. 1993. El primer Notohippidae (Mammalia, Notoungulata) de la Formación Lumbrera (Grupo Salta) del Noroeste Argentino. Consideraciones sobre la sistemática de la familia Notohippidae. Ameghiniana 30: 59-68.   

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Kohn, M., Josel, J., Madden, R., Kay, R., Vucetich, G. y Carlini, A. 2004. Climate stability across the Eocene-Oligocene transition, southern Argentina. Geology 32: 621-624.     

López, G.M. 2008. Los ungulados de la Formación Divisadero Largo (Eoceno inferior?) de la provincia de Mendoza, Argentina: sistemática y consideraciones bioestratigráficas. Tesis doctoral, Universidad Nacional de La Plata, pp. 415

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Reguero, M.A. 1994a. Consideraciones sobre el status sistemático de Trachytherus mendocensis Simpson y Minoprio, 1949 (Notoungulata, Mesotheriidae) de la Formación Divisadero Largo (Eoceno superior?) de la Provincia de Mendoza, Argentina.In Congreso Argentino de Paleontología y Bioestratigrafía, No. 6, Resúmenes, p. 41. Trelew.

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Viana, M. J.; Haedo Rossi, J. A. 1957. Primer hallazgo en el hemisferio sur de Formicidae extinguidos y catálogo mundial de los Formicidae fósiles. Primera parte. Ameghiniana 1(1/2 2: 108-113.

Vizcaíno, S. F.; Blanco, R. E.; Bender, J. B. N.; Milne, N. (2011). "Proportions and function of the limbs of glyptodonts". Lethaia 44: 93.

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